Capítulo 58 - El regalo deseado
En ese momento, el murmullo del pasillo cambió de tono.
Desde el fondo, avanzando con paso elegante, apareció la princesa Lilith. Vestía con colores claros, delicados, adornados con detalles que reflejaban la luz de los candelabros. Su cabello estaba cuidadosamente arreglado, y a su alrededor caminaban varias sirvientas, atentas a cada gesto. La imagen era la de una auténtica heredera del reino.
Los nobles reaccionaron de inmediato.
—Su alteza.
—Feliz cumpleaños, princesa.
—Es un honor verla…
Uno a uno comenzaron a acercarse, inclinándose, extendiendo saludos y sonrisas estudiadas. Lilith respondió apenas con leves asentimientos, casi automáticos. Sus ojos, sin embargo, buscaban otra cosa.
Y entonces lo vio.
Sin dudarlo, se apartó sutilmente del grupo y caminó en dirección a Fénix, ignorando por completo las miradas sorprendidas que se cruzaban a su alrededor. Cuando se detuvo frente a él, la expresión de Lilith cambió. La rigidez protocolaria desapareció, reemplazada por una sonrisa suave, sincera.
Fénix se quedó inmóvil un instante, sorprendido… y luego reaccionó.
—Princesa Lilith —dijo, inclinando la cabeza con respeto—. Feliz cumpleaños.
Lilith parpadeó, y un leve rubor le subió a las mejillas.
—G-gracias, capitán Fénix —respondió en voz baja—. Me alegra… me alegra mucho que hayas venido.
—No podía faltar —contestó él con una pequeña sonrisa—. Un día así es importante.
Ella bajó la mirada por un segundo, jugando nerviosamente con sus dedos.
—Yo… pensé que quizá estarías ocupado —admitió—. Los Tigres Blancos siempre tienen misiones.
—Algunas cosas merecen hacerse en persona —replicó Fénix, sincero.
Lilith levantó la vista de nuevo, y sus ojos brillaron con una mezcla de timidez y alegría.
—Gracias… de verdad.
A su alrededor, los nobles observaban la escena en silencio, desconcertados. La princesa del reino estaba ignorando a medio palacio… por hablar con el joven capitán. Las sirvientas intercambiaron miradas cómplices.
Lilith respiró hondo, como reuniendo valor.
—¿Te… te quedarás un rato? —preguntó—. La celebración acaba de empezar.
Fénix asintió.
—Si me lo permites, claro.
La sonrisa de Lilith se amplió apenas un poco más.
Lilith comenzó a caminar a su lado, despacio, como si temiera que aquel momento pudiera romperse si avanzaba demasiado rápido. Fénix la acompañó con naturalidad, manteniendo siempre una distancia respetuosa, aunque lo bastante cercana como para que sus hombros casi se rozaran.
—El palacio está… distinto hoy —comentó él—. Supongo que es difícil que algo no cambie cuando tú estás en el centro de todo.
Lilith lo miró de reojo, sin entender del todo a qué se refería.
—¿Distinto… cómo?
Fénix esbozó una leve sonrisa.
—Más luminoso. No por las decoraciones, sino porque pareces más tranquila. Te sienta bien este día.
El efecto fue inmediato.
Lilith se detuvo un segundo en seco. Su rostro pasó del rosado discreto a un rojo intenso que le subió hasta las orejas.
—Y-yo… —balbuceó—. Capitán, no deberías decir cosas así tan a la ligera…
—¿He dicho algo inapropiado? —preguntó él, genuinamente confundido.
—N-no —respondió rápido, retomando el paso—. Solo que… no estoy acostumbrada a que alguien me hable así.
Fénix la observó un instante, sorprendido.
—Entonces es un error que no se haya corregido antes.
Lilith apretó las manos frente a ella, intentando ocultar su nerviosismo.
—Eres… muy directo —murmuró.
—Supongo que es parte del trabajo —respondió él con sencillez.
Caminaron unos metros más en silencio, hasta que Lilith notó algo que siempre le llamaba la atención. Sus ojos se desviaron hacia la espalda de Fénix, donde la God Killer descansaba, imponente incluso envainada.
—Fénix… —dijo con curiosidad—. ¿Por qué siempre llevas tu espada contigo? Incluso hoy.
Él bajó la mirada un instante, como si la pregunta fuera más profunda de lo que parecía.
—Costumbre —respondió—. Desde que era un crío la he llevado a la espalda. Cuando no está ahí… me siento incompleto. Incómodo. Como si algo faltara.
Lilith asintió lentamente.
—Debe de ser pesada.
—Lo es —admitió.
—Supongo que… te queda bien —dijo en voz baja—. La espada. Y lo que representa.
Fénix giró la cabeza hacia ella, sorprendido.
—Gracias, princesa.
Lilith volvió a sonrojarse, esta vez con una pequeña sonrisa que no logró ocultar mientras seguían caminando juntos por los pasillos del reino.
Afuera, en la feria, el ambiente era completamente distinto. Música, risas, puestos abarrotados y voces que se superponían llenaban el aire. Entre todo ese bullicio, Marius estaba apoyado contra un viejo poste de madera, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Cinco minutos —murmuró para sí—. Cinco minutos, dijo.
Se incorporó un poco, miró a un lado y luego al otro, como si Fénix pudiera aparecer por arte de magia entre la multitud.
—Claro, Fénix Rogers, el capitán ejemplar —continuó, hablando solo—. “Vuelvo enseguida, Marius”. Y aquí estoy yo, plantado como un espantapájaros mientras él pasea por el palacio.
Suspiró con exageración y se dejó caer de nuevo contra el poste.
—Siempre lo mismo… —gruñó—. Cuando no son batallas imposibles, son princesas, comandantes o alguna profecía rara. Y yo esperando.
Un grupo de personas pasó riendo cerca de él. Marius los observó un segundo y negó con la cabeza.
—Debí haber ido solo —se dijo—. No tiene nada de malo disfrutar una feria sin el capitán legendario al lado.
Hizo una pausa, y una leve sonrisa irónica se dibujó en su rostro.
—Bueno… quizá sí tiene algo de malo.
Volvió a mirar hacia la entrada del palacio, impaciente, golpeando el suelo con la bota.
—Más te vale aparecer pronto, Fénix —masculló—, o cuando llegues te voy a recordar esos “cinco minutos” durante el resto del día.
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Editado: 07.01.2026