CAPÍTULO 6: Solución limite
La noche terminó devorándolos lentamente.
Después de horas avanzando entre barro, raíces y oscuridad, el cuerpo simplemente dejó de responder. Jhon y Silas habían terminado refugiados en las gruesas ramas de un viejo árbol, ocultos entre hojas húmedas y sombras densas, demasiado agotados incluso para seguir discutiendo.
Y ahora…
El amanecer los despertaba.
Una luz grisácea atravesó las ramas, golpeando directamente el rostro de Jhon. El frío de la mañana le había entumecido el brazo y la espalda; tenía el cuello rígido y una punzada constante en las costillas cada vez que respiraba.
Silas, sentado unos centímetros más arriba en la rama, bostezó mientras observaba el bosque.
—Ey… Mercer —murmuró, dándole un pequeño golpe con la bota—. Hora de irse.
Jhon abrió los ojos lentamente. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego todo volvió de golpe:
La gala.
Fénix.
Las balas rebotando.
El bosque.
La carretera.
Y ese sentimiento horrible de estar siendo cazado.
Se incorporó despacio, sujetándose el hombro.
El bosque estaba silencioso. Demasiado silencioso.
—¿Qué hora es…? —preguntó con la voz ronca.
—No sé. Temprano. Pero suficiente como para que ya tengamos a media Alemania buscándonos.
Jhon apoyó la cabeza contra el tronco y soltó una risa vacía.
—Fantástico.
Silas bajó de la rama con cuidado.
—Tenemos que movernos antes de que alguien encuentre el coche.
Jhon tardó unos segundos más en bajar. Cuando finalmente tocó el suelo, se quedó quieto mirando hacia el bosque interminable.
Y entonces habló.
No con sarcasmo.
No con rabia.
Solo agotado.
—Silas… estamos jodidos. —se pasó la mano por el rostro—. Realmente estamos jodidos.
Silas lo miró en silencio.
Jhon soltó aire lentamente.
—Nos metimos contra Enid Corp. Disparamos a su monstruo favorito. Arruiné una gala internacional. Y ahora probablemente BloodVine quiere encerrarnos en una sala para interrogarnos hasta que seamos polvo.
Silas se encogió de hombros.
—Bueno… cuando lo dices así suena bastante mal.
Jhon lo miró con cara de pocos amigos.
—Porque ES bastante mal, imbécil.
Silas sonrió apenas.
—Eh, seguimos vivos. Eso ya nos pone por encima del noventa por ciento de los agentes de BloodVine.
Jhon negó con la cabeza y empezó a caminar entre los árboles.
—No entiendes lo que vi anoche. Ese tipo… Fénix… no era humano. Y Enid lo controla como si llevara una correa invisible.
Silas caminó a su lado.
—Entonces evitamos volver a cruzárnoslo.
Jhon soltó una carcajada amarga.
—Sí, claro. Porque eso ha funcionado genial hasta ahora.
El viento movió las hojas sobre ellos. El amanecer apenas comenzaba a iluminar el bosque, pero ninguno de los dos sentía alivio.
Porque por primera vez desde que trabajaban para BloodVine…
La misión no parecía una operación fallida.
Parecía el comienzo de algo muchísimo peor.
Doce horas después de abandonar el bosque, cruzar caminos secundarios y evitar controles policiales, Jhon y Silas finalmente llegaron a Berlín.
Agotados, cubiertos de barro y con el cuerpo al límite.
La sede de BloodVine se alzaba frente a ellos como una fortaleza fría de cristal oscuro. Los guardias de seguridad apenas reaccionaron al verlos entrar; ya estaban avisados.
Lilith los esperaba en la sala de juntas principal.
Y la expresión de su rostro dejaba claro que nada bueno iba a salir de aquello.
Apenas la puerta se cerró, la CEO lanzó una carpeta contra la mesa.
—¡¿Qué demonios hiciste, Mercer?! —su voz cortó el aire como una cuchilla—. ¡Convertiste una infiltración silenciosa en un atentado internacional!
Jhon se dejó caer en una silla, agotado.
—No salió como esperaba.
—¡No me digas! —Lilith caminó alrededor de la mesa con pasos rápidos—. Hay videos circulando de disparos dentro del Palacio Sanssouci. La policía alemana está involucrada. Los servicios privados de Enid Corp están revisando media ciudad. ¡Y lo peor de todo es que Enid Drakewood tiene demasiada influencia aquí!
Silas levantó una ceja.
—¿Tan mal estamos?
Lilith lo miró como si quisiera matarlo.
—Enid Corp financia proyectos militares, hospitales, seguridad privada y campañas políticas en Alemania. Media élite empresarial le debe favores. Si Enid quiere encontrarlos… los encontrará.
El silencio cayó sobre la sala.
Jhon bajó la mirada unos segundos.
—Entonces ya estamos muertos.
Lilith respiró profundamente, intentando recuperar el control.
—No. Todavía no. Pero no puedo protegerlos aquí. Lo máximo que puedo hacer… es sacaros del radar durante un tiempo.
Jhon levantó la cabeza.
—¿Qué?
Lilith abrió un cajón del escritorio y dejó dos pasaportes sobre la mesa.
Documentación falsa. Nuevas identidades.
—A partir de este momento, John Mercer y Silas Crowe dejan de existir temporalmente.
Silas tomó uno de los pasaportes y soltó una risa nerviosa.
—Oh, genial. Siempre quise ser un criminal internacional.
—Ya lo eres —respondió Lilith secamente.
Jhon agarró el suyo lentamente.
—¿A dónde vamos?
Lilith se apoyó sobre el escritorio.
—Hay alguien que puede ayudarlos. Un ex agente de BloodVine. Desapareció hace años después de una operación en Serbia. Ahora vive completamente fuera del sistema.
Escribió algo en un papel y lo deslizó hacia ellos.
Walter Exbrogonob.
Debajo había una dirección.
Un viejo taller mecánico oculto en las afueras de Múnich.
Silas leyó el nombre dos veces.
—¿Exbrogonob? Eso suena a villano de película barata.
—Es ruso —contestó Lilith—. Y créanme, el nombre es lo menos extraño de él.
Jhon guardó el papel en el bolsillo.