Capítulo 17 — hereditario
La nieve crujía bajo sus botas.
Las luces de los vehículos de Bloodvine se reflejaban sobre el asfalto helado mientras Darem se alejaba del helipuerto, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando su hombro vendado.
Darem alzó la vista hacia el cielo cubierto de nubes.
—El mundo está lleno de monstruos.
Continuó caminando.
—Algunos nacen así. Otros simplemente eligen convertirse en uno.
Una ambulancia pasó a lo lejos.
Sus luces azules atravesaron la nieve.
—Usuarios de engendro, organizaciones clandestinas, guerras que la gente normal ni siquiera imagina.
Esbozó una leve sonrisa cansada.
—Y, sinceramente, parece que esto nunca va a terminar.
Metió ambas manos en los bolsillos.
—Siempre aparecerá alguien nuevo. Alguien más fuerte. Alguien más loco.
Las sirenas resonaban en la distancia.
—Ese es el tipo de mundo en el que vivimos.
Darem se detuvo por un instante.
Sus ojos recorrieron la ciudad iluminada.
—Pero mientras yo siga respirando...
Una ráfaga de viento agitó su cabello.
—Mientras pueda seguir levantándome...
Reanudó la marcha.
—Mientras Caos y yo sigamos aquí...
Su expresión se endureció.
—Una parte de este mundo estará a salvo.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
No era arrogancia.
Era convicción.
—Y eso tendrá que ser suficiente.
La ventisca rugía con fuerza en algún rincón perdido del bosque siberiano.
Blad avanzaba a trompicones entre la nieve, dejando un rastro de sangre oscura a cada paso.
La mitad izquierda de su cráneo estaba hundida.
Uno de sus ojos apenas permanecía abierto.
Su respiración era irregular, casi animal.
Cualquier ser humano habría muerto hacía horas.
Blad, evidentemente, no era cualquier ser humano.
—He tenido días mejores...
Sus botas se hundían en la nieve mientras seguía caminando sin rumbo aparente.
Cada paso parecía el último.
Cada respiración, un pequeño milagro.
La visión comenzaba a nublarse.
—Takemi va a burlarse de mí durante siglos...
Dio un paso en falso.
El suelo cedió bajo sus pies.
Y cayó.
El agua helada lo envolvió de golpe.
El impacto le arrancó el aire de los pulmones.
Durante unos segundos, solo hubo oscuridad y frío.
Mucho frío.
Finalmente emergió con violencia, rompiendo la superficie congelada.
Tosió.
Escupió agua.
Se arrastró hasta la orilla.
Empapado, congelado y aún medio muerto, levantó la vista.
Entonces los vio.
Una familia de Oso polar.
Dos adultos.
Dos crías.
Todos observándolo con una curiosidad poco tranquilizadora.
Blad se quedó en silencio.
Miró a los osos.
Luego miró su estado.
Después volvió a mirar a los osos.
Soltó un largo suspiro.
—Bueno...
Se dejó caer sentado sobre la nieve.
—Supongo que así terminan las leyendas.
El oso más grande dio un paso al frente.
Blad cerró los ojos.
—Espero al menos no saber a pescado.
La ventisca cubrió la escena.
Y, bueno...
Ya se sabe cómo continúa esa historia.