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CAPÍTULO 29: Los patrulleros del tiempo-2

CAPÍTULO 29: Los patrulleros del tiempo-2

Los Patrulleros del Tiempo no funcionan como una orden mística ni como una simple fuerza policial, sino como una estructura organizada, casi corporativa, diseñada para mantener el equilibrio del multiverso. Su jerarquía es clara, estricta y escalonada, y cada nivel cumple una función específica dentro del sistema.

En la base de la organización se encuentran los abogados multiversales. Son el rango más bajo dentro de la estructura, aunque su papel es fundamental. Se encargan de representar legalmente a los acusados de crímenes temporales y multiversales, asegurando que incluso los intrusos tengan un proceso formal. Existen más de tres docenas de abogados activos, distribuidos entre distintas zonas del multiverso. Rudolph pertenece a este nivel.

Un escalón por encima están los jueces. Estas entidades son las encargadas de analizar los casos y dictar sentencia. No todos los jueces son humanoides; algunos poseen formas incomprensibles o parecen encarnar conceptos abstractos, como el tiempo o el propio universo. Su palabra es ley, y sus decisiones rara vez son cuestionadas.

Más arriba se encuentra el nivel administrativo. Aquí trabajan los oficinistas, un grupo numeroso que opera desde un lugar conocido como la Sala del Ordenador. En esta inmensa sala, repleta de pantallas, datos y sistemas imposibles, se observa constantemente el multiverso. Su tarea es detectar anomalías, fallas temporales, bifurcaciones no autorizadas e intrusiones entre universos, y dar aviso inmediato cuando algo se sale de la línea establecida.

El siguiente nivel lo ocupan los cazadores. Estos agentes son enviados directamente al campo cuando se detecta una infracción grave. Su misión es clara: capturar o silenciar a los intrusos multiversales. Son peligrosos, eficientes y están entrenados para actuar sin dudar, utilizando tecnología y habilidades que superan por mucho a las de cualquier universo convencional.

Por encima de ellos están los Patrulleros del Tiempo propiamente dichos. Se trata de individuos excepcionalmente poderosos, reclutados de distintos universos por su fuerza, inteligencia o capacidades únicas. Ellos se encargan de misiones a gran escala, eventos que pueden alterar múltiples realidades o poner en riesgo la estabilidad del multiverso entero. No son simples ejecutores, sino piezas clave en el equilibrio de la existencia.

En la cima de la jerarquía se encuentran los jefes. Nadie conoce sus rostros, su número exacto ni su verdadera naturaleza. Algunos creen que no son seres individuales, sino una conciencia colectiva; otros piensan que son entidades más antiguas que el propio multiverso. Lo único seguro es que todas las órdenes finales provienen de ellos, y que incluso los Patrulleros del Tiempo les obedecen sin cuestionar.

Así funciona la organización que vigila el tiempo, las realidades y los universos: una empresa fría, implacable y perfectamente estructurada, donde cada error se paga y cada desviación tiene consecuencias.

En una sala de contención profunda, sellada y sumida en la oscuridad absoluta, Alex permanecía de pie, inmóvil, con la respiración apenas perceptible. Las paredes eran lisas, sin puertas visibles, y solo una tubería de ventilación recorría el techo como una vena metálica olvidada. El silencio era tan denso que parecía tener peso.

Alex alzó la vista. Su cuerpo comenzó a contraerse de forma antinatural. Huesos y músculos crujieron suavemente mientras encogía los hombros, giraba la cabeza en un ángulo imposible y forzaba su torso hasta reducir su silueta. Con movimientos lentos y precisos, se impulsó hacia arriba y se introdujo en la tubería de ventilación. El metal raspó su piel, pero no mostró molestia alguna. Se contorsionó como una sombra viva, avanzando por el conducto con una sonrisa torcida.

Mientras se deslizaba por la oscuridad, su mente regresó a la audiencia.

La sentencia había sido clara. No ambigua. No leve.
Confinamiento eterno en instalaciones multiversales, restricción total de habilidades, vigilancia constante.
Una jaula perfecta… para alguien que ya había muerto una vez.

Alex dejó escapar una risa baja y seca.

—Creyeron que eso bastaría —murmuró para sí.

Entonces lo sintió.

Una presencia familiar. Un pulso en la distancia.
La sangre.

Darem estaba allí. En las mismas instalaciones. No necesitaba verlo ni oírlo. El cuerpo que había tomado, el cuerpo de Fénix, aún conservaba rastros antiguos, instintos primarios, lazos que trascendían universos y reglas. Al final, ese cuerpo había resultado más útil de lo que imaginó.

Alex se detuvo dentro del conducto y cerró los ojos.

—Así que aquí estás… —susurró—. Siempre tan cerca.

Ya sabía qué hacer.

Estas instalaciones estaban llenas de vida. Guardias, cazadores, prisioneros, funcionarios. Demasiados cuerpos. Demasiadas voluntades débiles. Sonrió con auténtico placer. No los destruiría. No aún.

Los convertiría.

Ghouls. Esclavos sin pensamiento propio. Extensiones de su voluntad. Uno a uno, piso por piso, la prisión entera caería desde dentro como una enfermedad silenciosa. Cuando los Patrulleros del Tiempo se dieran cuenta, ya sería demasiado tarde.

Alex continuó avanzando por la tubería, perdiéndose entre sombras y metal.

—Primero este lugar —pensó—. Luego, tú, Darem.

Sus ojos brillaron en la oscuridad.

Esta vez no habría huida.
Esta vez no habría multiverso que lo separara de su objetivo.

La Sala del Ordenador era inmensa, blanca y perfectamente iluminada. Filas interminables de escritorios se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cada uno ocupado por personas con camisa y corbata, algunas con las mangas arremangadas, otras con el nudo de la corbata flojo. Sobre las mesas se acumulaban tazas de café, algunas humeantes, otras olvidadas desde hacía horas.

Frente a cada empleado flotaban o se alzaban grandes pantallas multiversales. En ellas se observaban miles de realidades distintas: ciudades futuristas, mundos en guerra, líneas temporales estables, universos en calma absoluta. Todo se movía con una precisión matemática. Los enormes tubos de ventilación recorrían el techo y las paredes, expulsando aire caliente para evitar que las pantallas sobrecargadas se recalentaran. El zumbido constante del sistema de ventilación era casi relajante.




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