Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 66 - El Wolfsbane-2

Capítulo 66 - El Wolfsbane-2

De entre los arbustos surgió una figura tambaleante.

Era un soldado… o al menos lo había sido.

Su armadura estaba torcida, cubierta de barro y sangre seca. La piel colgaba de su rostro como si hubiera envejecido décadas en una sola noche. Temblaba de forma incontrolable mientras avanzaba por el sendero del campamento, arrastrando un pie, sin que nadie pareciera notarlo.

Sus ojos estaban vidriosos, perdidos, pero fijos en una sola dirección.

La pequeña casa.

Caminó hasta allí y se detuvo bajo la ventana. Se apoyó en la pared con dificultad y alzó lentamente la cabeza. Desde fuera, podía ver a Fénix tendido en la cama, vendado, respirando con esfuerzo. A su lado, Enid dormía abrazándolo, exhausta.

Un hilo espeso de baba comenzó a deslizarse por la comisura de la boca del soldado. Goteó hasta el suelo sin que él parpadeara siquiera.

No había reconocimiento.
No había emoción.
No había duda.

Dentro de esa mente rota solo existía una idea, primitiva y absoluta.

Infectar.

El Wolfsbane no recordaba quién había sido aquel cuerpo. No recordaba juramentos, ni batallas, ni camaradas. La maldición lo había vaciado todo, dejando solo a la bestia.

Sus dedos se crisparon contra la madera de la pared. El cuerpo tembló con una ansiedad silenciosa, contenida a duras penas.

El capitán de los Tigres Blancos estaba herido.
Vulnerable.

Y para la criatura que observaba desde la oscuridad, eso era una invitación.

El bosque guardó silencio, como si contuviera la respiración.

Algo acababa de cruzar el límite.

En ese instante, el silencio se rompió.

Dos flechas silbaron en el aire y atravesaron el cuerpo del soldado por la espalda, saliendo por el pecho con un golpe seco. La figura se quedó rígida, temblando, y la baba siguió cayendo al suelo.

Desde el sendero, aún con el arco en alto, estaba Marius.

—Te vi cuando saliste del arbusto —dijo con voz firme—. Desde ese momento te olfateé. Y supe que no eras de este mundo.

El soldado dio un paso torpe hacia delante… y luego otro. Las flechas no parecían afectarle. Su cuello se torció de forma antinatural al girarse lentamente hacia Marius.

Entonces, su rostro comenzó a deformarse.

La mandíbula se alargó con un crujido húmedo, los pómulos se hundieron y los dientes quedaron expuestos, afilados, desiguales. Los ojos se inyectaron en sangre y una sonrisa imposible se dibujó en su cara.

—Hhh… —exhaló, como si probara el aire—. Olor… distinto.

Marius tensó el arco de nuevo, retrocediendo un paso.

—¿Qué eres…? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

La criatura ladeó la cabeza, interesada, y su voz salió rota, mezclada con un eco animal.

—Era… —dijo, buscando las palabras—. Fui.
Ahora solo queda hambre.

Las flechas comenzaron a crujir dentro de su cuerpo, como si algo las estuviera rechazando.

—El capitán… —continuó el Wolfsbane, babeando—. Está roto. Abierto. Perfecto.

Marius apretó los dientes.

—No vas a tocarlo.

La criatura soltó una carcajada baja, antinatural, que no sonaba humana en absoluto.

—No decides tú —respondió—. La maldición avanza. Siempre avanza.

El aire se volvió pesado. Desde el bosque, algo pareció responder al llamado, moviéndose entre las sombras.

Marius alzó el arco una vez más, sabiendo que aquello ya no era un soldado…
y que Blackmoor acababa de mostrar su verdadero rostro.

Marius volvió a disparar sin dudarlo.
La flecha surcó el aire y se clavó en el pecho de la criatura, justo donde debería estar el corazón.

Esta vez, el impacto sí provocó una reacción.

El cuerpo del supuesto soldado se arqueó hacia atrás y un sonido seco, profundo, recorrió su figura, como huesos recolocándose a la fuerza. La piel comenzó a tensarse de manera antinatural, pegándose a la estructura ósea que crecía y se alargaba.

Ante los ojos de Marius, la forma humana se rompió.

La criatura se irguió hasta alcanzar una altura imposible para un hombre. Sus huesos parecían pegados directamente a la piel, marcados, afilados, como si el cuerpo apenas pudiera contenerlos. Zonas de pelo áspero brotaban de los brazos, la espalda y el cuello, mientras el rostro se estiraba en una máscara alargada, famélica.

Ya no quedaba nada del soldado.

El Wolfsbane había mostrado su verdadero ser.

Marius retrocedió un paso, manteniendo el arco en alto, respirando con dificultad.

—Así que… eras real —murmuró.

La criatura giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos brillaban con una inteligencia antigua, consciente, muy distinta a la de una bestia común. Cuando habló, su voz fue clara, profunda, cargada de siglos.

—Real desde antes de que vuestros reinos existieran —dijo—. Desde hace siglos camino estos bosques, buscando.

Marius frunció el ceño.

—¿Buscando qué?

El Wolfsbane alzó el rostro, como si pudiera ver a través de las paredes de la casa cercana.

—Un recipiente —respondió—. Uno capaz de soportar la maldición sin quebrarse. Carne fuerte. Voluntad firme. Sangre que no sea del todo humana.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro huesudo.

—Y por fin lo he encontrado.

Marius sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Ni lo sueñes —dijo, tensando otra flecha—. No pondrás un pie más cerca de él.

El Wolfsbane dejó escapar una risa baja, grave, que resonó entre los árboles.

—No tienes que entenderlo —replicó—. El destino no se pide permiso. Solo se cumple.

El bosque pareció cerrarse sobre ellos, y Marius comprendió que aquello no era un simple enfrentamiento.
Era el inicio de algo mucho más antiguo… y mucho más peligroso.




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