Capítulo 11 — Dios y apostoles
Un año atrás.
La lluvia caía con violencia sobre las calles de Tokio.
Las luces de neón se reflejaban en el asfalto mojado, creando un mosaico de colores distorsionados.
Takemi permanecía bajo el alero de un edificio abandonado, protegida de la tormenta mientras observaba el caos nocturno de la ciudad.
El agua golpeaba el suelo con una furia casi hipnótica.
Takemi sacó un cigarrillo del bolsillo de su abrigo.
Lo colocó entre sus labios.
Buscó su encendedor.
Un bolsillo.
Otro.
El interior del abrigo.
Nada.
—Magnífico.
Entonces, una pequeña llama apareció a su derecha.
Takemi giró la cabeza.
Un hombre sostenía un encendedor plateado abierto.
La llama danzaba bajo la lluvia sin extinguirse.
Takemi acercó el cigarrillo y aspiró.
—Gracias.
El desconocido cerró el encendedor con un suave clic.
Era un sujeto alto, de aproximadamente un metro setenta y nueve. Su piel era extremadamente pálida, casi marmórea. Vestía ropa gótica impecable: un largo abrigo negro, guantes de cuero y botas oscuras. Su cabello blanco caía hasta los hombros en mechones sedosos.
Sus ojos eran extrañamente tranquilos.
Casi demasiado.
—Alex —dijo con una leve inclinación de cabeza—. Solo Alex.
Takemi exhaló el humo lentamente.
—Takemi.
Alex sonrió apenas.
Luego, sin previo aviso, formuló una pregunta.
—Dime, Takemi. Si pudieras salvar a la humanidad destruyendo a la mayoría de los humanos... ¿lo harías?
Takemi lo observó con interés genuino.
Era una pregunta curiosa.
Y bastante específica.
Antes de responder, algo llamó su atención.
Alrededor del cuello de Alex había una fina línea circular, como una cicatriz perfecta que rodeaba toda su garganta.
Takemi entrecerró los ojos.
—¿Qué te ocurrió en el cuello?
Alex llevó dos dedos a la marca.
Su sonrisa se ensanchó.
—Una discusión que perdí hace mucho tiempo.
Takemi soltó una pequeña risa.
—No pareces el tipo de persona que pierde discusiones.
—Todos perdemos alguna.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
Entonces habló con una serenidad inquietante.
—El mundo no necesita héroes, Takemi.
La lluvia pareció apagarse a su alrededor.
—Necesita a alguien dispuesto a hacer lo que los héroes jamás se atreverían.
Takemi guardó silencio.
Aquellas palabras se hundieron en su mente como un bisturí en carne viva.
Giró la cabeza un instante, contemplando la calle.
—Y si yo aceptara ese papel...
Pero cuando volvió a mirarlo, Alex ya no estaba.
Solo quedaba la lluvia.
Y el eco de unas palabras que, sin saberlo, cambiarían el destino del mundo.
Takemi permanecía inmóvil frente al ventanal, observando cómo los técnicos continuaban cargando los misiles MAXIMUM en los silos subterráneos.
El reflejo de las luces rojas danzaba sobre sus gafas.
Por un instante, su mente viajó al pasado.
A aquella noche lluviosa en Tokio.
A la llama de un encendedor plateado.
A la sonrisa tranquila de aquel hombre imposible.
Alex.
Nunca volvió a verlo después de ese encuentro.
Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Ni una sola pista sobre su paradero.
Como si hubiera sido un fantasma que apareció únicamente para pronunciar unas palabras y desaparecer.
Meses después, Takemi se enteró de la verdad.
Había muerto.
Y no a manos de cualquiera.
Sino a manos de Darem Roger.
Aquella noticia le había resultado... decepcionante.
Alex poseía una presencia extraordinaria.
Algo en él desafiaba toda lógica.
Y, sin embargo, incluso alguien así había caído.
Takemi apoyó una mano sobre el cristal helado.
—Qué desperdicio.
Su reflejo le devolvió una sonrisa tenue.
—Aunque supongo que, al final, sirvió para algo.
Después de todo, sus palabras seguían allí.
Grabadas en su mente.
Guiando cada una de sus decisiones.
El mundo no necesitaba héroes.
Necesitaba a alguien dispuesto a convertirse en monstruo.
Y Takemi había aceptado ese papel con entusiasmo.