Capítulo 53 - El bosque maldito-4
En una pequeña caseta de madera, oculta entre la niebla espesa del bosque maldito, varias siluetas se recostaban con absoluta despreocupación. El lugar olía a humedad, hierro viejo… y sangre fresca.
Uno de los vampiros sostuvo una botella de cristal oscuro, agitándola con pereza. El líquido rojo golpeó las paredes internas con un sonido espeso.
—Brindo por los gloriosos Tigres Blancos —dijo con burla—. Entraron al bosque creyéndose invencibles y salieron corriendo como ganado.
Los demás estallaron en risas. Otro vampiro, apoyado contra la pared, dio un largo trago a su propia botella.
—Ni siquiera tuvimos que ensuciarnos las manos —añadió—. Soltar a los lycan primitivos fue suficiente. Bestias estúpidas, pero eficaces.
—Eso es lo bueno de ellos —intervino un tercero, estirándose con desgana—. No preguntan, no dudan, no piensan. Solo cazan.
El primero chasqueó la lengua.
—Y mientras ellos despedazan soldados, nosotros bebemos tranquilos. Trabajo inteligente.
Uno de los vampiros más jóvenes frunció el ceño.
—¿Y si alguno sobrevive?
La respuesta fue una carcajada general.
—Siempre sobrevive alguien —dijo el que llevaba la botella—. Eso es lo divertido. El miedo corre más rápido cuando queda alguien para contarlo.
Otro vampiro se acercó a la ventana estrecha de la caseta y miró hacia el bosque oscuro, donde aún se escuchaban aullidos lejanos.
—Los humanos creen que este bosque está maldito por viejas leyendas —comentó—. Jamás imaginarían que somos nosotros los que soltamos a los monstruos cuando nos da pereza cazar.
—Que sigan creyendo cuentos —respondió otro, encogiéndose de hombros—. Mientras tanto, el Imperio Milenario estará satisfecho.
El primero alzó la botella una vez más.
—A la emboscada perfecta. Y a no mover un dedo más de lo necesario.
Chocaron las botellas entre risas, mientras afuera, en la oscuridad, el eco de la matanza seguía resonando entre los árboles.
Marius avanzaba tambaleándose entre los árboles, con la respiración pesada y el cuerpo cubierto de sangre que no era del todo ajena. Sus pasos dejaban huellas irregulares sobre la tierra húmeda del bosque, mezcladas con restos de barro y ceniza.
Se detuvo de golpe. Apoyó una mano contra el tronco de un árbol y, sin poder contenerse más, se inclinó hacia adelante.
Vomitando.
Una y otra vez.
Su cuerpo se estremecía con cada arcada, como si intentara expulsar algo más que el contenido de su estómago. El sabor metálico le quemaba la garganta, y el olor a sangre le resultaba insoportable.
—Maldita sea… —murmuró entre jadeos.
Cerró los ojos con fuerza. Las imágenes regresaron sin pedir permiso: garras destrozadas, cráneos abiertos, aullidos ahogados en su propia sangre. Lycan primitivos, sí… bestias corrompidas, deformes, dominadas por tumores y rabia. Pero aun así, lycan.
De los suyos.
—Era necesario… —se dijo, intentando convencerse—. Era por un bien mayor.
Sus manos temblaban.
Había luchado con precisión, sin dudar, usando cada técnica que conocía. Había sobrevivido porque sabía cómo matar. Y aun así, cada golpe le había dejado una grieta más en el pecho.
Escupió al suelo y se incorporó con dificultad, respirando hondo varias veces hasta recuperar un mínimo de control.
—No debía afectarme —susurró—. No así.
Pero le afectaba.
Porque, en el fondo, Marius sabía que aquella noche no solo estaba matando monstruos. Estaba cruzando una línea invisible, una que separaba la necesidad de la costumbre. Y esa frontera, una vez atravesada, no siempre permitía regresar.
Se limpió la boca con el dorso de la mano y reanudó la marcha, perdiéndose entre las sombras del bosque.
Sin saber que, en ese mismo lugar, el destino ya había empezado a escribir algo mucho más oscuro para él.
La fogata crepitaba con suavidad, proyectando sombras danzantes sobre los troncos y las armaduras abandonadas a un lado. Enid y Fénix seguían besándose, ya sin la urgencia del peligro inmediato, sino con una calma intensa, cargada de todo lo que habían callado durante años.
Las manos de Fénix temblaban levemente mientras aflojaba los broches de su armadura, dejándola caer con un sonido apagado sobre la tierra. Enid hizo lo mismo, más despacio, como si cada pieza que se desprendía fuese también una barrera que ya no necesitaba.
No había órdenes. No había rangos.
Solo dos personas que habían sobrevivido a la noche.
El frío del bosque quedó lejos cuando se acercaron más, compartiendo calor, respiración y silencios que no necesitaban palabras. El mundo exterior, con sus guerras, profecías y destinos, se desdibujó por un instante.
El fuego siguió ardiendo, fiel guardián de un momento que no debía ser observado ni explicado.
Y cuando la noche terminó de envolverlos, no fue el deseo lo único que los unió, sino algo más profundo: la certeza de que, pase lo que pase después, ya no estarían solos.
El calor de la fogata envolvía sus cuerpos mientras el momento avanzaba sin prisas, torpe y sincero a la vez. No había experiencia, solo instinto y una cercanía nacida del miedo compartido y la supervivencia.
Fénix respiraba con dificultad, como si cada latido le retumbara en los oídos. Enid se aferró a él, sus dedos marcando su espalda con un temblor que no buscaba herir, sino asegurarse de que aquello era real. Sus uñas dejaron leves rastros, y él soltó un suspiro entrecortado, cerrando los ojos por un instante.
—Fénix… —murmuró ella, casi sin voz. El nombre se le escapó con una mezcla de nervios y emoción, seguido de un titubeo—. Yo… yo…
Las palabras no terminaron de formarse. No hacía falta. Él apoyó la frente contra la de ella, dejándose llevar, tan inseguro como decidido. Ambos avanzaban con cuidado, descubriéndose, riéndose en silencios cortos, respirando al mismo ritmo.
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Editado: 07.01.2026