Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 55 - El maldito

Capítulo 55 - El maldito

En la base vampírica, enterrada entre montañas cubiertas de nieve eterna, el ambiente era caótico y decadente. En una gran sala de piedra, varios vampiros jugaban cartas sobre mesas improvisadas, apostando monedas antiguas, reliquias oxidadas y botellas de sangre. Algunos discutían acaloradamente, otros se empujaban entre risas crueles, y no faltaban los golpes cuando alguien acusaba trampa.

—¡Te dije que no podías sacar otra carta! —gruñó uno, mostrando los colmillos.

—Relájate —respondió otro, limpiándose la sangre del labio—. Si pierdes, pagas.

Entre ese ruido constante, una figura se levantó y comenzó a caminar sin decir palabra.

Era un vampiro joven. Delgado, de pasos tranquilos, con los ojos rojos brillando con una curiosidad inquietante. No parecía molesto por el caos; más bien, parecía aburrido. Atravesó la sala ignorando empujones y burlas, hasta llegar a una gran puerta negra custodiada por estatuas de piedra.

La empujó y entró.

La sala del trono era distinta: silenciosa, fría, casi solemne. En el centro, sentado en un trono tallado con símbolos antiguos, se encontraba Lucian, el anciano vampiro. Su presencia imponía sin necesidad de alzar la voz.

—Alex —dijo Lucian, sin mirarlo—. Llegas tarde.

—Estaba distraído —respondió Alex con una sonrisa ligera—. Es divertido ver cómo se despedazan entre ellos cuando creen que nadie importante los observa.

Lucian apoyó un codo en el trono.
—Los Tigres Blancos avanzan —dijo con claridad—. Batalla tras batalla, nos están sacando una ventaja que empieza a ser… molesta.

Alex ladeó la cabeza.
—¿Y eso no te emociona un poco? —preguntó—. Las guerras aburridas son las que ya están decididas.

Lucian lo miró por fin, con ojos antiguos y calculadores.
—Quiero que la balanza se incline a nuestro favor.

Alex sonrió más ampliamente.
—Ah… ya veo por dónde va esto.

—Hay un nombre que se repite en todos los informes —continuó Lucian—. El capitán de los Tigres Blancos. Fénix Roger.

El brillo en los ojos de Alex se intensificó.
—¿El humano interesante?

—No lo subestimes —advirtió Lucian—. Ha sobrevivido a cosas que no debería. Inspira a los suyos. Mientras viva, los Tigres Blancos seguirán avanzando.

Lucian se incorporó ligeramente en el trono.
—Quiero que lo asesines.

El silencio se estiró un segundo… y luego Alex soltó una risa suave, casi infantil.

—¿Eso es todo? —dijo—. Pensé que me pedirías algo difícil.

—No juegues —gruñó Lucian—. Esto no es un capricho.

Alex caminó en círculos, como si saboreara la idea.
—Matar al capitán, romper la moral del batallón, ver cómo se desmoronan desde dentro… —murmuró—. Suena divertido.

Se detuvo y miró a Lucian con entusiasmo genuino.
—¿Puedo hacerlo a mi manera?

Lucian entrecerró los ojos.
—Mientras esté muerto, no me importa el método.

Alex hizo una leve reverencia exagerada.
—Entonces será una obra memorable.

Cuando se giró para marcharse, su sonrisa no desapareció.

—Tengo muchas ganas de conocer a Fénix Roger —añadió—. Las personas especiales siempre reaccionan de formas… preciosas cuando se enfrentan a su final.

Las puertas se cerraron tras él.

Lucian volvió a apoyarse en el trono, observando el fuego azul que ardía en los braseros.

—Que así sea —murmuró—. Que el mundo empiece a inclinarse.

Alex avanzó por los pasillos de piedra, dejando atrás la sala del trono. Sus pasos resonaban con eco suave, acompasados, casi despreocupados. A su alrededor, el frío del lugar parecía no afectarle en absoluto.

Mientras caminaba, su mente comenzó a repasar todas aquellas historias que había escuchado.

Fénix Roger…

Las leyendas viajaban rápido entre vampiros, mercenarios y espías.

Un capitán de apenas diecinueve años. Demasiado joven para cargar con un batallón de élite, decían algunos. Demasiado terco para morir, corregían otros.

Alex sonrió.

Habían contado que lideraba desde el frente, que nunca se escondía detrás de sus soldados. Que había cruzado campos malditos y salido con vida cuando unidades enteras desaparecían sin dejar rastro. Que blandía una espada imposible, una reliquia que hacía retroceder incluso a criaturas que no conocían el miedo.

—Un humano interesante… —murmuró.

Recordó otro rumor: que los Tigres Blancos no lo seguían por obligación, sino por lealtad. Que cuando Fénix daba una orden, incluso los más veteranos la obedecían sin dudar.

Eso le provocó una ligera risa.

—Siempre es así —pensó—. Los que inspiran son los que más ruido hacen al caer.

También había escuchado que sobrevivía a heridas que habrían matado a otros. Que algo en él no encajaba del todo. Que algunos decían que tenía “suerte”, otros hablaban de destino, y los más supersticiosos susurraban que no era completamente humano.

Los ojos rojos de Alex brillaron con curiosidad genuina.

—Diecinueve años… y ya cargando con el peso de una guerra —dijo en voz baja—. Qué cruel… y qué hermoso.

Se detuvo frente a una salida que daba al exterior nevado. El viento helado entró con fuerza, pero él no se movió.

—Tengo muchas ganas de verte —añadió, con una sonrisa torcida—. Veamos qué haces cuando el mundo decide jugar contigo.

Y sin perder la calma, Alex salió al frío, con la imagen de Fénix Roger grabada en su mente como un juguete nuevo que estaba a punto de descubrir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.