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CAPÍTULO 28: Los patrulleros del tiempo-1

CAPÍTULO 28: Los patrulleros del tiempo-1

Darem fue el primero en abrir los ojos.

Un reflejo frío y azulado le devolvió su propia imagen distorsionada. Estaba de pie, o al menos eso creía, dentro de una jaula de cristal transparente que emitía un leve zumbido constante. A su alrededor, un corredor imposible se extendía en ambas direcciones hasta perderse en el horizonte, repleto de más jaulas idénticas, alineadas una tras otra, como si el lugar no tuviera fin.

—¿Qué…? —murmuró, llevándose instintivamente las manos a las muñecas.

Unas cadenas extrañas, de aspecto futurista, se cerraban alrededor de sus brazos. No eran metálicas, sino una mezcla de energía sólida y runas luminosas que pulsaban suavemente, como si estuvieran vivas.

—Genial… —dijo con ironía—. Esto no me gusta nada.

—¿Darem…?

La voz de César resonó a su lado. Estaba en la misma jaula, igual que Chris, ambos despertando con gestos de confusión y tensión.

—¿Dónde estamos? —preguntó Chris, observando el corredor infinito—. Esto parece una prisión.

Darem asintió lentamente.

—Y no una normal.

Cada jaula tenía un número flotando frente a ella, proyectado en el aire con luz blanca. El de ellos parpadeaba con claridad, impersonal, como si fueran simples datos en un archivo eterno.

De pronto, un sonido mecánico rompió el silencio.

Desde lo alto del corredor descendió una plataforma flotante. Se movía con suavidad absoluta, sin cables ni propulsores visibles. Sobre ella viajaba una figura peculiar: un sujeto bajo, de estatura reducida, con dos pequeños cuernos curvados que sobresalían de su cabeza. Vestía un traje impecable, elegante, con corbata oscura y un maletín brillante bajo el brazo.

La plataforma se detuvo justo frente a la jaula.

El individuo se aclaró la garganta con educación.

—Muy buenos días, caballeros —dijo con una voz amable y bien modulada—. Espero no llegar demasiado tarde. Soy el señor Rudolph, su abogado asignado.

Los tres se miraron entre sí.

—¿Nuestro… qué? —preguntó César, incrédulo.

Rudolph sonrió con cortesía.

—Entiendo la confusión. Es una reacción habitual en casos como el suyo.

Abrió el maletín y sacó una tableta luminosa, revisando información mientras hablaba.

—Para resumir: han sido detenidos por infringir una norma multiversal de carácter mayor. El viaje no autorizado entre líneas temporales y universos está estrictamente prohibido.

—Nosotros no hicimos nada a propósito —intervino Chris—. Fue un accidente.

—Lo comprendo —respondió Rudolph con calma—, pero las normas no distinguen entre intención y resultado.

Darem frunció el ceño.

—¿Quién nos capturó?

—Los Patrulleros del Tiempo —respondió Rudolph—. Una organización encargada de garantizar que cada universo siga su línea de eventos correspondiente, sin interferencias externas ni desviaciones críticas. Cuando alguien irrumpe donde no debe, ellos actúan. Con rapidez y sin excepciones.

Señaló el corredor infinito.

—Este lugar es una cárcel interdimensional. Aquí se aloja a infractores de miles de realidades distintas, todos numerados, todos a la espera de juicio.

César tragó saliva.

—¿Juicio…?

—En exactamente dos horas —confirmó Rudolph—. Se celebrará su audiencia para determinar la sanción correspondiente.

Darem apretó los puños.

—¿Y cuál sería esa sanción?

Rudolph lo miró con seriedad, aunque sin perder su tono caballeroso.

—Eso depende de la gravedad del impacto que hayan causado en la estructura multiversal. Mi trabajo es asegurarme de que su versión de los hechos sea escuchada.

Guardó la tableta y alzó la vista.

—Antes de continuar, necesitaré sus nombres completos.

—Darem Roger —respondió sin dudar.

—César Sentinel.

—Chris… Chris Mercer.

Rudolph asintió mientras registraba los datos.

—Perfecto. Según los archivos, los tres pertenecen al universo clasificado como 6531.

Al oír eso, Darem sintió un leve escalofrío.

—¿Capturaron a alguien más de nuestro universo?

Rudolph hizo una pausa breve, revisando otro registro.

—Sí. Un individuo delgado, de piel muy pálida, cabello blanco. Altamente peligroso.

El corazón de Darem dio un salto.

—¿Alex…?

Rudolph cerró el maletín con suavidad.

—Ese sujeto ya ha recibido su pena.

El silencio se volvió pesado dentro de la jaula.

Rudolph inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto respetuoso.

—Nos veremos en la audiencia, caballeros. Les recomiendo mantener la calma. A veces, el destino todavía puede ser negociado.

La plataforma flotante comenzó a alejarse, perdiéndose entre las infinitas jaulas de cristal, mientras Darem, Chris y César quedaban en silencio, conscientes de una verdad inquietante.

No solo estaban atrapados.

Ahora también estaban siendo juzgados por todo el multiverso.

La plataforma flotante se elevó con un suave zumbido, alejando al señor Rudolph del corredor de cristal. Mientras ascendía, ajustó el nudo de su corbata y dejó escapar un leve suspiro profesional, propio de alguien con demasiados expedientes abiertos y muy poco tiempo.

Roger…

El apellido resonó en su mente con una insistencia incómoda.

—Curioso… —murmuró para sí.

Estaba casi seguro de haber escuchado ese apellido antes. No en un caso menor, ni en un simple informe administrativo, sino en algo más antiguo, más problemático. Algo que había generado discusiones internas, archivos sellados y órdenes que no figuraban en los registros públicos de los Patrulleros del Tiempo.

Intentó forzar el recuerdo.

Un expediente grueso. Marcas de advertencia. Clasificación roja.

Pero la imagen se desvaneció antes de tomar forma.

Rudolph chasqueó la lengua con suavidad.

—Bah… —dijo, restándole importancia—. Con tantos universos, es normal que los apellidos se repitan.




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