Capítulo 61 - Un bonito atardecer
El día había transcurrido con una calma inusual. Las nubes se teñían de tonos dorados y anaranjados mientras el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas que rodeaban Vandrel.
En un pequeño puente de piedra, a las afueras del reino, Enid permanecía apoyada en la baranda, observando el reflejo del cielo sobre el agua tranquila del río. El viento movía suavemente su capa, y por un momento parecía completamente sola con sus pensamientos.
—Bonito lugar para perderse un rato.
La voz la tomó por sorpresa.
Enid giró la cabeza… y allí estaba Fénix, de pie en el otro extremo del puente, con la luz del atardecer recortando su silueta.
—Creí que no te vería hoy —dijo ella, relajándose al reconocerlo.
Fénix caminó unos pasos hasta quedar más cerca.
—Tuve algunos inconvenientes —admitió—. Pero al menos llegué a tiempo para ver el atardecer.
Enid esbozó una pequeña sonrisa.
—Eso ya es un milagro, viniendo de ti.
—O una buena señal —respondió él.
Se apoyó también en la baranda, mirando el horizonte junto a ella.
—Siempre eliges sitios tranquilos —comentó Fénix—. Es curioso para alguien que vive rodeada de batallas.
—Justamente por eso —respondió Enid—. Si no encuentro momentos así, siento que el mundo solo es ruido.
Fénix la observó de reojo.
Fénix llevó una mano al bolsillo de su chaqueta con cierta torpeza, como si dudara un instante. Luego sacó algo pequeño y algo maltratado por el camino.
Era una flor, ligeramente arrugada, con algunos pétalos doblados, pero aún viva y con un aroma suave.
La extendió hacia Enid.
—No es gran cosa… —dijo—. La vi de camino y pensé que te gustaría.
Enid parpadeó, sorprendida.
—¿Una flor?
La tomó con cuidado, como si fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo.
—Está un poco… aplastada —añadió él, algo incómodo.
Enid la observó unos segundos y luego sonrió con una ternura que pocas veces dejaba ver.
—Eso la hace más real —respondió—. Gracias, Fénix.
Acercó la flor a su rostro y aspiró su aroma.
—Nadie me había regalado algo así antes.
—¿En serio?
—En serio —asintió—. Siempre me regalan medallas, informes, responsabilidades… pero no flores.
Fénix ladeó la cabeza, pensativo.
—Entonces tendré que equilibrar eso.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Equilibrar?
—Sí —dijo.
Enid sostuvo la flor con ambas manos.
—Eres peligroso cuando te pones atento.
—Lo tomo como un cumplido.
Ella rió suavemente.
—Lo es.
El viento movió un poco su cabello, y Enid se lo acomodó detrás de la oreja.
—Gracias de verdad —repitió—. Aunque esté arrugada… me gusta mucho.
—Me alegra —respondió él—. Prometo traerte una mejor la próxima vez.
—No hace falta que sea mejor —dijo Enid, mirándolo—. Basta con que venga de ti.
Fénix se quedó en silencio un instante, claramente descolocado.
—Sabes… —añadió ella con una sonrisa suave—. Creo que este atardecer ya es perfecto.
Fénix la miró, luego al cielo teñido de fuego, y finalmente volvió a ella.
—Sí —respondió—. Creo que tienes razón.
En ese momento, una voz resonó a espaldas de Fénix.
—¡Enid!
Ambos se giraron al mismo tiempo.
A unos metros de distancia, avanzaban tres figuras: un hombre y una mujer de mediana edad, y una joven de unos dieciséis años que caminaba entre ellos con expresión curiosa. Eran los padres de Enid… y su hermana menor, Isabela.
—Padre… madre… Isa —murmuró Enid, sorprendida—. ¿Qué hacéis aquí?
Antes de que pudiera decir mucho más, el hombre aceleró el paso con una energía impropia de su edad. Sus ojos brillaban como los de un niño en una feria.
—¿Es él? —preguntó casi sin respirar—. ¿Es el capitán Fénix Rogers?
Fénix parpadeó, desconcertado.
—S-sí, señor —respondió con educación—. Mucho gusto.
El padre de Enid prácticamente le tomó las manos con entusiasmo.
—¡Un honor conocerlo al fin! —exclamó—. He leído todos los informes, cada victoria, cada campaña. ¡La defensa del paso del norte fue una obra maestra!
Enid abrió los ojos con incredulidad.
—Padre… compórtate.
—¡Déjame disfrutarlo! —replicó él sin soltar a Fénix—. No todos los días se conoce a una leyenda viviente.
Fénix, visiblemente incómodo, sonrió como pudo.
—Solo hago mi trabajo, señor.
—¡Humilde también! —añadió el hombre, aún más emocionado—. Exactamente como dicen los relatos.
La madre de Enid observaba la escena con una sonrisa divertida.
—Disculpe a mi esposo —dijo—. Cuando se trata de héroes, pierde toda compostura.
Isabela, por su parte, se acercó un poco más, examinando a Fénix de arriba abajo con curiosidad.
—¿De verdad eres el capitán de los Tigres Blancos? —preguntó—. Pensé que serías… más alto.
—Isa… —susurró Enid, avergonzada.
Fénix soltó una pequeña risa.
—Lo siento por decepcionarte.
Isabela sonrió, divertida.
—No, en realidad pareces más… normal.
El padre de Enid finalmente soltó las manos de Fénix, aunque seguía mirándolo con admiración.
—Gracias por proteger este reino, capitán —dijo con sinceridad—. Para nosotros significa más de lo que imagina.
Fénix inclinó la cabeza con respeto.
—Es un honor servir.
El viento del atardecer recorrió el pequeño puente de piedra, levantando suavemente el borde de la capa de Fénix. La escena familiar aún estaba cargada de risas cuando Isa, con una expresión curiosa y una sonrisa traviesa, dio un paso al frente y señaló directamente al capitán.
—Entonces… —dijo, inclinando un poco la cabeza—. ¿Eres el novio de mi hermana?
El silencio cayó de golpe.
Enid abrió los ojos con sorpresa, y un rubor intenso le subió inmediatamente a las mejillas.
—¡Isa! —protestó, nerviosa—. No digas tonterías… Estamos… solo… —Se quedó en blanco, sin encontrar una excusa convincente.
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Editado: 26.01.2026