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CAPÍTULO 27: El viejo oeste

CAPÍTULO 27: El viejo oeste

Darem fue el primero en abrir los ojos. Un calor seco le golpeó el rostro y, al incorporarse, la arena se deslizó entre sus dedos. A su alrededor se extendía un desierto interminable, dorado y silencioso, con el sol suspendido en lo alto como una amenaza constante.

—Genial… arena —murmuró.

César despertó segundos después, llevándose una mano a la cabeza, mientras Chris se ponía en pie con más calma, observando el horizonte. Entonces lo vieron.

A lo lejos, recortado contra el calor ondulante del aire, se alzaba un pequeño pueblo. Edificios de madera, una calle principal polvorienta y lo que parecía ser una torre de agua.

César entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa incrédula.

—Ya entiendo dónde estamos.

—¿Dónde? —preguntó Darem, sacudiéndose la ropa.

—En el Viejo Oeste —respondió César—. O algo muy parecido. Mira las construcciones, la torre de agua… y no hay ni un solo edificio moderno.

Chris soltó un suspiro.

—Perfecto. Pasamos de gusanos gigantes a vaqueros.

El silencio del desierto era inquietante, pero quedarse allí no era una opción. Darem miró el pueblo y asintió.

—Sea lo que sea este lugar, ahí encontraremos agua, información… o problemas.

—Seguramente las tres cosas —añadió César.

Los tres comenzaron a caminar hacia el pueblo, dejando huellas en la arena. Con cada paso, la silueta del lugar se volvía más nítida, y una sensación extraña se apoderaba de ellos, como si hubieran cruzado no solo de universo, sino también de época.

El Viejo Oeste los esperaba.

Darem redujo el paso y se detuvo un instante. El viento caliente levantó un remolino de arena a su alrededor mientras miraba por encima del hombro, como si esperara ver algo surgir del desierto.

—Vigilad bien vuestras espaldas —dijo con seriedad—. Ese maníaco de Alex sigue ahí fuera. No nos persigue a todos… me persigue a mí.

César frunció el ceño y miró a su alrededor, tenso.

—¿Crees que puede encontrarnos aquí?

Darem apretó los dientes. Una idea incómoda le cruzó la mente.

—No lo sé. Y eso es lo peor. —Bajó la voz—. A veces me pregunto si, incluso ahora, puede saber dónde estoy. Si el multiverso no es suficiente para esconderse de él.

Chris lo observó en silencio.

—¿Por la sangre? —preguntó finalmente.

Darem asintió despacio.

—Sí. Si puede olerla… si puede sentirla de algún modo… entonces da igual en qué universo estemos. Siempre va a saber por dónde ir.

El grupo empujó las puertas batientes de la taberna y, al instante, una mezcla de ruido, música y voces los envolvió. El lugar estaba bastante lleno: hombres con sombreros polvorientos, botas gastadas y revólveres al cinto ocupaban casi todas las mesas. Un pianista golpeaba las teclas con entusiasmo, mientras el humo y el olor a alcohol flotaban en el aire.

—Vaya… —murmuró César—. Esto sí que es cliché.

Chris avanzó con decisión hasta la barra, convencido de que alguien allí podría darles información. Tras el mostrador, un hombre robusto, con bigote espeso y chaleco, limpiaba un vaso con un trapo dudoso.

—Disculpe —dijo Chris con educación—. Buscamos una habitación y algo de información sobre este lugar.

El tabernero levantó la vista y respondió de inmediato:

—Well I’ll be damned, look at them clothes. Y’all ain’t from ‘round here, ain’t ya?

Chris parpadeó.

—Eh… sí. Eso. Justo eso —respondió, intentando sonreír—. ¿Habitación? ¿Dormir? Cama.

El hombre frunció el ceño y se inclinó un poco hacia delante.

—You talk funny, partner. Ain’t speakin’ proper English, are ya? What is it ya want? Whiskey? Beer?

Chris giró lentamente la cabeza hacia Darem.

—Creo que me está ofreciendo… ¿un desafío? ¿O una amenaza?

Darem se encogió de hombros.

—Te está hablando en inglés.

—Eso no es inglés —replicó Chris—. Eso suena a otro idioma completamente distinto.

El tabernero soltó una carcajada.

—English’s the only tongue ‘round here, son. Leastways for decent folk.

César se apoyó en la barra y observó la escena, divertido.

—Para que os situéis —dijo en voz baja—, en el Viejo Oeste se hablaba sobre todo inglés, pero no como el nuestro. Era un inglés muy rudo, lleno de modismos. Y en algunas zonas también se hablaba español o lenguas nativas.

Chris suspiró.

—Genial. Entiendo el inglés moderno, pero no el inglés versión vaquero enfadado.

El tabernero los miró de arriba abajo.

—So… y’all drinkin’ or just gawkin’?

Chris levantó las manos, derrotado.

—Sí. Exacto. Eso mismo.

Darem no pudo evitar reírse por lo bajo, mientras César negaba con la cabeza, convencido de que, si sobrevivían al multiverso, no sería gracias a las dotes sociales de Chris.

En ese momento, un grito desesperado estalló desde el exterior de la taberna.

—Fire in the sky! The sky is breaking apart!—vociferaba un hombre mientras corría por la calle principal.

El murmullo dentro del local se apagó de golpe. Varias sillas se arrastraron y más de uno se levantó de un salto. Chris fue el primero en reaccionar.

—Eso no suena bien.

Darem y César no hicieron falta palabras. Los tres salieron de la taberna casi al mismo tiempo.

Afuera, el pueblo entero parecía haberse detenido. La gente señalaba hacia el cielo con rostros pálidos, algunos rezaban, otros gritaban. Darem alzó la vista… y sintió un nudo en el estómago.

El cielo se estaba abriendo.

No era una tormenta ni una grieta común. El aire mismo parecía rasgarse, como si una herida luminosa se hubiera formado entre las nubes. La grieta brillaba con tonos azulados y violáceos, pulsando de forma antinatural. El suelo vibró levemente.

—Eso es… —murmuró César—. Eso no pertenece a este mundo.

Un estruendo seco atravesó el aire, y de la grieta comenzaron a descender figuras humanas.

Cayeron con precisión, una tras otra, como si el caos no les afectara en absoluto.




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