Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 52 - El bosque maldito-3

Capítulo 52 - El bosque maldito-3

Enid permaneció en silencio unos instantes más. Observó el fuego, luego sus propias manos temblorosas por el frío y el cansancio. Finalmente habló, con una franqueza poco habitual en ella.

—¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto? —dijo, sin mirarlo todavía—. En cierta parte… te tengo envidia.

Fénix frunció levemente el ceño, sorprendido.
—¿Envidia? No parece una palabra que suelas usar.

Enid esbozó una sonrisa breve, casi amarga.
—El reino habla de nosotros dos, sí. Pero siempre termina igual —continuó—. “El capitán Fénix hizo esto”, “el capitán Fénix salvó a tal escuadrón”, “si Fénix estaba allí, la victoria estaba asegurada”.

Alzó la vista hacia él por primera vez.

—Yo doy órdenes, planeo estrategias, cargo con las consecuencias políticas y militares… y aun así, cuando la historia se cuenta, tu nombre es el que resuena.

Fénix bajó la mirada, incómodo.
—No pedí nada de eso.

—Lo sé —respondió Enid con rapidez—. Y eso es lo que más me molesta… y a la vez lo que no puedo reprocharte.

Se apoyó mejor contra el árbol, respirando hondo.

—A veces siento que, aunque soy la comandante, camino siempre un paso detrás de tu sombra. No porque seas mejor que yo, sino porque la gente necesita un símbolo. Y tú… —hizo un gesto vago con la mano— tú encajas demasiado bien en ese papel.

Fénix tardó en responder.

—Si sirve de algo —dijo al fin—, yo nunca te he visto como alguien a mi sombra. Si hoy sigo con vida es porque confié en tus órdenes más veces de las que puedo contar.

Enid arqueó una ceja.
—Eso no suena a consuelo aprendido.

—Porque no lo es —replicó él—. Cuando el caos empieza, todos me miran a mí esperando que haga algo heroico. Pero cuando hay que decidir hacia dónde avanzar, cuándo retirarse o qué sacrificar… yo miro hacia ti.

El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez era distinto, más denso y sincero.

—Supongo que ambos cargamos con expectativas que no elegimos —murmuró Enid.

—Supongo que sí —asintió Fénix—. La diferencia es que tú las cargas en soledad… y yo, rodeado de gente que cree conocerme.

Enid soltó una breve risa cansada.
—Qué cruel sentido del humor tiene el destino.

Enid guardó silencio unos segundos más. Luego llevó la mano a su capa y rebuscó en un compartimiento interno, oculto entre las costuras. De allí sacó una carta arrugada por el uso, pero aún perfectamente legible. El sello real estaba intacto.

La sostuvo entre los dedos, dudando.

—Esto… —empezó, y su voz perdió firmeza—. La princesa Lilith te la envió antes de la misión.

Fénix la miró, sorprendido.
—¿Una carta? ¿Para mí?

Enid asintió y se la tendió.
—No te la entregué.

Fénix tomó el papel con cuidado, pero no lo abrió de inmediato. Alzó la vista hacia ella.
—¿Por qué?

Enid abrió la boca para responder… y no pudo. Inspiró hondo. Su rostro empezó a enrojecer de forma evidente, algo completamente impropio de la comandante Drakewood.

—Porque soy una idiota —dijo al fin, con brusquedad—. Y porque desde aquel día en el río, hace tres años… ya no te miro igual.

Fénix se quedó inmóvil.
—¿El río…?

—Sí —continuó ella, sin darle tiempo—. Cuando me viste bañandome. Cuando casi te mato tirandote piedras. Desde entonces… —tragó saliva— siento algo por ti.

El silencio cayó como un peso entre ambos. El fuego crepitó, ajeno.

—Intenté ignorarlo —prosiguió Enid, cada vez más nerviosa—. Convencerme de que era admiración, respeto, gratitud… cualquier cosa menos esto. Pero cuando la princesa me entregó la carta y me pidió que te la diera, supe que no iba a poder hacerlo.

Fénix bajó la mirada, el rostro empezando a teñirse de rojo.
—Enid… yo no sabía nada de esto.

—Lo sé —respondió ella con rapidez—. Y no te lo digo para ponerte una carga más encima. Te lo digo porque esta noche casi morimos y… porque estoy cansada de callar.

Hizo una pausa. Luego, con la voz más baja, añadió:

—Cuando te vi caer del caballo y pensé que te habían rodeado… sentí terror. No como comandante. Como mujer.

Eso fue suficiente.

Fénix se puso completamente rojo, hasta las orejas. Carraspeó, incapaz de sostenerle la mirada.

—Yo… —tartamudeó—. Enid, tú eres… quiero decir… eres la comandante, y yo…

Ella lo interrumpió con una media sonrisa, aún sonrojada.
—Tranquilo, capitán.

Enid respiró hondo, como si ya no tuviera nada que perder. Dio un paso al frente… y luego otro. La distancia entre ambos se redujo hasta que el calor del fuego dejó de ser lo único que se sentía. Ahora también estaba el de ella.

—Y lo peor —continuó, en voz baja— es que intento comportarme como si nada pasara. Como si no me fijara en cómo sigues peleando incluso cuando estás herido. Como si no notara cómo cargas con todos sin quejarte nunca.

Fénix tragó saliva. Retrocedió medio paso… solo para chocar con el tronco detrás de él.

—Enid, yo… —empezó, pero las palabras se le enredaron—. Esto es… quiero decir… tú eres…

—La comandante, lo sé —dijo ella, con una sonrisa ladeada—. Siempre la comandante. Pero esta noche no quiero serlo.

Se acercó aún más, hasta quedar frente a él, casi cara a cara. Fénix podía sentir su respiración.

—Esta noche quiero ser la mujer que no pudo dormir durante tres años pensando en ti —susurró—. La que se puso celosa de una carta. La que te buscó entre la sangre y los gritos porque la idea de perderte le daba más miedo que la muerte.

El rostro de Fénix estaba completamente rojo.

—Yo… yo no sabía que… es decir… Enid, tú… —balbuceó, incapaz de construir una frase coherente.

Ella rió, una risa suave, sincera, casi cálida.
—Eres adorable cuando te pones nervioso, ¿lo sabías?

—Eso no ayuda —murmuró él, mirando a cualquier sitio menos a sus ojos.

—Lo sé —respondió ella, divertida—. Por eso no pienso parar.




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