CAPÍTULO 38: La otra cara de la moneda
En algún lugar de Alemania, año 2080.
La calle era estrecha, húmeda y casi a oscuras. Las farolas parpadeaban, algunas rotas, otras cubiertas de suciedad. Los edificios, viejos y descuidados, reflejaban décadas de abandono. En medio de ese entorno, una joven de aspecto frágil, no mayor de dieciséis años, caminaba con una capucha gris cubriéndole el cabello.
Sus ojos claros destacaban en la penumbra.
Enid Roger.
Subió las escaleras de su edificio y abrió la puerta de su apartamento. Al entrar, dejó la mochila en el suelo y cerró con cuidado. El lugar era pequeño, ordenado, casi vacío. En cuanto dio dos pasos, se detuvo en seco.
Había alguien más allí.
Enid frunció el ceño y avanzó despacio hasta la cocina. Al encender la luz, suspiró con fastidio.
Lilith estaba sentada a la mesa, con las manos entrelazadas y una expresión seria.
—Genial… —murmuró Enid, quitándose la capucha—. Pensé que me habían entrado a robar, pero no. Solo eres tú.
Lilith levantó la vista.
—Hola, Enid.
—No me saludes como si no llevaras años sin aparecer —respondió ella, apoyándose en la encimera—. ¿Cómo entraste?
—La puerta estaba abierta.
—Siempre dices eso.
Enid se alejó unos pasos, manteniendo distancia. Su tono era frío, pero cansado.
—Si has venido a convencerme de volver, ya te aviso que no va a pasar.
—No he venido por eso —dijo Lilith con calma—. He venido a pedirte ayuda.
Enid soltó una risa breve, sin humor.
—No. Ya te digo que no.
—Ni siquiera sabes de qué se trata.
—Da igual. Siempre acaba igual.
Lilith guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Darem está perdido en el multiverso.
Enid se quedó quieta.
—¿Qué?
—No está solo —continuó Lilith—. Hay otros dos jóvenes con él. Han desaparecido tras una serie de saltos inestables. Estados Unidos está buscando a alguien que pueda seguir su rastro.
Enid negó con la cabeza.
—Busca a otra persona.
—No hay otra como tú.
—Exacto —respondió ella, con dureza—. Y por eso no.
Se dio la vuelta, caminó hacia la ventana y apartó un poco la cortina. Afuera, la ciudad seguía igual de rota que siempre.
—Me alejé por una razón —dijo en voz baja—. No soporto esto, Lilith. No puedo morir. No importa qué haga, no importa cuánto tiempo pase… sigo aquí.
Lilith no respondió de inmediato.
—Vi morir a Lucas —continuó Enid—. Vi morir a Annie. Una y otra vez. Yo seguía igual. Ellos no.
Apretó los puños.
—No fui capaz ni de conocer a Elías. Ni siquiera a mi propio hermano.
Lilith bajó la mirada.
—Darem es su hijo.
Enid se giró lentamente.
—¿Qué?
—Darem es el hijo de Elías —repitió Lilith—. Es el nieto de Fénix.
El silencio llenó la cocina.
—Eso no cambia nada —dijo Enid tras unos segundos.
—Sí lo hace —respondió Lilith—. Porque está solo, Enid. Igual que tú lo estuviste.
Enid apretó los labios, claramente afectada.
—No me metas en esto.
—Ya estás metida —dijo Lilith con suavidad—. Lo quieras o no.
Enid cerró los ojos un instante.
—Tengo sesenta y cuatro años —murmuró—. Y sigo pareciendo una niña.
Abrió los ojos y miró a Lilith.
Lilith metió la mano en el bolsillo interno de su abrigo y sacó una hoja doblada varias veces, amarillenta por el paso del tiempo. La dejó sobre la mesa, deslizándola suavemente hacia Enid.
—Antes de que digas nada —dijo—. Esto es para ti.
Enid frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una carta. Del año 2016.
Enid se quedó inmóvil.
—Fénix la escribió —añadió Lilith—. Poco después de adoptarte.
Enid dudó unos segundos. Finalmente se acercó, tomó la hoja con cuidado y la desdobló lentamente. El papel crujió entre sus dedos. No dijo nada. Bajó la mirada y comenzó a leer en silencio.
La voz de Fénix resonó en su mente.
Enid:
No sé cómo empezar esto. Nunca he sido bueno escribiendo cartas, pero quiero que exista algo que puedas leer cuando yo ya no esté.
Hoy te adopté. Puede que no lo entiendas del todo ahora, pero quiero que sepas algo desde el primer día: no estás sola.
Prometo cuidarte. Prometo llevarte a la escuela todos los días, aunque llegue tarde o esté cansado. Prometo ayudarte con lo que no entiendas, incluso si yo tampoco lo entiendo del todo.
Prometo darte regalos, aunque no tenga dinero. Prometo mimarte cuando estés triste y reírme contigo cuando estés feliz.
Prometo estar a tu lado siempre. Incluso cuando ya no pueda hacerlo físicamente.
Ese es mi deber. No como agente de Bloodvine ni como soldado.
Como padre.
Enid apretó la carta con fuerza. Sus manos temblaban ligeramente. No levantó la cabeza. Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.
Lilith la observó en silencio, respetando el momento.
—Siempre estuvo contigo —dijo finalmente—. Incluso cuando no lo sentías.
Enid cerró la carta y la sostuvo contra su pecho.
—Odiaba ser inmortal —murmuró—. Pero ahora… ahora duele más.
Alzó la vista hacia Lilith, con una expresión distinta, más frágil.
—No te prometo que vuelva —dijo—. Ni que todo salga bien.
Lilith asintió.
Enid respiró hondo.
—Pero voy a ayudarte esta vez.
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Editado: 19.02.2026