Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 65 - El Wolfsbane

Capítulo 65 - El Wolfsbane

En el campamento de los Tigres Blancos, la noche avanzaba con una calma engañosa. Las hogueras se consumían lentamente y la mayoría de los soldados dormían, confiados tras la jornada agotadora. El viento movía las tiendas con un murmullo constante, mezclándose con el crujir de la madera y el lejano canto de algún insecto nocturno.

Desde los arbustos que rodeaban el perímetro comenzaron a escucharse sonidos leves, casi imperceptibles. Un roce, un desplazamiento lento entre hojas y ramas, como si algo pesado se moviera con cuidado para no ser visto.

Un soldado de guardia pasó cerca, lanza en mano, atento pero cansado. Frunció el ceño al escuchar el ruido y giró la cabeza hacia la oscuridad.

—¿Quién anda ahí…? —murmuró, sin alzar la voz.

No hubo respuesta.

Avanzó un paso más, separando ligeramente unas ramas. En ese instante, una silueta enorme emergió desde la espesura. Tenía un cuerpo humanoide, desproporcionado, cubierto de sombras, con movimientos antinaturales.

Antes de que el soldado pudiera reaccionar o emitir un grito, una mano gigantesca lo atrapó y lo arrastró hacia el interior del matorral. Todo ocurrió en silencio, como si la noche misma hubiera cerrado la boca del campamento.

Las hojas se agitaron durante unos segundos… y luego nada.

El sendero volvió a quedar vacío.
La guardia había desaparecido.

Y en la oscuridad, algo seguía avanzando.

Alrededor de una de las fogatas del campamento, varios soldados permanecían despiertos, intentando espantar el cansancio y la inquietud que les recorría la espalda. Las llamas proyectaban sombras largas sobre los rostros tensos, y el silencio entre ellos se rompía solo por el crepitar de la leña.

Marcus estaba sentado sobre un tronco, con los codos apoyados en las rodillas. Miraba el fuego sin parpadear, como si en las brasas pudiera ver recuerdos que prefería no tener.

—¿Sabéis por qué este lugar se llama Blackmoor? —preguntó de pronto, con voz baja.

Algunos soldados negaron con la cabeza. Otros se removieron incómodos.

Marcus alzó la mirada.

—Porque no es solo un bosque —continuó—. Es una tumba abierta. El más maldito de toda la región.

Uno de los soldados tragó saliva.

—He oído historias… —murmuró—. Sobre una criatura.

Marcus asintió lentamente.

—El Wolfsbane.

El nombre cayó como una losa. El fuego chisporroteó con más fuerza, como si reaccionara a la palabra.

—Dicen que no nació así —explicó—. Fue una maldición. Una que consume al portador poco a poco, le roba el cuerpo, la mente… y al final, el alma.

Los soldados escuchaban en absoluto silencio.

—No es un lycan común —prosiguió Marcus—. Un lycan todavía conserva algo de sí mismo. Instinto, memoria, a veces incluso lealtad. El Wolfsbane no. Cuando la maldición termina de arraigar, ya no queda nadie dentro.

Apretó los dientes.

—Se convierte en una bestia sin conciencia. Camina como un hombre, pero caza como un monstruo. No siente dolor, no conoce miedo, no distingue amigo de enemigo. Solo manda la bestia.

Uno de los más jóvenes preguntó, con un hilo de voz:

—¿Y… se puede matar?

Marcus no respondió de inmediato. Miró alrededor, al bosque oscuro que rodeaba el campamento.

—Eso dicen —acabó diciendo—. Pero todos los que afirmaron haberlo hecho… nunca volvieron para contarlo.

El silencio regresó a la fogata, más pesado que antes. A lo lejos, entre los árboles, algo se movió.

Y ninguno de ellos se atrevió a mirar.

Marcus dejó escapar una breve risa seca y negó con la cabeza, intentando rebajar la tensión que había creado.

—Vamos… —dijo, avivando el fuego con un palo—. Solo son historias. Leyendas para asustar a los reclutas y evitar que la gente se interne en el bosque. Nada fuera de lo normal.

Algunos soldados soltaron el aire que estaban conteniendo, agradecidos por esas palabras. Uno incluso sonrió, aunque con nerviosismo.

—Eso pensé —murmuró otro—. Siempre hay cuentos así en lugares como este.

Marcus asintió.

—Exacto. Bestias sin alma, maldiciones eternas… exageraciones. El miedo hace crecer las historias.

En ese momento, una voz grave habló desde detrás del grupo.

—No todas.

Los soldados se sobresaltaron y se giraron al instante. Marius estaba de pie a unos pasos de la fogata, con los brazos cruzados y el rostro serio, apenas iluminado por las llamas.

—Esas leyendas son reales —continuó, avanzando un poco—. O al menos, algo muy parecido a ellas.

Marcus frunció el ceño.

—¿También tú crees en cuentos para niños?

Marius negó despacio.

—No lo llamaría creer —respondió—. Durante una de mis cruzadas, lejos de Vandrel, me encontré con un hombre moribundo. Estaba destrozado, como si algo hubiera jugado con él.

El ambiente volvió a tensarse.

—Balbuceaba una historia —prosiguió—. Hablaba de una maldición. De un hombre que dejó de serlo. Usó el mismo nombre… Wolfsbane.

Uno de los soldados apretó con fuerza la empuñadura de su arma.

—¿Y sobrevivió? —preguntó alguien.

Marius negó.

—No. Murió antes del amanecer. Pero lo que vi en su cuerpo… —guardó silencio un segundo—. No eran heridas de una bestia normal.

Marcus dejó el palo a un lado, serio ahora.

—Entonces, ¿crees que está aquí?

Marius miró hacia la oscuridad del bosque, donde los árboles parecían cerrarse sobre sí mismos.

—Creo —dijo con voz baja— que Blackmoor no es un lugar para historias inventadas. Y que si algo acecha en estos bosques… no le importa si creemos en ello o no.

El fuego crepitó con fuerza.

Y ninguno de los presentes volvió a reírse.




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