Capítulo 54 - El bosque maldito-5
El wendigo inclinó la cabeza y chasqueó la lengua, como si estuviera recordando algo lejano, casi entrañable.
—Hace diecinueve años —comenzó—, naciste en una noche que no debía existir. El bosque estaba en silencio, incluso para nosotros. Tu madre gritó… pero tú no lloraste.
Fénix apretó los dientes.
—Cállate.
—Abriste los ojos y no había miedo —continuó el wendigo, ignorándolo—. Solo hambre de aire. De mundo. De vida. Yo lo supe en ese instante.
—¡He dicho que te calles! —rugió Fénix, avanzando un paso con la espada temblando en sus manos—. No quiero oír nada de ti.
El wendigo rió, una carcajada grave y áspera, cargada de ironía.
—Siempre fuiste así. Negando lo evidente.
Se enderezó, imponente, como si el dolor de la plata ya no existiera.
—Dime algo, hijo —añadió con sarcasmo—. ¿Nunca te preguntaste por qué eres más fuerte que los demás? ¿Por qué sigues de pie cuando otros caen? ¿Por qué el hambre, el frío y la muerte parecen respetarte?
Fénix negó con la cabeza, respirando con dificultad.
—Soy humano.
—No del todo —corrigió el wendigo, con una sonrisa torcida—. Y lo sabes. Siempre lo supiste, aunque no quisieras aceptarlo.
Dio un paso más, su presencia aplastante.
—La sangre no miente. Puedes blandir esa espada, puedes odiarme, puedes fingir que eres distinto… pero hay algo en ti que no pertenece a ese reino que tanto proteges.
Sus ojos brillaron con una mezcla peligrosa de burla y orgullo.
—Eres fuerte porque no naciste para ser débil —continuó—. Y el mundo aún no te ha mostrado lo que realmente eres capaz de hacer.
Fénix levantó la espada, con rabia y confusión mezcladas.
—No soy como tú.
El wendigo sonrió, satisfecho.
—Eso mismo dije yo una vez.
El wendigo soltó una carcajada profunda, áspera, que resonó entre los árboles como un eco antiguo. No había burla ligera en ella, sino algo más pesado, casi solemne.
—Ah… —dijo, negando lentamente con la cabeza—. Sigues caminando justo por el sendero que te llevará a tu perdición.
Fénix apretó la empuñadura de la God Killer.
—Deja de hablar en acertijos.
—No son acertijos —replicó el wendigo—. Son avisos que aún no estás preparado para entender.
Alzó la mirada hacia el cielo oculto por las copas del bosque.
—Llegará un día en que el fuego que ahora proteges te consumirá —continuó—. Un día en que perderás nombres, rostros… y algo mucho más valioso. Entonces comprenderás por qué sobreviviste cuando otros no.
Fénix negó con rabia.
—No sabes nada de mi futuro.
El wendigo volvió a reír, con una calma inquietante.
—Claro que no… —dijo—. Solo sé que habrá cadenas invisibles, decisiones imposibles y un trono que no pediste, pero que alguien reclamará en tu nombre.
Dio un paso atrás, su figura comenzando a fundirse con las sombras.
—Recuerda esto, hijo —añadió—: no todos los monstruos nacen en la oscuridad. Algunos se forjan a base de pérdidas.
El bosque empezó a recuperar sus sonidos. El viento volvió a moverse. Los grillos cantaron, como si nada hubiera ocurrido.
—Nos volveremos a ver —dijo el wendigo por última vez—. No sé si como enemigos… o como aliados.
Su sonrisa fue lo último que desapareció entre la espesura.
El silencio cayó de golpe.
Fénix quedó inmóvil, respirando con dificultad, como si acabara de despertar de una pesadilla. Enid se acercó despacio, colocando una mano firme sobre su hombro.
El fuego seguía encendido. El bosque parecía el mismo.
Pero nada, absolutamente nada, había vuelto a ser normal.
Fénix permaneció quieto unos segundos más, con la mirada perdida entre los árboles. Sentía un nudo cerrado en el estómago, pesado, incómodo, como si algo se hubiera quedado clavado dentro de él junto con aquellas palabras.
—No entiendo nada… —murmuró al fin—. Profecías, futuros, sangre… no tiene sentido.
Apretó los dientes y bajó la espada lentamente.
—Solo era un monstruo hablando basura para confundirme.
Enid se acercó con cuidado, sin imponerse. Colocó una mano sobre su brazo primero, firme pero tranquila.
—Escúchame —dijo en voz baja—. Estás cansado, herido y acabamos de sobrevivir a algo que debería habernos matado. No es el momento de buscar sentido a las palabras de una criatura que vive del miedo.
Fénix respiró hondo, pero el temblor seguía ahí.
—Dijo cosas que… —se detuvo—. No quiero pensar en eso ahora.
Enid asintió.
—Entonces no lo hagas. —Le sostuvo el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla—. Ahora estás aquí. Estás vivo. Y yo también.
El fuego crepitó suavemente a su lado.
—El futuro se enfrentará cuando llegue —continuó—. Esta noche no pertenece a profecías ni a monstruos. Nos pertenece a nosotros.
El nudo empezó a aflojarse. No desapareció del todo, pero dejó de doler.
Fénix cerró los ojos un instante y apoyó la frente contra la de ella.
—Gracias… —susurró.
Enid sonrió con suavidad.
—Para eso estoy.
El bosque volvió a quedar en silencio. El peligro parecía haberse retirado, al menos por ahora. Fénix dejó la espada a un lado y se permitió, por primera vez desde hacía horas, soltar el peso que llevaba encima.
Volvieron a acercarse, sin prisa, dejando que el momento retomara su curso, como si el mundo exterior pudiera esperar un poco más.
#1123 en Fantasía
#630 en Personajes sobrenaturales
fantasia oscura magia vampiros, fantasía épica romántica, fantasía osura
Editado: 07.01.2026