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CAPÍTULO 66: El tren

CAPÍTULO 66: El tren

El planeta 918 no tenía nada que ofrecerles salvo arena, calor y un horizonte que parecía no terminar nunca. Desde que habían llegado, Fénix, Enid, Chris, César y Darem no habían vuelto a encontrarse con una ciudad propiamente dicha; apenas algunas pequeñas estaciones construidas en medio de aquel océano dorado, conectadas entre sí por una única vía ferroviaria que atravesaba el desierto como una cicatriz interminable. El sol permanecía suspendido sobre sus cabezas con una intensidad insoportable, haciendo que el aire pareciera vibrar sobre la arena y obligándolos a cubrirse parcialmente el rostro cada vez que una ráfaga levantaba polvo. El planeta entero parecía diseñado para hacer que cualquier viajero se arrepintiera de haber puesto un pie allí.

Por fortuna, existía una manera de atravesarlo. Un tren.

Era el único medio de transporte que conectaba las distintas estaciones del planeta y, según les habían explicado, también la única forma de alcanzar el siguiente punto desde el cual podrían realizar otro salto universal. A diferencia de cualquier vehículo que hubieran visto en otros mundos, aquel tren parecía pertenecer a otra época. Su locomotora era enorme, negra y metálica, con una chimenea cilíndrica que expulsaba columnas de humo oscuro mientras las ruedas de hierro permanecían inmóviles sobre los rieles. Los vagones tenían ventanas amplias, puertas pesadas y una estructura que recordaba a los trenes de finales del siglo XIX. Resultaba extraño contemplar una máquina tan antigua en un planeta que, de alguna manera, formaba parte de una red capaz de conectar universos.

Cuando finalmente subieron, los cinco ocuparon varios asientos juntos dentro de uno de los vagones. El interior era mucho más cómodo de lo que su aspecto exterior hacía pensar. Los asientos estaban tapizados con un material oscuro y ligeramente desgastado, las paredes tenían detalles de madera y pequeños adornos metálicos, y unas lámparas colgaban del techo, balanceándose suavemente con cada movimiento del tren. Sobre una pequeña mesa frente a ellos habían dejado varias botellas y vasos con bebidas que, aunque no estaban realmente frías, conservaban suficiente temperatura para resultar agradables después del calor que habían soportado en el exterior.

Fénix se dejó caer contra el respaldo de su asiento y tomó una de las botellas. Bebió lentamente, cerrando los ojos durante unos segundos mientras el tren comenzaba a ponerse en movimiento. El primer tirón de la locomotora hizo vibrar todo el vagón y poco después el sonido rítmico de las ruedas comenzó a extenderse por debajo de ellos. Clac. Clac. Clac. Clac. El ruido terminó mezclándose con el silbido de la máquina hasta convertirse en una especie de música monótona que acompañaba el viaje.

—Por fin algo de sombra —murmuró Chris, apoyando la cabeza contra la ventana.

Enid estaba sentada a su lado, todavía con la mirada puesta en el paisaje exterior. Más allá del cristal solo había dunas y dunas, algunas tan enormes que parecían pequeñas montañas. El viento arrastraba la arena por sus laderas y, a lo lejos, podían distinguirse restos de antiguas estructuras semienterradas que desaparecían poco a poco bajo el desierto. Enid permaneció observándolas durante varios segundos antes de apartar la mirada.

—Este planeta parece muerto.

César tomó su bebida y dio un pequeño sorbo antes de responder.

—No está muerto. Solo parece que no esta echo para humanos.

Darem soltó una risa breve desde el asiento frente a ellos.

—Después de lo que nos pasó en Tierra-X, ya ni siquiera me sorprendería.

Fénix permaneció en silencio mientras contemplaba el paisaje. El tren avanzaba lentamente por la interminable vía, dejando atrás una nube de humo y polvo que se perdía en el horizonte. Por primera vez desde que habían comenzado aquel viaje entre universos, no había nadie persiguiéndolos, ningún enemigo apareciendo de repente y ningún Engendro intentando convertir el lugar en un campo de batalla. Solo estaban ellos cinco, viajando hacia un destino que ninguno conocía realmente.

Fénix dio otro trago a su bebida y finalmente apoyó la botella sobre la mesa.

—Disfruten mientras puedan.

César levantó una ceja.

El tren continuó avanzando, perdiéndose poco a poco en la inmensidad del planeta 918, mientras el sol descendía lentamente sobre aquel desierto infinito y teñía de naranja las ventanas del vagón. Durante unas horas, al menos, podían permitirse simplemente sentarse, descansar y dejar que aquella vieja máquina hiciera el trabajo por ellos.

Sin embargo, ninguno de los cinco sabía cuánto tiempo duraría aquella tranquilidad.

El traqueteo constante del tren continuaba acompañando el viaje mientras el paisaje desértico se deslizaba lentamente detrás de las ventanas. El calor seguía siendo intenso incluso dentro del vagón, aunque la sombra y el movimiento del aire hacían que la temperatura resultara mucho más soportable que en el exterior. Fénix permanecía recostado contra su asiento, con una de las botellas entre las manos, mientras César y Darem conversaban en voz baja. Enid y Chris, por su parte, parecían más interesados en observar el interminable desierto que se extendía al otro lado del cristal. Durante unos minutos nadie dijo nada, hasta que una mujer apareció caminando por el pasillo del vagón. Llevaba un uniforme sencillo de camarera y sostenía una pequeña libreta junto con varios menús.

—Buenas tardes —dijo al detenerse junto a ellos—. ¿Desean pedir algo de comer? Tenemos varios platos disponibles.

Dejó un menú sobre la mesa y luego repartió otros entre los pasajeros que ocupaban los asientos cercanos. César tomó el suyo inmediatamente y comenzó a revisarlo con atención, mientras Darem hacía lo mismo, pasando las páginas hasta encontrar algo que le llamara la atención.

—Yo quiero esto —dijo César después de unos segundos, señalando uno de los platos—. Parece bastante completo.




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