Capítulo 64 - Blackmoor
La mente de Fénix trabajaba a contrarreloj, forzada a moverse mientras el dolor le nublaba los sentidos. Cada latido era un martillazo irregular, cada respiración un esfuerzo antinatural.
Piensa…
Primera posibilidad: intentar alcanzar la God Killer. Si lograba arrastrarse lo suficiente, quizá podría empuñarla una vez más y asestar un golpe decisivo.
No. Sus piernas no respondían, y aunque lo hicieran, esas uñas rodeaban su corazón. Un solo movimiento brusco bastaría para que lo aplastaran desde dentro.
Segunda posibilidad: atacar a Alex con lo poco que le quedaba, confiar en un golpe desesperado, directo, sin técnica.
Tampoco. Alex era más rápido, más fuerte, y ahora tenía el control absoluto de la situación. Antes siquiera de acercarse, su corazón dejaría de latir.
Tercera posibilidad: resistir, aguantar hasta que Marius interviniera, ganar tiempo.
Inútil. Sentía cómo la presión aumentaba segundo a segundo. No había tiempo que ganar. Solo segundos que perder.
El cerco se cerró un poco más.
Fénix soltó un jadeo ahogado. El dolor le atravesó el pecho como un puño invisible. La sangre volvió a brotarle de la boca, espesa, caliente. Escupió al suelo, incapaz de contenerla.
Sus dedos temblaron. La visión se le volvió borrosa por un instante.
Así que… así termina, pensó, no con miedo, sino con una amarga lucidez. En un campo de batalla… sin poder proteger a nadie.
El corazón volvió a comprimirse, aún más fuerte. Fénix dejó escapar un gruñido bajo, casi animal, mientras otro hilo de sangre resbalaba por su barbilla. Aun así, entre el dolor y la certeza de la muerte, su mirada seguía fija en Alex, obstinada, negándose a apagarse.
Un destello cruzó la mente de Fénix, débil, casi instintivo. No era una estrategia perfecta, solo una oportunidad mínima.
Con el poco control que aún conservaba, hundió el pie en la tierra blanda bajo su cuerpo.
Alex soltó una carcajada confiada, convencido de que la batalla ya estaba decidida.
—¿Eso es todo…?
Fénix movió el pie con violencia hacia arriba.
La tierra salió disparada como una explosión seca, directa al rostro de Alex. El ataque fue tosco, improvisado, pero efectivo. La risa se cortó de golpe.
—¡Maldito…! —rugió Alex, llevándose las manos a los ojos mientras maldecía, cegado por el polvo.
Ese segundo fue suficiente.
Fénix giró el brazo hacia atrás con un movimiento brusco y, apretando los dientes, hundió el cuchillo contra las uñas que lo atravesaban. La plata crujió al contacto. Una a una, las extensiones se quebraron con un sonido seco. Parte de ellas se desprendieron, pero otras quedaron incrustadas dentro de su cuerpo.
El dolor fue inmediato y brutal.
La sangre comenzó a brotar sin control.
Aun así, Fénix no se detuvo.
Arrastrándose por el suelo, dejando un rastro oscuro tras de sí, estiró el brazo hasta alcanzar la empuñadura familiar. Sus dedos se cerraron alrededor de la God Killer con una fuerza nacida más de la voluntad que del cuerpo.
Al levantarla, sus brazos temblaron.
Alex logró apartar la tierra de su rostro justo a tiempo para ver cómo Fénix se ponía en pie a medias, sostenido únicamente por la espada.
—No… —murmuró, por primera vez con algo cercano al miedo.
Con el último resto de energía que le quedaba, Fénix avanzó un paso y descargó un corte limpio, brutal, de extremo a extremo. La hoja trazó su recorrido sin detenerse, atravesando el torso de Alex como si el mundo mismo se partiera en dos.
El grito que siguió fue desgarrador, lleno de incredulidad y furia.
El cuerpo de Alex se separó en dos mitades que cayeron al suelo con un golpe sordo, mientras la God Killer brillaba apenas un instante antes de perder su impulso.
Fénix soltó la espada.
Sus piernas cedieron. La fuerza abandonó su cuerpo como agua escapando entre los dedos. Cayó de espaldas, seco, sin siquiera poder amortiguar la caída.
La visión se le apagó poco a poco mientras el cielo giraba sobre él.
Había ganado.
Pero el precio había sido demasiado alto.
Alex yacía en el suelo, su cuerpo desgarrado, la tierra empapadas de sangre oscura. Un espasmo le recorrió el pecho y escupió un chorro espeso que manchó su propio rostro.
No… no podía terminar así.
Su mente ardía incluso más que su cuerpo roto. Él era superior. Siempre lo había sido. Criado para ser mejor que todos, más rápido, más inteligente, más cruel. No podía aceptar que un simple capitán, un muchacho de diecinueve años, fuese el final de su historia.
—No… yo… —intentó decir, pero la voz no salió.
Su orgullo se negaba a rendirse. En su cabeza aún se veía de pie, riendo, victorioso, con el mundo inclinado ante él. No podía morir ahí, no de esa forma, no después de todo.
La sangre volvió a brotar de su boca, esta vez sin control. Su respiración se volvió errática, superficial. La rabia dio paso a una sensación extraña, pesada, como si algo lo estuviera arrastrando hacia el fondo.
Sus pensamientos comenzaron a disolverse.
La visión se nubló.
Finalmente, sus ojos se abrieron de par en par… y quedaron completamente blancos.
El cuerpo de Alex se quedó inmóvil. El campo de batalla volvió a quedar en silencio.
Horas después, ya entrada la noche, el campamento de los Tigres Blancos se alzaba en silencio a las afueras del pueblo sureño de Blackmoor. Las hogueras ardían bajas, como si incluso el fuego respetara la gravedad de lo ocurrido. Los soldados dormían o montaban guardia, exhaustos, con el peso de la batalla aún clavado en los hombros.
Dentro de una pequeña casa de madera, apartada del bullicio, Fénix yacía sobre una cama improvisada. Su pecho estaba cubierto por vendas gruesas, cosidas con precisión tosca pero firme. Cada respiración era lenta, trabajosa, aunque estable.
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Editado: 26.01.2026