Capítulo 60 - Llegando a tierra
La costa de Alemania estaba cubierta por una bruma espesa cuando el enorme barco del Imperio Milenario finalmente tocó tierra. La madera del casco crujió al asentarse, y la pasarela cayó con un golpe seco contra la arena húmeda.
El primero en descender fue Alex.
Pisó tierra firme con una sonrisa ladeada, inhalando el aire frío como si le resultara estimulante. Sus ojos rojos recorrieron el horizonte con curiosidad, evaluando aquel nuevo continente como si ya le perteneciera. Detrás de él comenzaron a bajar los soldados de élite, en silencio y perfectamente coordinados.
Apoyado contra una roca cercana estaba Darem, observando la escena con los brazos cruzados.
—Así que este es el lugar —comentó Alex, estirándose—. Bonito recibimiento. Frío, gris… me gusta.
Darem no respondió de inmediato.
Alex giró la cabeza hacia él.
—Oye, grandote —dijo con tono despreocupado—. ¿Vandrel queda por allá, verdad?
Señaló vagamente hacia el interior del continente.
Darem suspiró y levantó el brazo, apuntando con precisión hacia el este.
—Esa es la dirección —respondió—. Pero no es un camino corto ni sencillo.
Alex siguió la línea con la mirada y sonrió.
—Perfecto. Los caminos fáciles aburren.
Darem lo observó unos segundos antes de hablar de nuevo, esta vez con un tono más serio.
—Antes de que sigas con ese entusiasmo… hay algo que debes entender.
Alex ladeó la cabeza.
—¿Ah, sí? Ilumíname.
—La espada de Fénix Rogers —dijo Darem—. La God Killer no es un arma común. Purifica cualquier ser paranormal que toca.
La sonrisa de Alex se mantuvo, aunque sus ojos brillaron con un interés distinto.
—¿Purifica? Qué palabra tan fea.
—No es una metáfora —continuó Darem—. Si te hiere, aunque sea una vez… no hay vuelta atrás. No regeneración. No trucos. No segundas oportunidades.
Alex chasqueó la lengua.
—Vaya. Suena peligrosa.
—Lo es —afirmó Darem—. Y Rogers sabe usarla. No lucha como un humano normal. No duda cuando debe matar, pero tampoco pierde el control. Eso lo hace más peligroso que cualquier bestia.
Alex dio un par de pasos por la arena, pensativo.
—Entonces no puedo cometer errores —dijo—. Qué emocionante.
Darem frunció el ceño.
—No es un juego, Alex. Ese chico ha sobrevivido a cosas que habrían destrozado a otros. Y no está solo. Tiene aliados dispuestos a morir por él.
Alex se detuvo y lo miró de frente.
—Perfecto —respondió con una sonrisa amplia—. Nada me decepciona más que una presa fácil.
Darem negó con la cabeza.
—Te lo advierto ahora para que luego no digas que nadie te lo dijo. Si subestimas a Fénix Rogers… esta misión será lo último que hagas.
Alex se giró hacia el interior del continente, caminando ya en dirección a Vandrel.
—Tranquilo —dijo sin mirarlo—. Si ese capitán es tan especial como dicen… entonces será aún más divertido conocerlo.
El viento helado recorrió la costa mientras el Imperio Milenario comenzaba su avance, y en la distancia, sin saberlo aún, el destino de varios mundos empezaba a entrelazarse.
Bajo un árbol antiguo, de raíces gruesas y retorcidas, Grunbak estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco. La luz apenas lograba filtrarse entre las hojas, creando sombras irregulares sobre su figura. Frente a él, reposaba una caja oscura, hecha de un material que no parecía ni madera ni metal.
Grunbak apoyó una mano sobre la tapa.
Durante un instante dudó.
Luego la abrió.
Dentro, envuelto en un líquido espeso y traslúcido, se encontraba algo que no debería existir. Una forma pequeña, incompleta, con rasgos apenas definidos. Un feto. Su piel parecía absorber la luz, como si el mundo a su alrededor perdiera color al mirarlo.
Los ojos se abrieron.
—Has tardado —dijo una voz suave, demasiado clara para provenir de algo tan diminuto.
Grunbak no se inmutó.
—Quería estar seguro de que este lugar era seguro —respondió—. No todos los días se habla con la primera aberración de la creación.
El feto sonrió. O al menos, su rostro intentó imitar una sonrisa.
—Me llamas aberración… y, sin embargo, aquí estás.
—Eres la partícula antívida —dijo Grunbak con calma—. La primera creación de Adán y Eva. La que salió mal.
—La que salió distinta —corrigió la criatura—. Ellos querían perfección obediente. Yo nací con conciencia.
Grunbak observó la cosa dentro de la caja, pensativo.
—Dicen que puedes crear al ser perfecto.
—No puedo —respondió el feto—. Podemos.
El silencio se volvió más pesado.
—Explícate —ordenó Grunbak.
—La perfección no nace de uno solo —continuó la criatura—. Se necesitan tres pilares. Primero, una mente fuerte. Alguien capaz de sostener ideas imposibles sin romperse. Tú cumples esa función.
Grunbak no respondió.
—Segundo —prosiguió—, un receptáculo. Un cuerpo y un espíritu capaces de soportar el peso de un imperio entero sin colapsar. Alguien que haya sido probado por la guerra, la pérdida y el liderazgo.
Los ojos del feto brillaron.
—El capitán Fénix Rogers.
Grunbak entrecerró los ojos.
—Es humano.
—No del todo —replicó la criatura con un dejo de burla—. Tú lo sabes. Siempre lo has sabido.
Grunbak apretó los dientes.
—¿Y el tercer pilar?
—Yo —respondió el feto sin dudar—. La antívida. El equilibrio inverso. Aquello que permite romper las reglas sin destruir el todo.
Grunbak se levantó lentamente y comenzó a caminar en círculos alrededor de la caja.
—¿Y qué propones?
—Fusión —dijo la criatura—. Tú, él y yo. Un solo ser. Con la fuerza de un dios naciente. Con las memorias de los tres. Tu visión, su voluntad… y mi esencia.
Grunbak se detuvo.
—Eso no es creación —murmuró—. Es reescribir la existencia.
—Exacto —respondió el feto—. La perfección no se hereda. Se fuerza.
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Editado: 07.01.2026