Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 56 - El bosque maldito-6 FIN

Capítulo 56 - El bosque maldito-6 FIN

La luz del día se filtraba entre las copas retorcidas del bosque maldito, disipando parte de la opresión que había dominado la noche. La niebla se retiraba lentamente, revelando un paisaje marcado por la violencia.

Fénix ajustó la correa de la God Killer y la colocó a su espalda. Enid ya estaba lista, la capa bien sujeta, el porte firme. Entre ambos había una cercanía distinta, silenciosa, evidente en la forma en que caminaban uno junto al otro sin necesidad de mirarse constantemente.

Avanzaron con cautela.

Entonces lo vieron.

Cientos de cuerpos de lycan primitivos yacían esparcidos por el terreno. Algunos estaban destrozados, otros atravesados con precisión quirúrgica. La sangre oscura se mezclaba con la tierra húmeda, formando un rastro que llevaba hacia el centro del claro.

Fénix se tensó.
—Esto… no fue un combate normal.

Dio unos pasos más y se detuvo de golpe.

—Marius… —susurró.

Allí estaba él, sentado contra una roca, con la espalda apoyada y los brazos caídos a los lados. Su cuerpo estaba cubierto de sangre seca, pero respiraba con normalidad. Tenía los ojos entrecerrados, luchando claramente contra el sueño.

Fénix corrió hacia él y se arrodilló a su lado.
—¡Marius! ¿Estás bien?

Marius abrió un ojo lentamente.
—Depende… —murmuró—. Si morir de sueño cuenta como estar mal.

Fénix soltó una carcajada ahogada, el alivio cayéndole encima como un peso que por fin se soltaba.
—Estás vivo… maldita sea, estás vivo.

—Te dije que iba a ser difícil matarme —respondió Marius, esbozando una sonrisa cansada—. Aunque admito que lo intentaron con ganas.

Enid se acercó, observando el entorno.
—¿Estuviste luchando toda la noche?

—Hasta que salió el sol —asintió Marius—. Después de eso, los que quedaban dejaron de aparecer.

Fénix negó con la cabeza, impresionado.
—Estás loco.

—Eso ya lo sabías —replicó Marius, bostezando—. Por cierto… me enteré de lo que pasó anoche.

Fénix frunció el ceño.
—¿Cómo?

—Marcus —respondió—. Cayó al río, pero logró salir. Nos reencontramos al amanecer. Me contó todo.

Marius levantó un dedo con esfuerzo.
—Y debo decir algo importante.

Fénix lo miró, expectante.

—Tenías razón —dijo Marius—. Todo iba a acabar mal. Ganaste la discusión.

Fénix dejó escapar una risa sincera.
—Jamás pensé que te oiría decir eso.

—No te acostumbres —gruñó Marius—. Lo digo solo porque casi morimos todos.

Fénix lo abrazó sin pensarlo, apretándolo con fuerza.
—Me alegra tanto verte… no sabes cuánto.

Marius se quedó quieto un segundo, luego palmeó torpemente su espalda.
—Eh, eh… capitán. Agradezco el gesto, pero si no duermo pronto, me voy a desmayar aquí mismo.

Fénix se apartó, sonriendo.
—Vamos a sacarte de aquí.

Enid asintió.
—El bosque ya no nos quiere dentro.

Los tres permanecieron unos segundos más en silencio, rodeados de cadáveres y luz matinal. El infierno había quedado atrás.

Y por primera vez desde que entraron, Fénix sintió que no todo estaba perdido.

El puerto de la guarida de los vampiros estaba envuelto en una penumbra constante, incluso a plena luz del día. El mar golpeaba los muelles con un ritmo pesado, mientras el enorme navío preparado para cruzar al otro continente esperaba en silencio.

Alex se encontraba al frente de un equipo de élite al servicio del rey Lucian. Todos estaban equipados, atentos, listos para partir en cualquier momento. Sin embargo, él parecía demasiado relajado para la tensión del lugar.

A unos metros, apoyado contra un poste de madera oscura, estaba Darem. Brazos cruzados, mirada seria, observando el movimiento del puerto sin mostrar el menor interés por socializar.

Alex giró la cabeza y sonrió al verlo.

—Vaya, vaya… —dijo mientras se acercaba—. Pensé que ya te habrías ido sin despedirte.

Darem no se movió.
—No hablaba contigo.

—No hacía falta —respondió Alex, ladeando la cabeza—. Tu cara ya dice todo lo que piensas.

Darem suspiró con evidente fastidio.
—¿Qué quieres, Alex?

—Confirmar algo —contestó con tono despreocupado—. ¿Vas a venir con nosotros o solo estás aquí para decorar el puerto?

Darem lo miró de reojo.
—Voy porque es una orden. No porque me agrade la idea.

Alex sonrió más.
—Oh, vamos. Pensé que te alegraría viajar conmigo. Podría ser divertido.

—Hablas demasiado —cortó Darem—. Ese es el problema.

Alex dio un par de pasos más, invadiendo ligeramente su espacio.
—¿Eso es todo? Pensé que era algo más grave. Creí que te caía mal.

—No me caes bien —respondió Darem con frialdad—. Y no confundas eso con interés.

Alex rió suavemente.
—Qué directo. Me gusta eso. Aunque debo decir que viajar en silencio sería muy aburrido.

—Entonces haznos un favor y guarda silencio —replicó Darem.

Alex se encogió de hombros.
—Imposible. Si dejo de hablar, empiezo a pensar… y eso nunca termina bien.

Darem apretó la mandíbula.
—Solo no te interpongas en la misión.

—Tranquilo —dijo Alex, girándose para volver con el equipo—. Prometo no meterme donde no me llamen.

Se detuvo un segundo y añadió sin mirarlo:
—Pero no prometo no hablar.

Darem cerró los ojos un instante, como si ya estuviera arrepentido del viaje que estaba a punto de comenzar.

Las amarras empezaron a soltarse. El navío estaba listo.

Y el viaje, claramente, no iba a ser tranquilo.




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