Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 57 - Fiesta en el reino

Capítulo 57 - Fiesta en el reino

En el reino de Vlander el amanecer llegó acompañado de música, campanas y risas. Las calles estaban adornadas con estandartes carmesí y dorados, y el aire festivo se extendía desde las murallas hasta el corazón del palacio. Era un día especial: la princesa Lilith celebraba su cumpleaños.

En lo alto de la torre oriental, su habitación estaba llena de luz. Cortinas de seda se mecían suavemente con la brisa, mientras varias sirvientas se movían con precisión alrededor de la joven princesa. Unas ajustaban el vestido, otras peinaban su largo cabello oscuro y otras se encargaban de los últimos detalles del maquillaje, delicado y elegante.

Lilith observaba su reflejo en el espejo con una expresión serena, aunque en el fondo de sus ojos se notaba cierta inquietud.

—Princesa, estáis realmente hermosa hoy —dijo una de las sirvientas mientras colocaba un broche de plata en el vestido—. Vuestra alteza ya no es una niña.

—Eso mismo pensábamos —añadió otra con una sonrisa cómplice—. Ya es la edad adecuada para pensar en un esposo.

Lilith suspiró suavemente.
—Siempre llegamos a ese tema, ¿verdad?

Las sirvientas intercambiaron miradas antes de continuar.

—Hoy han llegado invitados muy importantes —dijo una de ellas mientras ajustaba los guantes—. Príncipes de distintos reinos han viajado largas distancias solo para verla.

—Del reino de Asterholm —comenzó otra—, conocido por sus ejércitos y su disciplina.

—También del reino de Norvail —añadió—, tierras de hielo y montañas, donde la nobleza es tan firme como el acero.

—Y no olvidemos a los enviados de Eldoria —dijo la tercera—, famosos por su riqueza y sus antiguas alianzas.

Lilith cerró los ojos un instante, respirando con calma.
—Parece que todo el mundo ha decidido mi futuro hoy.

—No es una carga, alteza —respondió una sirvienta con dulzura—. Es una oportunidad. El reino necesita estabilidad… y vos sois el corazón de Vlander.

Lilith abrió los ojos y esbozó una sonrisa educada, aunque contenida.
—Lo sé.

Lilith respiró hondo mientras las voces y la música del festejo llegaban apagadas hasta su habitación. Todo el palacio giraba en torno a ella, a su título, a su futuro como pieza clave del reino… y, aun así, su mente se alejaba de allí.

Príncipes, alianzas, coronas…
Siempre los mismos nombres, los mismos rostros cuidadosamente elegidos.

Y, sin embargo, había alguien que no pertenecía a ningún salón dorado.

Al pensar en él, sus labios se curvaron sin darse cuenta.

Fénix Roger.

El capitán de los Tigres Blancos. El muchacho que no necesitaba un trono para imponerse, cuya mirada firme hablaba de batallas reales y decisiones difíciles. Alguien que caminaba al frente, no porque se lo exigieran, sino porque otros confiaban en él.

Lilith llevó una mano a su pecho, notando un ligero calor.
No era un príncipe invitado ni un nombre escrito en pergaminos antiguos. Era una presencia que se había ganado su lugar sin pedirlo.

Si pudiera elegir…
Si este día fuera solo mío…

La sonrisa que apareció en su rostro fue suave, sincera, distinta a la que mostraría más tarde ante la corte.

Porque, entre todos los invitados que cruzaban las puertas del reino, la persona que realmente deseaba ver aún no había llegado.

El pueblo hervía de vida. Las calles estaban cubiertas de puestos de madera, telas de colores y antorchas decorativas. Comerciantes de otros pueblos ofrecían especias, armas, joyas y amuletos, mientras la música y las risas se mezclaban con el murmullo constante de la multitud. Era un festejo enorme, uno de esos días en los que incluso las preocupaciones parecían quedar en pausa.

Enid avanzaba entre la feria con paso firme, observando todo con atención, cuando de pronto se detuvo en seco.

Frente a ella había un hombre y una mujer de mediana edad, vestidos de forma sencilla pero pulcra. A su lado, una joven de unos dieciséis años los miraba con curiosidad contenida, los ojos brillantes recorriendo cada rincón del lugar.

Enid abrió los ojos, incrédula.

—¿Madre…? ¿Padre…? —murmuró, como si temiera que fueran una ilusión.

La mujer sonrió al instante y se acercó para tomarle las manos.

—Claro que somos nosotros —dijo con calidez—. ¿Pensabas que no vendríamos a verte?

La joven dio un paso al frente, sonriendo con timidez.

—Hola, Enid —saludó.

Enid parpadeó y soltó una pequeña risa nerviosa.

—Isabela… has crecido muchísimo —dijo, aún sorprendida—. Pero… ¿qué hacen aquí? Este lugar no es precisamente tranquilo.

El padre cruzó los brazos, observándola con orgullo evidente.

—Llegaron rumores hasta nuestro pueblo —explicó—. Historias sobre los Tigres Blancos, sobre una comandante joven que lidera tropas y regresa con vida de lugares donde otros no lo harían.

La madre asintió, con los ojos brillantes.

—Cuando supimos que esa comandante eras tú, no pudimos quedarnos en casa. Queríamos verte con nuestros propios ojos.

Enid tragó saliva, sin saber muy bien qué decir.

—No era necesario… es peligroso —respondió, aunque su voz se suavizó—. Pero me alegra verlos.

El padre dio un paso más cerca y apoyó una mano en su hombro.

—Estamos orgullosos de ti, Enid. Muy orgullosos. Comandante de los Tigres Blancos… jamás imaginé algo así.

Isabela la miraba como si estuviera frente a una leyenda.

—En el pueblo hablan de ti todo el tiempo —dijo—. Dicen que no retrocedes ante nada.

Enid desvió la mirada, incómoda.

—Exageran.

El padre carraspeó, cambiando ligeramente el tono.

—Aun así —continuó—, hay algo que me preocupa como padre.

Enid suspiró, sabiendo lo que venía.

—Padre…

—Ya estás en edad de formar tu propio camino —dijo con calma—. ¿Tienes esposo? ¿Alguien que camine a tu lado?

La pregunta quedó flotando entre el ruido de la feria.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.