Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 67 - El Wolfsbane-3

Capítulo 67 - El Wolfsbane-3

El Wolfsbane llevó una de sus manos al pecho. Sus dedos largos y huesudos se cerraron alrededor del asta de la flecha clavada en su cuerpo. Con un movimiento lento, casi despreocupado, la arrancó. La madera chirrió al salir y, sin apartar la mirada de Marius, la aplastó entre sus dedos hasta convertirla en astillas.

Dejó caer los restos al suelo.

—He oído hablar de ti —dijo con calma—. Hace cuatro años ya corría tu nombre entre las sombras.

Marius no bajó el arco.

—No esperaba que las bestias contaran historias.

El Wolfsbane ladeó la cabeza, divertido.

—No siempre fui una bestia. —Dio un paso adelante—. Eras un sabueso. Un cazador. Ibas tras los vampiros uno por uno, rastreándolos, cazándolos, matándolos con una obsesión que rozaba la locura.

Los ojos de Marius se endurecieron.

—No sabes nada de mí.

—Lo sé todo lo necesario —replicó la criatura—. Sé de tu venganza. Sé del odio que te sostuvo cuando ya no quedaba nada más.

El Wolfsbane se llevó una mano al rostro, como si recordara algo lejano.

—Por eso me interesaste —continuó—. Me pregunté qué podía empujar a un hombre a convertirse en algo así… a seguir avanzando cuando otros se rompen.

Marius apretó los dientes.

—No me convertí en nada. Elegí.

La criatura dejó escapar una risa grave.

—¿Eso crees? —preguntó—. Entonces dime… ¿qué fue lo que te habló en la oscuridad? ¿Qué fue lo que te ofreció seguir respirando cuando la venganza ya no era suficiente?

El silencio cayó entre ambos.

—El dolor —susurró el Wolfsbane—. La pérdida. El deseo de seguir cazando aunque ya no quedaran presas. Eso es lo que transforma a los hombres. No una mordida, no una maldición… sino la decisión de no volver atrás.

Sus ojos brillaron con una comprensión inquietante.

—Tú elegiste seguir. Y yo… yo solo observé.

Marius tensó la flecha, apuntándole al rostro.

—No te pareces en nada a mí.

El Wolfsbane sonrió, mostrando los dientes.

—No —admitió—. Tú aún recuerdas por qué luchas. Yo dejé de hacerlo hace siglos.

Giró la cabeza, de nuevo hacia la casa donde descansaba Fénix.

—Pero él… —añadió—. Él aún no sabe en qué puede convertirse.

El viento agitó los árboles y, por primera vez, Marius sintió algo más peligroso que el miedo.

La certeza de que aquella criatura decía la verdad.

El campo de batalla había quedado en silencio. Allí donde antes habían rugido los Tigres Blancos solo quedaban cuerpos, armas rotas y la tierra ennegrecida por la sangre. Entre los restos, Alex yacía tendido, con el cuerpo casi sin vida, respirando apenas, como si el mundo ya lo estuviera abandonando.

Una sombra se proyectó sobre él.

Un sujeto se aproximó con paso firme, indiferente al horror que lo rodeaba. Era Grunbak.

Se agachó junto a Alex y lo observó durante unos segundos, con una mezcla de curiosidad y desprecio. Luego, sin decir palabra, se abrió la palma de la mano con una uña afilada. La sangre oscura brotó lentamente. Grunbak la dejó caer sobre los labios entreabiertos de Alex.

Al contacto, el cuerpo de Alex se estremeció.

Un espasmo recorrió sus músculos. Sus heridas comenzaron a cerrarse de forma antinatural y el aire regresó a sus pulmones con un jadeo violento. Alex abrió los ojos de golpe, confuso, desorientado… vivo.

Enfocó el rostro frente a él y, al reconocerlo, sus pupilas se dilataron.

—Maestro… Grunbak… —murmuró con voz quebrada.

Grunbak soltó una risa grave.

—Mírate —se burló—. Te derrotaron. Los gloriosos Tigres Blancos te dejaron hecho un despojo.

Alex bajó la mirada, avergonzado, pero no replicó.

—No importa —continuó Grunbak, incorporándose—. Las derrotas también enseñan. Y tú aún eres útil.

Alex intentó ponerse de rodillas, obediente.

—Dígame qué debo hacer.

Grunbak lo observó desde arriba, con una sonrisa torcida.

—Tienes una nueva misión —dijo—. Debes dirigirte al Distrito Rojo.

Alex alzó la cabeza.

—¿El Distrito Rojo…? —repitió.

—La ciudad hermana de Vandrel —explicó Grunbak—. Está a solo unos pocos kilómetros de la capital. Allí se está albergando casi el treinta por ciento del Imperio Milenario.

El nombre hizo que Alex contuviera la respiración.

—Quieren concentrar fuerzas —añadió Grunbak—. Y yo quiero ojos, colmillos y caos dentro de ese nido.

Alex apretó los puños.

—Entiendo.

Grunbak se inclinó hacia él por última vez.

—No falles de nuevo —advirtió—. La próxima vez no compartiré mi sangre.

Alex asintió sin dudar.

—Lo haré. Me dirigiré al Distrito Rojo.

Grunbak se dio la vuelta y se alejó entre la niebla del campo de batalla, dejando a Alex solo, de pie entre los cadáveres, con una misión que prometía sangre y destrucción.

Alex permaneció inmóvil unos segundos más, mientras la noche se cerraba sobre el campo de batalla. Alzó la mano lentamente y observó la palma, aún manchada de sangre seca, temblorosa pero llena de una fuerza nueva y oscura.

En su mente, una idea se abrió paso con claridad.

Había subestimado a Fénix Rogers.

Apretó los dedos hasta formar un puño, sintiendo cómo el poder recorría sus venas. Recordó su mirada, su resistencia, la forma en que se negó a caer incluso cuando todo parecía perdido.

—Fue un error… —pensó, con los dientes apretados.

La próxima vez no habría dudas, ni arrogancia, ni juegos innecesarios. No volvería a darle margen alguno.

Alex bajó la mano y alzó la vista hacia la oscuridad.

La próxima vez acabaría con Fénix Rogers de una vez por todas.




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