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CAPÍTULO 54: El cuerpo sacro

CAPÍTULO 54: El cuerpo sacro

En lo que alguna vez fue la base de operaciones de los patrulleros del tiempo, ahora solo quedaban restos.

Estructuras dañadas.

Pantallas rotas.

Un silencio incómodo que lo cubría todo.

En medio de ese escenario, ajeno al caos que lo rodeaba, Alex se encontraba recostado dentro de una amplia tina metálica, con los ojos entrecerrados y una expresión de total tranquilidad.

El vapor se elevaba lentamente.

Como si nada de lo que había pasado importara.

Pasos.

Suaves.

Coordinados.

Un grupo de figuras encapuchadas apareció en la sala, avanzando en formación.

Se detuvieron a cierta distancia.

Entre ellos, una anciana dio un paso al frente.

Su presencia imponía respeto.

—Alex…

La voz era firme, aunque envejecida.

—¿Cómo va tu engendro?

Alex no abrió los ojos.

Sonrió levemente.

—Se va adaptando.

Hundió un poco más la cabeza en la tina.

—Quizá en unas semanas… ya lo haya perfeccionado.

La anciana asintió lentamente.

—Eso esperábamos.

Hubo una breve pausa.

Entonces, Alex volvió a hablar.

—Aunque no es lo más interesante.

Algunas de las figuras encapuchadas se miraron entre sí.

La anciana ladeó la cabeza.

—¿A qué te refieres?

Alex abrió los ojos.

Su mirada era distinta.

Más afilada.

—En el momento en que me inyecté el suero de engendro…

Se incorporó ligeramente.

—El cuerpo de Fénix también reaccionó.

Silencio.

—Desarrolló uno nuevo.

La anciana entrecerró los ojos.

—¿Un nuevo engendro?

Alex asintió.

—Sí.

Apoyó un brazo sobre el borde de la tina.

—Lo llamé…

Hizo una breve pausa.

—“Gate”.

El nombre quedó suspendido en el aire.

Simple.

Directo.

—Es un engendro… táctico.

Continuó, con calma.

—Le permite abrir pequeños portales.

Hizo un gesto con la mano, como si dibujara algo en el aire.

—Entradas y salidas.

—Puede desplazarse a donde quiera…

Su sonrisa se ensanchó apenas.

—O enviar a otros a cualquier lugar.

Las figuras encapuchadas guardaron silencio.

La anciana lo observó fijamente.

—Eso… cambia muchas cosas.

Alex volvió a recostarse, relajado.

—Exacto.

El vapor volvió a envolverlo.

—Ahora el tablero es mucho más interesante.

Y en medio de las ruinas…

Algo nuevo acababa de entrar en juego.

La anciana no apartaba la mirada de él.

—Ese nuevo poder… —murmuró— podría acelerar nuestros planes.

Alex dejó escapar una leve risa.

Fría.

Sin humor.

—Podría.

Hizo una pausa.

Su expresión cambió apenas.

—Aunque hay un problema.

Las figuras encapuchadas permanecieron inmóviles.

La anciana habló.

—¿Cuál?

Alex apoyó un brazo sobre el borde de la tina, mirando hacia el techo destruido.

—Mis “esclavos”…

Su tono se volvió más seco.

—No han estado dando resultados.

Un leve murmullo recorrió al grupo.

—Fallan.

—Dudan.

—Pierden.

Cada palabra caía con desprecio.

Alex cerró los ojos un instante.

—Y eso… empieza a cansarme.

La anciana lo observó con atención.

—Son herramientas prescindibles.

Alex sonrió levemente.

—Exacto.

Giró la cabeza hacia ella.

—Y si siguen fallando…

Sus ojos brillaron con una intención clara.

—Tal vez tenga que encargarme yo mismo.

Silencio.

Pesado.

Incómodo.

Incluso entre los encapuchados, la tensión aumentó.

La anciana entrecerró los ojos.

—¿Intervendrás directamente?

Alex se recostó nuevamente en la tina, completamente relajado.

Como si acabara de decidir algo trivial.

—Si es necesario…

El vapor volvió a cubrir parcialmente su rostro.

—Sí.

Pausa.

—Ya es hora de que esto avance de verdad.

En medio de las ruinas…

La amenaza acababa de volverse mucho más real.




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