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CAPÍTULO 40: Peligro

CAPÍTULO 40: Peligro

El equipo se refugió en un pequeño restaurante de Vritannis. El lugar era angosto, con mesas metálicas desparejas y luces amarillas que apenas iluminaban el interior. Detrás del mostrador, un hombre mayor limpiaba vasos con un trapo gastado mientras observaba de reojo a los recién llegados.

Fénix tomó asiento en una mesa del fondo, donde podían ver tanto la puerta como la cocina.

—Cuatro bebidas —pidió con tono firme—. Cerradas. En lata.

El dueño asintió sin hacer preguntas y, minutos después, dejó las latas sobre la mesa. Fénix revisó cada una antes de abrir la suya.

Darem lo miró con curiosidad.

—¿Ahora somos paranoicos?

—Ahora somos precavidos —respondió Fénix—. A partir de hoy, solo comida sellada y bebidas enlatadas. Nada preparado que no podamos revisar.

César asintió lentamente.

—Por si vuelven a intentar algo como lo de antes.

—Exacto.

Chris abrió su lata y dio un sorbo.

—Genial. Sobrevivimos a un choque interdimensional para morir intoxicados en un restaurante barato.

Fénix lo miró serio.

—No es broma.

El ambiente se volvió más tenso.

—Desde hoy, nadie se mueve solo —continuó Fénix—. Siempre juntos. Vritannis no es un lugar seguro y Alex ya mandó más gente.

Darem frunció el ceño.

—¿Crees que habrá más como Mira?

—Seguro —respondió Fénix sin dudar—. Y peores.

César miró a Darem y luego a Chris.

—Tenemos que estar listos.

Fénix apoyó los codos sobre la mesa.

—Si nos separamos, pueden matarnos. Y siendo realistas… —miró directamente a Darem y a Chris— ustedes dos son los más vulnerables.

Chris alzó una ceja.

—Gracias por la confianza.

—No han despertado su Engendro —dijo Fénix con calma—. Eso los pone en desventaja.

Darem apretó la lata entre sus manos.

—Entonces tendremos que compensarlo.

Fénix asintió.

—Lo harán. Pero hasta que eso pase, no se alejan ni un metro sin avisar. Si alguien cae, caemos todos. Si peleamos, peleamos juntos.

Los tres asintieron.

Afuera, la ciudadela seguía rugiendo con su vida áspera y desordenada.

Dentro del pequeño restaurante, el equipo entendió algo sin necesidad de decirlo: a partir de ese momento, cualquier error podía costarles la vida.

Fénix terminó su bebida y dejó la lata aplastada sobre la mesa.

—Nos quedamos aquí hasta el amanecer.

Darem levantó la vista.

—¿Por qué esperar?

—Porque lo que necesitamos no se consigue de noche —respondió Fénix—. Y menos en Vritannis.

Chris cruzó los brazos.

—¿Qué es exactamente lo que necesitamos?

Fénix bajó la voz.

—Un teletransportador portátil.

César parpadeó.

—¿Eso no es equipo regulado?

—Lo es —contestó Fénix—. Pero en esta ciudadela todo se consigue… si sabes dónde buscar.

Darem se inclinó hacia adelante.

—¿Y para qué lo queremos? Ya casi llegamos a la siguiente ciudadela antes del choque.

Fénix negó con la cabeza.

—No. Lo que hicimos fue un aterrizaje de emergencia. Estamos en Vritannis, pero la siguiente ciudadela en nuestra ruta no está conectada por línea directa desde aquí.

Hizo una pausa.

—Tenemos que cruzar un universo intermedio. Sin un punto oficial de transporte.

Chris frunció el ceño.

—¿Eso es legal?

—No —respondió Fénix sin rodeos—. Pero es la única forma de evitar los puntos vigilados por Alex.

César apoyó la espalda en la silla.

—Entonces compramos el teletransportador, cruzamos el universo intermedio y desde ahí accedemos a la siguiente ciudadela.

—Exacto —confirmó Fénix—. El salto será corto, pero inestable. Necesitaremos coordenadas precisas y hacerlo rápido.

Darem miró hacia la ventana, donde la noche de Vritannis parecía más oscura que en cualquier otro lugar.

—¿Y si nos detectan?

Fénix sostuvo su mirada.

—Entonces no tendremos tiempo de arrepentirnos.

El silencio se instaló unos segundos.

—Descansen lo que puedan —añadió Fénix finalmente—. Al amanecer vamos a la tienda de conveniencia del sector bajo. Compramos el dispositivo y nos movemos antes de que alguien más note que seguimos vivos.

Chris suspiró.

El restaurante estaba casi vacío. Afuera, la noche de Vritannis seguía rugiendo con ruido metálico y voces lejanas.

Chris se removió en su asiento.

—Tengo que ir al baño.

Fénix levantó la mirada al instante.

—No.

Chris parpadeó.

—¿No?

—Es peligroso —respondió Fénix con calma firme—. No nos movemos solos.

—No voy a cruzar la ciudad, voy al baño —replicó Chris.

—No.

—Fénix.

—No.

—Fénix, por favor.

—Chris.

—En serio.

—No.

Chris apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tengo que ir al baño.

—Aguanta.

—No puedo aguantar.

—Sí puedes.

—No puedo.

César soltó una pequeña risa.

—Esto es ridículo.

Chris lo miró suplicante.

—Dile algo.

Fénix suspiró.

—Está bien. Pero no vas solo.

Chris rodó los ojos.

—Es un baño, no una misión suicida.

—En esta ciudad, cualquier puerta cerrada puede ser una misión suicida —respondió Fénix.

César se levantó.

—Yo voy con él.

Chris lo miró.

—¿En serio?

—Sí. Prefiero eso a escucharte repetirlo diez veces más.

Fénix asintió.

—No tarden.

Ambos caminaron hacia el fondo del restaurante, donde un pasillo angosto llevaba a los baños. La luz parpadeaba con un zumbido desagradable.

Chris empujó la puerta.

El olor los golpeó primero.

—No… —murmuró Chris.

El baño era un desastre absoluto. El suelo estaba mojado, pero nadie quería preguntarse con qué. Uno de los lavamanos estaba arrancado de la pared. El espejo estaba quebrado en múltiples fragmentos que reflejaban sus rostros distorsionados. Una de las puertas de los cubículos colgaba de una sola bisagra.




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