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CAPÍTULO 36: Kronos la ciudad del mañana

CAPÍTULO 36: Kronos la ciudad del mañana

La Ciudad Kronos se alzaba ante ellos como un coloso de acero y luz. Torres imposibles se elevaban hacia un cielo artificial atravesado por carriles aéreos, hologramas publicitarios y estructuras flotantes que desafiaban toda lógica arquitectónica. El suelo bajo sus pies era una superficie metálica pulida, recorrida por líneas de energía que pulsaban con un brillo azulado.

Darem, Chris y César permanecían de pie en la entrada principal de la ciudadela, observando en silencio.

Fénix dio un paso al frente.

—Bienvenidos a Kronos —dijo con naturalidad—. Una de las ciudadelas más grandes del corredor multiversal.

Se giró hacia ellos mientras caminaban.

—Aquí la forma de pago no es el dinero tradicional. No existe el efectivo. Todo se maneja con créditos.

Metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tarjeta rectangular, de un material oscuro y liso, con símbolos luminosos que se desplazaban por su superficie.

—Tarjetas como esta —explicó—. Identidad, créditos, permisos de viaje. Todo está aquí.

Chris la observó con curiosidad.

—¿Y con eso podemos movernos por la ciudad?

—Comprar, comer, dormir, viajar —respondió Fénix—. Para ir a la siguiente ciudadela necesitaremos boletos, y eso se gestiona desde las terminales centrales.

Se detuvo y los miró.

—Pero no hoy.

Darem levantó la vista.

—¿No?

—Partimos mañana —confirmó Fénix—. Hoy descansamos. Yo me encargo de sacar los boletos para el viaje a la siguiente ciudadela.

Extendió el brazo hacia Darem y le entregó una tarjeta idéntica a la suya.

—Toma. Tiene créditos suficientes.

Darem la agarró con cuidado.

—¿Y qué hacemos nosotros?

—Busquen alojamiento —dijo Fénix—. El Hotel Harrington. Está cerca del núcleo central. No tiene pérdida.

César frunció el ceño.

—¿Alguna recomendación?

—No rompan nada —respondió Fénix con total seriedad—. Y no se metan en problemas innecesarios.

Chris soltó una leve risa.

—Lo intentaremos.

Fénix ya se estaba alejando.

—Mañana al amanecer, en la plataforma este —añadió sin girarse—. Descansen. El viaje va a ser largo.

Se perdió entre la multitud y las luces de Kronos, mientras la ciudadela seguía viva a su alrededor, inmensa, futurista y llena de caminos que aún no conocían.

Chris observaba las luces de la ciudad con una sonrisa difícil de disimular.

—Esto es increíble —dijo, girando sobre sí mismo—. Oigan, ¿qué les parece si compramos algo de comer? Todo esto me dio hambre.

César negó con la cabeza con calma.

—No hace falta. Fénix dijo que nos quedáramos en el Hotel Harrington. Ese tipo de hoteles siempre tiene restaurante incluido.

Darem asintió.

—Entonces vamos directo.

El trío avanzó por las avenidas principales de Kronos, rodeados de pantallas flotantes, vehículos suspendidos y transeúntes de especies y vestimentas imposibles. Tras unos minutos, el Hotel Harrington apareció ante ellos: una estructura elegante, de líneas limpias, con una fachada luminosa y un enorme letrero holográfico que giraba lentamente.

Entraron al vestíbulo. El interior era amplio, silencioso y sofisticado. Un mostrador blanco se extendía frente a ellos, atendido por un recepcionista de apariencia humana y expresión neutra.

Darem se adelantó.

—Buenas tardes. Quisiera hacer una reserva. Tres habitaciones.

El recepcionista alzó la vista y extendió un dispositivo de lectura.

—Tarjeta, por favor.

Darem apoyó la tarjeta que le había dado Fénix. El dispositivo emitió un suave sonido y proyectó información en el aire.

—Reserva confirmada —dijo el recepcionista—. Tres habitaciones individuales. Piso diecisiete.

Del mostrador emergieron tres llaves digitales, pequeñas placas translúcidas con números grabados.

Darem las tomó y se giró hacia sus compañeros, entregándoles una a cada uno.

—Aquí tienen.

César bajó la mirada hacia su muñeca y activó su reloj. Una pantalla luminosa apareció sobre el dispositivo.

—Son las doce y treinta del mediodía —anunció—. Propongo que a la una nos juntemos para comer.

Chris levantó el pulgar.

—Perfecto.

Darem asintió.

—Nos vemos abajo entonces.

Sin decir nada más, cada uno tomó un rumbo distinto hacia los ascensores. En pocos segundos, las puertas se cerraron y el trío se dispersó por el hotel, cada uno dirigiéndose a su habitación, mientras Kronos seguía brillando más allá de las paredes, inmensa y ajena a todo.

César entró en su habitación. El lugar era simple, pero elegante: una cama amplia, paredes claras, iluminación suave y una ventana que mostraba la ciudad de Kronos desde lo alto. Cerró la puerta tras de sí y dejó escapar un suspiro cansado.

Se quitó la chaqueta y se dejó caer sobre la cama, mirando el techo.

Entonces lo sintió.

Una presión extraña, una presencia que no encajaba.

César frunció el ceño.

—…¿Qué demonios…?

Antes de que pudiera incorporarse, algo se movió sobre él. En el techo, adherido como una sombra antinatural, había un sujeto humanoide, completamente quieto, observándolo cabeza abajo.

Los ojos de César se abrieron de golpe.

—¡¿Qué…?!

El intruso se lanzó sin previo aviso.

César rodó fuera de la cama por puro reflejo. El ataque pasó rozándole el pecho y el suelo crujió donde el sujeto cayó. César se puso de pie de inmediato, en posición defensiva, con el corazón acelerado.

—¡Eh! ¿Qué te pasa, idiota? —gritó—. ¿Quién demonios eres?

El hombre se enderezó lentamente. Era alto, delgado, con una sonrisa torcida y unos ojos fríos que no parpadeaban. Su postura era relajada, casi burlona, como si aquello no fuera más que un juego.

—Vaya reflejos —dijo con voz calmada—. No todos esquivan a la primera.

César dio un paso atrás, sin bajar la guardia.

—Responde.




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