Capítulo 59 - El regalo deseado-2
Los pasillos desembocaron en el salón donde se celebraría el desayuno real. Una larga mesa de madera noble ocupaba el centro de la estancia, cubierta con manteles claros y bandejas de comida recién preparada. La luz de la mañana entraba por los ventanales, dando al lugar un aire cálido y solemne.
Al cruzar el umbral, Lilith se detuvo un instante.
—Padre… madre —anunció con suavidad.
Sentados a la cabecera de la mesa estaban el rey de Vandrel y la reina. El monarca, de porte firme y mirada experimentada, levantó la vista al verlos llegar. A su lado, la reina sonrió con calma, observando la escena con atención.
Fénix reaccionó de inmediato. Dio un paso al frente e inclinó la cabeza con profundo respeto.
—Majestad. Alteza —saludó con voz firme—. Es un honor encontrarme ante vosotros.
El rey lo observó de arriba abajo durante un breve segundo, deteniéndose en la espada a su espalda, y luego esbozó una leve sonrisa.
—No hace falta tanta formalidad, capitán —dijo—. Reconozco a un Tigre Blanco cuando lo veo… y a su capitán, más aún.
Fénix levantó la mirada, manteniendo una postura recta.
—Os agradezco vuestras palabras, Majestad.
—He oído mucho sobre ti —continuó el rey—. Victorias en Tudor, en las fronteras del norte y en los bosques malditos. Dicen que lideras incluso cuando la situación es imposible.
Fénix guardó silencio un instante antes de responder.
—Solo cumplo con mi deber. Los Tigres Blancos son quienes merecen el reconocimiento.
El rey asintió, complacido.
—Una respuesta sabia. La modestia no es común entre los jóvenes con fama.
La reina intervino entonces, con tono amable.
—Lilith nos ha hablado de ti en más de una ocasión, capitán.
La princesa se sonrojó de inmediato.
—M-madre…
Fénix carraspeó, algo incómodo.
—Espero que solo haya sido en buenos términos, Alteza.
La reina sonrió con suavidad.
—Nada que no sea digno de elogio.
El rey apoyó las manos sobre la mesa y se incorporó ligeramente.
—Capitán Fénix Rogers —dijo con voz grave—. Vandrel aprecia a quienes protegen este reino. Eres bienvenido a nuestra mesa.
Fénix inclinó la cabeza una vez más.
Fénix aceptó la invitación y tomó asiento con cuidado, manteniendo la espada apoyada contra el respaldo de la silla. Intentó pasar desapercibido, pero la atención en la mesa parecía girar inevitablemente hacia él.
La reina observó a Lilith con una sonrisa divertida, demasiado familiar.
—Es curioso verte tan tranquila hoy, hija —comentó—. Cuando eras pequeña no podías quedarte sentada ni cinco minutos.
Lilith abrió los ojos, alarmada.
—Madre, por favor…
El rey soltó una breve risa por lo bajo.
—Recuerdo perfectamente eso —añadió—. Especialmente aquella vez que desapareciste durante todo un banquete.
Fénix levantó ligeramente la vista, interesado, aunque intentando no parecerlo demasiado.
—¿Desapareció, Alteza? —preguntó con educación.
—Oh, sí —respondió la reina, encantada—. La encontramos escondida debajo de la mesa del consejo, dormida, abrazando un libro de historias de caballeros.
Lilith se llevó una mano al rostro, completamente roja.
—¡Tenía ocho años!
—Y ya soñabas con héroes —continuó la reina sin piedad—. Siempre decía que algún día conocería a uno de verdad.
El silencio duró apenas un segundo.
Fénix carraspeó, incómodo.
—Vuestra alteza tenía buen gusto en lecturas —dijo con una sonrisa leve—. Las historias inspiran a más de uno a empuñar una espada.
Lilith lo miró, entre avergonzada y agradecida.
—Gracias… supongo —murmuró.
La reina lo observó con atención, divertida.
—También solía escaparse a ver los entrenamientos de los soldados —añadió—. Volvía con los vestidos manchados de tierra y la excusa preparada.
—Madre… —protestó Lilith, hundiéndose un poco en su asiento.
—Nunca nos engañó —intervino el rey, sonriendo—. Pero siempre admiré su curiosidad.
Fénix asintió con respeto.
—Eso explica por qué tiene una mirada tan atenta —comentó—. No es común en la nobleza.
Lilith levantó la cabeza de golpe, sorprendida.
—¿De verdad lo crees?
—Sí —respondió él con naturalidad—. Se nota que observa el mundo más allá de los muros del palacio.
La reina intercambió una mirada cómplice con el rey.
—Capitán —dijo entonces—, creo que entiende a mi hija mejor de lo que ella cree.
Lilith estaba tan roja que apenas podía mirar a nadie, mientras Fénix intentaba mantener la compostura, consciente de que aquel desayuno se estaba volviendo mucho más intenso de lo que había imaginado.
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Editado: 07.01.2026