CAPÍTULO 30: Los patrulleros del tiempo-3
Alex avanzaba sin prisa por los pasillos de las instalaciones. A su alrededor, el lugar que antes rebosaba orden y control ahora estaba sumido en un silencio espeso, interrumpido solo por ecos lejanos y algún que otro ruido húmedo que delataba lo que había ocurrido allí. Caminaba con las manos en los bolsillos, tarareando de forma distraída, como si aquello no fuera más que un paseo nocturno.
Finalmente, llegó a una puerta reforzada con cristales gruesos y paneles de seguridad dañados. Empujó con suavidad y entró.
Era un laboratorio.
Las luces de emergencia iluminaban filas de mesas metálicas, pantallas rotas y cápsulas de contención vacías. En una de las paredes había un módulo intacto, lleno de inyectables perfectamente alineados, cada uno con etiquetas y códigos imposibles de entender a simple vista.
Alex se acercó con curiosidad genuina.
—Vaya… —murmuró, ladeando la cabeza.
Tomó una tableta de registro cercana y comenzó a leer. Sus ojos se movieron con rapidez de una línea a otra. Al principio permaneció en silencio… hasta que una sonrisa torcida comenzó a dibujarse en su rostro.
Luego, una risa baja escapó de su garganta.
—Esto es demasiado bueno —dijo entre risas contenidas.
Dejó el registro a un lado sin decir una sola palabra sobre su contenido, como si aquel conocimiento fuera un secreto reservado solo para él. Sus dedos recorrieron los inyectables hasta detenerse en uno en particular. La etiqueta, clara y directa, decía:
Suero: Engendro.
Alex lo tomó sin dudar. Retiró el protector de la aguja y observó el líquido oscuro que se movía lentamente en el interior, casi como si estuviera vivo.
—Bueno… —susurró—. Veamos qué tal funciona.
Se clavó la aguja en el brazo.
El líquido entró en su cuerpo y, al instante, su espalda se arqueó levemente. Sus músculos se tensaron, su respiración se volvió irregular durante apenas unos segundos… y después, todo se detuvo.
Alex comenzó a reír.
No una risa descontrolada, sino una risa satisfecha, profunda, llena de certeza.
—Ahora sí… —dijo, llevándose una mano al rostro—. Ahora sí me voy a volver el ser más poderoso.
Alzó la vista, como si pudiera mirar a través de paredes, dimensiones y universos. Sus ojos brillaron con una intensidad antinatural.
—Dime… —preguntó al aire, con tono burlón—. ¿Puedes sentir eso, Fénix?
Su sonrisa se ensanchó.
—Claro que sí. Estoy seguro de que ya lo sentiste antes.
Apretó el puño, disfrutando de la sensación que recorría su cuerpo.
—Es poder.
Darem, Chris y César llegaron al tercer piso casi sin aliento. El corredor era distinto a los demás: limpio, silencioso, intacto. No había rastros de ghouls, ni sangre, ni señales de lucha. Aquello, lejos de tranquilizarlos, les resultó inquietante.
—Demasiado tranquilo —murmuró Chris, observando a ambos lados.
Avanzaron con cautela hasta llegar a una sala amplia y circular. En el centro se alzaba el aparato del que había hablado Rudolph: una estructura metálica con anillos concéntricos, cables suspendidos y un núcleo que pulsaba con una luz tenue, casi apagada.
—Ese tiene que ser —dijo Darem—. No parece complicado.
Chris se acercó al panel de control. Sus dedos se movieron con rapidez, conectando circuitos sueltos y reactivando sistemas básicos. El núcleo respondió de inmediato, aumentando su brillo.
—Listo… —dijo—. Esto debería bastar para abrir un portal estable. No durará mucho.
En ese mismo instante, un ruido gutural resonó desde el pasillo.
—Demasiado tarde —añadió César.
Las sombras comenzaron a moverse. Varios ghouls aparecieron por las entradas de la sala, avanzando de forma errática pero decidida. Sin embargo, el portal ya estaba formándose, una abertura luminosa que distorsionaba el aire frente a ellos.
—¡Ahora! —gritó Darem.
Los tres corrieron y saltaron sin mirar atrás. Justo cuando el último de ellos cruzó, Chris extendió el brazo y golpeó el panel con fuerza. El portal se cerró de golpe, dejando a los ghouls al otro lado, atrapados en un chillido ahogado.
El mundo volvió a estabilizarse.
Darem abrió los ojos primero.
El aire era denso, cargado de ceniza. El cielo estaba cubierto por nubes oscuras, atravesadas por un resplandor anaranjado constante, como si el sol estuviera eternamente oculto tras el humo. Edificios colapsados se alzaban a su alrededor, esqueletos de acero y cristal retorcido.
—Esto… no me gusta nada —dijo Chris, incorporándose.
César miró a su alrededor con atención, reconociendo detalles entre la destrucción. Avanzaron unos pasos, sorteando escombros, hasta que una estructura familiar apareció ante ellos: un rascacielos derrumbado con caracteres chinos aún visibles en su fachada rota.
César se quedó inmóvil.
—Es Shanghái —dijo finalmente.
Darem lo miró, sorprendido.
—¿Seguro?
—Sí —respondió César con firmeza—. Pero no es nuestra Shanghái. Estamos en una realidad alterna… aunque basada en la nuestra.
Señaló el horizonte devastado.
—Esto ocurrió en nuestra línea temporal. El atentado a Shanghái, en la década de 2030. Solo que aquí… nadie lo detuvo.
El silencio que siguió fue pesado.
Darem apretó los puños.
—Entonces no solo estamos perdidos —dijo—. Estamos en un mundo que ya cayó.
Y en lo más profundo de su mente, una idea inquietante comenzó a tomar forma: si habían llegado allí, no era por casualidad.
Una voz rompió el silencio, emergiendo entre las ruinas como un eco antinatural.
—Vaya… así que al final llegaron hasta aquí.
Los tres se giraron de inmediato. Entre los escombros de un edificio derrumbado, sentado con absoluta tranquilidad sobre una viga partida, estaba Alex. Su figura contrastaba con el paisaje devastado: relajado, casi aburrido, con una sonrisa ladeada.
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Editado: 19.02.2026