Capítulo 51 - El bosque maldito-2
Un murmullo inquieto recorrió la retaguardia.
—Eh… —susurró uno de los soldados, señalando hacia un lado del camino—. ¿Veis eso?
Entre los árboles, apenas iluminado por una antorcha lejana, había una figura agachada. Parecía un perro grande, flaco, con el lomo arqueado, devorando algo indistinguible en el suelo.
—Oye… —llamó otro soldado, con voz temblorosa—. Ven aquí.
La criatura dejó de moverse.
Lentamente, giró la cabeza.
Los ojos brillaron con un reflejo antinatural.
El cuerpo se irguió, los huesos crujieron de forma imposible y la silueta canina se deformó hasta adoptar una forma humanoide cubierta de pelo negro y carne hinchada. Tumores pulsantes sobresalían de su torso, latiendo como corazones enfermos.
El lycan alzó el hocico…
y aulló.
El sonido fue una llamada.
Desde los árboles comenzaron a caer figuras. Una tras otra. Desde las ramas, desde las rocas, desde la misma oscuridad. Lycans deformes, todos marcados por bultos grotescos, extremidades torcidas y mandíbulas manchadas de sangre fresca.
—¡LYCANS!
—¡Formación!
—¡Por los dioses!
El pánico estalló.
Las criaturas se lanzaron contra el batallón como una marea viva. Armaduras fueron desgarradas, hombres arrancados de sus caballos, gritos ahogados en sangre. Los Tigres Blancos se rompieron en cuestión de segundos.
—¡FÉNIX! —gritó alguien.
Fénix desenfundó la God Killer en un solo movimiento. La hoja brilló con un destello plateado antes de descender con violencia. Un lycan fue partido en dos. Otro perdió la cabeza. El tercero quedó reducido a pedazos bajo un giro brutal de la espada.
—¡Atrás! —rugió—. ¡Mantened distancia!
Pero eran demasiados.
Enid intentó desenvainar su espada. Tiró una vez. Dos. La hoja no salió. Algo invisible parecía sujetarla, como si el propio aire se lo impidiera.
—¡Maldita sea…! —escupió.
Más lycans cayeron desde los árboles.
La línea colapsó.
Solo dos figuras resistían de pie frente a la avalancha:
Marius y Fénix.
—¡Son demasiados! —gritó Marius, hundiendo su arma en el cráneo de uno de ellos.
—¡Lo sé! —respondió Fénix, girando sobre sí mismo y rebanando otra garganta—. ¡No paran de llegar!
Y entonces lo entendió.
No era una emboscada.
Era una cacería.
—¡DISIPARSE! —rugió con todas sus fuerzas—. ¡DISIPARSE DE INMEDIATO! ¡ESCONDEOS Y ESPERAD AL AMANECER!
Algunos soldados obedecieron. Otros no tuvieron tiempo.
Fénix siguió luchando.
Cortó. Golpeó. Rebanó cabezas. La God Killer danzaba entre cuerpos deformes, dejando un rastro de carne y sangre. Vio a Enid rodeada y se lanzó hacia ella sin pensar.
Partió a uno en dos. Atravesó a otro. La tomó del brazo y la sacó de la horda justo cuando un lycan se abalanzó sobre su caballo.
El animal cayó, destrozado.
El impacto lanzó a Fénix por los aires.
Rodó por el barro, golpeándose contra una raíz. La God Killer salió despedida y cayó varios metros más allá, perdiéndose entre la oscuridad.
Fénix se incorporó con dificultad.
Sin espada.
Sin caballo.
Los aullidos se acercaban.
Respiró hondo.
Y entonces llevó la mano a su cinturón.
Sacó el cuchillo de plata.
Sus ojos se endurecieron.
—Venid —murmuró, colocándose en guardia—. Aún no he terminado.
Marcus corría sin mirar atrás. Las ramas le golpeaban el rostro, las raíces intentaban atraparlo y el aire le quemaba los pulmones. A su alrededor, solo quedaban unos pocos Tigres Blancos; sombras desesperadas que huían entre los árboles mientras los aullidos los perseguían desde todas direcciones.
No importaba hacia dónde giraran.
Los lycans siempre estaban cerca.
—¡No os separéis! —gritó Marcus, aunque su voz ya estaba rota por el esfuerzo.
Uno de los soldados cayó a su lado, arrastrado entre los matorrales por algo que se movía demasiado rápido. Marcus no se detuvo. Sabía que hacerlo significaba morir.
El bosque se abrió de repente.
Llegaron a un claro.
La luna iluminaba el espacio circular, revelando el error al instante. Las sombras comenzaron a moverse alrededor del perímetro. Ojos brillantes surgieron entre los árboles, decenas de ellos, cerrando el cerco poco a poco.
—No… —susurró uno de los soldados—. Estamos rodeados.
Los aullidos resonaron con más fuerza, celebrando la caza.
Marcus retrocedió un paso… y el suelo desapareció bajo sus pies.
—¡Marcus! —gritó alguien.
Sintió cómo el mundo se inclinaba. Intentó agarrarse a una raíz, pero la tierra húmeda se desmoronó entre sus dedos. Cayó por el barranco, rodando entre rocas y ramas, golpeándose una y otra vez hasta que el aire se le escapó de los pulmones.
El impacto final fue brutal.
El agua helada del río lo envolvió de golpe, arrastrándolo corriente abajo. Marcus se hundió, desorientado, tragando agua, mientras el rugido del torrente ahogaba los aullidos que venían desde arriba.
La corriente lo golpeó contra una roca y todo se volvió negro.
Fénix respiraba con dificultad, el cuchillo de plata firme en su mano mientras avanzaba despacio entre los árboles. Los aullidos seguían ahí, más lejanos, pero constantes, como si el bosque nunca dejara de vigilar.
Cada crujido lo hacía tensarse.
Entonces, una mano tocó su hombro.
Fénix giró con el cuchillo levantado, pero se detuvo al instante.
Era Enid.
Ella tenía el rostro manchado de sangre y barro, la respiración controlada a la fuerza. Alzó un dedo y le hizo una seña clara: silencio. Luego señaló hacia la espesura, donde varias sombras se movían entre los troncos.
Fénix asintió.
Ambos comenzaron a arrastrarse lentamente entre raíces y hojas húmedas, pegados al suelo, conteniendo la respiración. Cada movimiento era calculado. Cada segundo, un riesgo.
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Editado: 07.01.2026