CAPÍTULO 39: Pasajeros inesperados
El transportador avanzaba con un zumbido constante y casi hipnótico. Las luces blancas del interior bañaban los asientos alineados, y el ambiente era tan tranquilo que resultaba fácil olvidar que estaban cruzando entre universos.
Darem dormía con la cabeza ladeada hacia el pasillo. César estaba recostado, respirando con calma. Chris roncaba muy suavemente.
Fénix, en cambio, estaba despierto. Llevaba unos auriculares puestos, escuchando música mientras hojeaba una revista vieja que había encontrado en el asiento. Todo parecía normal.
Una azafata se detuvo a su lado.
—¿Desea algo para beber, señor Roger?
Fénix levantó la vista con naturalidad.
—Un poco de té, por favor.
La azafata asintió y, segundos después, le entregó una taza humeante.
—Aquí tiene.
Fénix tomó la taza, pero no bebió. La observó un segundo más de la cuenta.
—Una pregunta —dijo con calma—. ¿Cómo sabe mi nombre?
La azafata parpadeó.
En esa fracción de segundo, Fénix chasqueó la lengua.
—Caos.
El aire se distorsionó a su lado. Una presencia surgió de la nada y, sin previo aviso, lanzó un puñetazo directo al rostro de la azafata.
El impacto fue seco. El cuerpo salió despedido contra el pasillo, rodando varios metros. La ilusión se rompió como vidrio.
La figura en el suelo cambió. La ropa de azafata se desvaneció, revelando a una mujer de cabello oscuro, ojos fríos y expresión burlona.
—Vaya… —dijo mientras se incorporaba lentamente—. Reflejos rápidos, señor Roger.
Fénix se puso de pie, dejando la taza en el asiento.
—Mira Voss —dijo sin sorpresa—. Uno de los perros de Alex.
Ella sonrió.
—Así es.
Se estiró el cuello con un leve crujido.
—Mi engendro me permite tomar la apariencia de cualquier ser vivo que haya visto —explicó—. Voz, rostro, postura, todo. Puedo pasar desapercibida incluso entre patrulleros del tiempo.
Miró a los tres jóvenes dormidos.
—La idea era simple. Esperar, atacar y desaparecer.
Fénix ladeó la cabeza.
—Mala idea hacerlo cerca de mí.
Caos permanecía a su lado, inmóvil, observándola con sus múltiples ojos.
—Tranquilo —dijo Mira, levantando las manos—. Ya entendí el mensaje.
Sonrió de lado.
Fénix reaccionó al instante.
—¡Arriba! —gruñó, sacudiendo a Darem primero—. ¡Todos despiertos, ya!
Darem abrió los ojos de golpe.
—¿Qué pasa…?
—¡Guardia! —añadió Fénix mientras empujaba a César y a Chris.
Chris se incorporó sobresaltado.
—¿Qué ocurre ahora?
Las luces del transportador parpadearon con más fuerza. Se escucharon gritos a lo largo del vagón. Pasajeros levantándose, gente corriendo sin saber a dónde ir. El pánico se extendió como fuego.
—Es ella —dijo Fénix con calma tensa—. Nos encontraron.
Mira se acercaba unos metros más adelante, caminando entre los asientos con una sonrisa ladeada.
—Vaya, vaya… desperté a todos —comentó—. Qué lástima.
—César —ordenó Fénix sin mirarlo—, usa tu engendro. Yo no puedo sacar a Caos aquí dentro. Si lo hago, desestabilizo todo el transportador.
César tragó saliva y extendió las manos.
—Entendido.
Varias burbujas surgieron de sus palmas y salieron disparadas hacia Mira. Ella se movió con agilidad, esquivándolas con giros precisos, saltando sobre los asientos.
—Interesante poder —se burló—, pero lento.
De repente, Mira golpeó el suelo con el puño. El metal del transportador se deformó y se abrió un agujero circular en el costado del vagón. El vacío multiversal rugió al otro lado.
—Nos vemos —dijo ella, lanzándose por el agujero.
El impacto fue inmediato. El transportador se sacudió violentamente. Alarmas comenzaron a sonar por todas partes.
—¡Fallo estructural! ¡Fallo estructural! —repetía una voz mecánica.
Fénix apretó los dientes.
Si chocamos contra una realidad… no sobrevive nadie, pensó.
Corrió hacia el frente del vagón, abriéndose paso entre pasajeros aterrados, hasta llegar a la cabina de control. Paneles parpadeando, sistemas en rojo.
Darem lo siguió.
—¡¿Qué vas a hacer?! —preguntó, tratando de mantener el equilibrio.
Fénix empezó a manipular los controles.
—En mi mundo a esto lo llaman un aterrizaje forzado —respondió sin apartar la vista—. Es lo único que queda.
—¿Pero vamos a salir vivos? —preguntó Chris desde atrás.
—Depende —contestó Fénix—. Con un poco de suerte, llegamos a la siguiente ciudadela sin morir en el intento.
Activó un interruptor oculto y cerró los ojos un segundo.
—Caos.
La presencia apareció a su lado.
—Necesito que fuerces el descenso y estabilices el núcleo —ordenó Fénix—. Todo lo que puedas.
Caos asintió lentamente. Alzó una mano y levantó el pulgar en una señal clara de aprobación.
Luego desapareció.
El transportador tembló con más violencia mientras iniciaba el descenso entre realidades. Darem se sujetó a un panel, sintiendo cómo el estómago se le subía a la garganta.
—Espero que esa suerte exista de verdad —murmuró.
Fénix giró la palanca con todas sus fuerzas.
El transportador emitió un gemido profundo, casi como si el metal se quejara. Las luces dejaron de parpadear de forma caótica y pasaron a un rojo fijo. El temblor se volvió más uniforme, menos errático.
—Vamos… vamos… —murmuró Fénix entre dientes.
De pronto, el vacío multiversal se rasgó frente a ellos y una estructura colosal apareció: torres grises, plataformas suspendidas y calles estrechas iluminadas por neones gastados.
—Entrada forzada confirmada —anunció la voz mecánica—. Ciudadela: Vritannis.
El impacto fue brutal.
El transportador atravesó el límite de la ciudadela y se estrelló contra una avenida metálica. Chispas volaron por todos lados. El vagón rebotó una vez, se deslizó varios metros y terminó incrustado contra un edificio bajo, arrancando parte de su fachada.
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Editado: 19.02.2026