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CAPÍTULO 37: El primer viaje

CAPÍTULO 37: El primer viaje

La ciudadela de Kronos se extendía ante ellos con sus torres de acero blanco y cristal, atravesadas por carriles de energía y plataformas flotantes que se desplazaban en silencio. El flujo constante de viajeros hacía que la estación central pareciera un organismo vivo, siempre en movimiento.

Fénix caminaba al frente, con las manos en los bolsillos de la campera, atento a cada detalle. Darem, Chris y César lo seguían de cerca, mezclándose entre la multitud.

—Escuchad bien —dijo Fénix sin detenerse—. A partir de ahora la cosa cambia.

Los tres centraron su atención en él.

—Alex ya movió ficha —continuó—. Mandó patrulleros del tiempo tras nosotros. No son aficionados. Saben rastrear, interceptar y aislar objetivos.

Chris tragó saliva.

—Genial… justo lo que nos faltaba.

Fénix giró levemente la cabeza.

—Por eso, desde ahora, si en algún momento tenemos que separarnos, lo haremos en equipos de dos. Nada de ir solos.

—¿Por qué de dos? —preguntó César.

—Porque así es más fácil cubrirse —respondió Fénix—. Uno ataca, el otro defiende. Y si algo sale mal, al menos uno puede pedir ayuda o escapar.

Darem miró a su alrededor, observando a los viajeros, preguntándose cuántos de ellos serían simples civiles y cuántos algo más.

—¿Y si nos atacan aquí? —preguntó.

—Entonces respondemos rápido y sin llamar la atención —dijo Fénix—. Las ciudadelas odian el caos. Si hacemos demasiado ruido, vendrán más problemas además de los patrulleros.

Chris resopló.

—O sea, pelea limpia y discreta.

—Exacto —asintió Fénix—. Llegamos a la estación, subimos al transportador y nos vamos. Nada de improvisar.

La enorme estructura de la estación apareció frente a ellos: arcos gigantes, paneles luminosos indicando destinos multiversales y una energía vibrante en el aire, como si el espacio mismo estuviera a punto de plegarse.

César ajustó su reloj de muñeca.

—Entonces, atentos desde ahora.

Darem asintió en silencio.

Sabía que, a partir de ese momento, cada paso podía ser una emboscada. Y que el viaje entre ciudadelas ya no sería solo un traslado, sino una cacería en marcha.

La fila avanzaba con calma frente al enorme transportador. Era una estructura circular, abierta en el centro, rodeada de anillos luminosos que giraban lentamente. Decenas de personas esperaban su turno, algunas charlando, otras revisando dispositivos holográficos, como si aquello fuera una estación cualquiera.

Fénix, Darem y César se colocaron uno detrás del otro. Chris se había quedado unos metros más atrás, observando el entorno, atento a cualquier movimiento extraño.

—No parece gran cosa —murmuró Darem, mirando el transportador—. Esperaba algo más… impresionante.

Fénix esbozó una leve sonrisa.

—Eso es lo bueno. Funciona como el transporte público —dijo—. Nadie quiere algo complicado para viajar entre ciudadelas.

César alzó una ceja.

—¿Así de simple?

—Más o menos —respondió Fénix—. Compras el boleto, haces la fila, subes y esperas. El transportador pliega el espacio entre una ciudadela y la siguiente. No hay salto brusco ni desorientación fuerte.

—¿Y cuánto tarda? —preguntó Darem.

—Unas horas —contestó Fénix—. Tiempo relativo, claro, pero para vosotros se sentirá como un viaje normal. Podéis sentaros, dormir un poco si queréis.

César observó a las personas delante de ellos.

—O sea, como un tren largo.

—Exactamente —asintió Fénix—. La diferencia es que, cuando bajemos, estaremos en otra ciudadela, en otro punto del multiverso.

La fila avanzó otro tramo. Los anillos del transportador emitieron un pulso suave de luz, señal de que un grupo acababa de partir.

Darem respiró hondo.

—Entonces, en unas horas estaremos más cerca de casa.

—Eso es —dijo Fénix—. Una ciudadela menos.

César apretó los puños con discreción.

—Solo espero que esas horas pasen tranquilas.

Fénix miró de reojo a la multitud y luego al transportador.

—Mientras estemos mezclados con la gente, nadie hará nada. Aquí, incluso los cazadores saben esperar su turno.

La fila avanzó una vez más. Ya estaban a pocos pasos de subir. El viaje acababa de comenzar.

Tras horas de espera, por fin subieron al transportador. El interior era amplio, con filas de asientos acolchados y luces suaves en el techo. Todo vibraba levemente, como un tren a punto de partir.

César y Chris se sentaron juntos a la izquierda. Fénix ocupó un asiento junto a Darem, a la derecha.

—Bien —dijo Fénix mientras se acomodaba—. Aprovechad para descansar. Luego lo agradeceréis.

Chris ya estaba recostándose.

—Yo no necesito que me lo digan dos veces.

César asintió en silencio.

Darem miraba al frente, algo tenso, hasta que Fénix giró la cabeza hacia él con total naturalidad.

—Y dime, Darem… ¿qué haces en tu tiempo libre?

Darem parpadeó.

—Eh… cosas normales.

—¿Como qué? —insistió Fénix.

—Entrenar, ver anime, dormir cuando puedo —respondió—. Nada raro.

Fénix asintió con interés exagerado.

—Vaya, igual que yo… hace unos ochenta años.

Darem torció la boca.

—Gracias por recordármelo.

Fénix sonrió.

—¿Y tienes novia?

Darem se atragantó con su propia saliva.

—¿Qué?

—Lo que has oído —dijo Fénix con tranquilidad—. Es una pregunta normal.

—No, no es normal —replicó Darem—. No cuando te la hace tu abuelo con tu misma cara.

Fénix se encogió de hombros.

—Detalles.

Darem suspiró.

—No. No tengo novia.

—¿Todavía? —preguntó Fénix.

—No, no tengo —corrigió—. Punto.

Fénix ladeó la cabeza.

—¿Y alguien que te guste?

—No —respondió rápido.

—Eso ha sido demasiado rápido —comentó Fénix.

Darem lo miró de reojo.

—¿Siempre eres así?

—Curioso —respondió—. Viene con la edad.




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