Capítulo 10 — Secreto
Grace abrió los ojos lentamente.
Lo primero que sintió fue el frío.
Un frío brutal.
Penetrante.
Como si el aire mismo intentara congelarle los pulmones.
Se incorporó de golpe, abrazándose a sí misma. Su aliento se condensó frente a su rostro en pequeñas nubes blancas.
Miró a su alrededor.
Un enorme hangar se extendía ante ella.
El techo metálico se perdía en la altura.
Viejas aeronaves militares descansaban cubiertas por lonas y capas de escarcha. Las luces industriales parpadeaban débilmente, proyectando sombras alargadas sobre el suelo helado.
Estaban en un aeropuerto.
Uno inmenso.
Y claramente abandonado.
O al menos, eso parecía.
A su lado, apoyado contra una columna de acero, Blad fumaba con absoluta tranquilidad.
La punta del cigarrillo brillaba en la penumbra.
Grace se levantó con dificultad.
—¿Dónde estamos?
Blad expulsó una lenta bocanada de humo.
—Un viejo aeropuerto militar en Siberia.
Su voz resonó en la vasta estructura.
—Perdido entre montañas que ni siquiera aparecen en la mayoría de los mapas.
Grace sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Blad apagó el cigarrillo contra la columna.
—Fue construido durante la Guerra Fría.
Comenzó a caminar lentamente, obligándola a seguirlo.
—Aquí aterrizaban bombarderos estratégicos soviéticos.
—Aviones de reconocimiento.
—Y, según algunos archivos, cargamentos que oficialmente nunca existieron.
Grace observó los hangares laterales.
Muchos estaban cerrados con enormes puertas blindadas.
Blad continuó.
—Tras la caída de la Unión Soviética, el lugar fue abandonado.
—Durante años permaneció olvidado.
Su expresión se endureció apenas.
—Hasta que Takemi lo compró a través de varias empresas pantalla.
Grace lo miró sorprendida.
—¿Compró un aeropuerto entero?
Blad se encogió de hombros.
—La gente rica tiene hobbies extraños.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Ahora es uno de nuestros complejos más importantes.
Señaló hacia una gigantesca puerta acorazada al fondo del hangar.
—Debajo de esta pista hay laboratorios, almacenes y suficiente armamento como para iniciar una guerra pequeña.
Grace tragó saliva.
—O una muy grande.
Blad la miró de reojo.
—Esa también es una posibilidad.
Blad guardó el encendedor en el bolsillo de su abrigo y se acercó a Grace con la misma calma con la que alguien se dispone a tomar un café.
Las esposas metálicas cedieron con un seco chasquido.
—Camina.
Grace se frotó las muñecas adoloridas, pero decidió no discutir. En un lugar como aquel, discutir con un ruso gigante parecía una pésima inversión de tiempo.
Blad echó a andar por el inmenso hangar, y Grace lo siguió mientras sus pasos resonaban sobre el metal helado.
Las luces industriales zumbaban sobre sus cabezas.
—Desde que obtuve a mi Engendro —dijo Blad sin mirarla—, nadie ha logrado derrotarme.
Su voz carecía de arrogancia.
Era peor.
Era simple convicción.
—Muchos lo intentaron.
—Todos fracasaron.
Grace alzó una ceja.
—Eso suena exactamente a algo que diría alguien arrogante.
Blad soltó una breve carcajada.
—Quizá.
Giró una esquina y descendieron por una rampa que conducía a las instalaciones subterráneas.
—Pero sigue siendo cierto.
Su expresión se endureció al recordar.
—He luchado contra mercenarios, usuarios veteranos, asesinos y monstruos que ni siquiera deberían existir.
—Algunos eran rápidos.
—Otros fuertes.
—Otros inteligentes.
Blad flexionó la mano derecha.
—Ninguno fue suficiente.
Grace mantuvo la mirada fija en él.
—Darem te golpeó.
Blad sonrió de lado.
—Y yo le abrí el cráneo.
Punto para Rusia.
Grace hizo una mueca.
No tenía réplica para eso.
Mientras avanzaban por los corredores de acero, Blad continuó.
—Mi Engendro elimina la incertidumbre del combate.
—Cuando fijo un objetivo, mi golpe siempre llega.
—No existe distancia, velocidad o barrera que pueda impedirlo.
Sus ojos claros se clavaron en Grace.
—La evasión deja de ser una opción.
Grace sintió un escalofrío.
Y esta vez no era por el frío.
—Entonces, ¿eres invencible?
Blad permaneció en silencio unos segundos.
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Solo significa que todavía no he encontrado a alguien capaz de demostrar lo contrario.
Siguieron caminando por el interminable complejo.
A lo lejos, enormes puertas hidráulicas comenzaron a abrirse.
El rugido metálico resonó por toda la base.
Y Grace tuvo la desagradable sensación de que acababa de entrar en el corazón de algo mucho más grande de lo que había imaginado.
Blad condujo a Grace a través de una serie de corredores metálicos, cada vez más profundos dentro del complejo.
El zumbido constante de la maquinaria llenaba el ambiente.
Finalmente, llegaron a una amplia oficina elevada, construida casi por completo de cristal reforzado y acero.
Blad abrió la puerta sin llamar.
Dentro, Takemi permanecía de pie frente a un enorme ventanal panorámico.
Grace siguió su mirada.
Abajo, en la gigantesca plataforma de lanzamiento, decenas de técnicos y soldados se movían con precisión militar.
Varios misiles de gran tamaño eran transportados mediante enormes grúas hacia sus respectivos silos.
El metal brillaba bajo la fría iluminación artificial.
Cada uno llevaba estampado, en letras negras, una única palabra:
MAXIMUM.
Takemi sonrió sin darse la vuelta.
—Ah, Grace. Ya despertaste.
Se giró lentamente, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
—Perfecto. No quería que te perdieras esto.