Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 68 - El Wolfsbane-4 FIN

Capítulo 68 - El Wolfsbane-4 FIN

El wolfsbane inclinó ligeramente la cabeza, clavando su mirada vacía en Marius.

—Por hoy os dejaré en paz —dijo con una voz áspera, antinatural—. Pero recuerda mis palabras… algún día volveré.

Su cuerpo comenzó a deshacerse desde los pies hacia arriba, transformándose en una niebla espesa y oscura. En cuestión de segundos, no quedó rastro alguno de la criatura, solo el silencio y el olor húmedo del bosque.

Marius permaneció inmóvil, con la ballesta aún en alto, observando el lugar donde había estado. Frunció el ceño, claramente desconcertado. Aquello no encajaba con nada que hubiera visto antes.

Al amanecer, Blackmoor despertó envuelto en una neblina suave. Junto a una de las pequeñas casas del pueblo, Marius estaba recostado contra la pared, con la ballesta apoyada a su lado y los ojos cerrados, vencido por el cansancio.

La puerta se abrió y Fénix salió al exterior, con el pecho vendado bajo la ropa. Al verlo allí, alzó la voz.

—¡Marius!

El aludido abrió los ojos de golpe y se incorporó con un gesto torpe, como si hubiera dormido mal.

Fénix lo observó unos segundos y negó con la cabeza para sí mismo.

—Genial… —murmuró—. Te embriagaste y te quedaste dormido aquí.

Marius no discutió. Se limitó a esbozar una sonrisa cansada.

—Fue una noche dura —respondió simplemente.

Ambos comenzaron a caminar por el sendero que se alejaba de la casa, mientras el sol empezaba a abrirse paso entre los árboles.

Tras unos metros en silencio, Marius habló:

—¿Y tus heridas? —preguntó, mirándolo de reojo—. Ayer estabas al borde de la muerte.

Fénix se encogió ligeramente de hombros.

—He pasado por peores —contestó—. Estoy bien.

Marius no insistió, aunque su mirada decía que no le creía del todo.

Fénix y Marius caminaban uno al lado del otro por el sendero embarrado, mientras el campamento quedaba atrás. El sonido de sus pasos y el canto lejano de algún ave rompían el silencio de la mañana.

—Esto no se va a quedar en escaramuzas —dijo Fénix, con tono serio pero tranquilo—. Se viene algo grande.

Marius asintió.

—Sí. Vandrel ya lo sabe. El Imperio Milenario no mueve tantas piezas por nada.

—He oído que están concentrando tropas cerca de la frontera —continuó Fénix—. No es una incursión más. Es una guerra en toda regla.

—Y una complicada —añadió Marius—. El Imperio tiene números, recursos y monstruosidades que no deberían existir. Vandrel tiene buenas espadas, pero eso no siempre alcanza.

Fénix soltó una breve risa seca.

—Nunca alcanza, pero es lo que hay.

Caminaron unos segundos más en silencio.

—Si esto estalla de verdad —dijo Marius—, no va a importar de qué bando vengas. O estás dentro o estás muerto.

—Lo sé —respondió Fénix—. Y cuando empiece, no habrá vuelta atrás. Ciudades arrasadas, caminos cortados, gente huyendo por todos lados.

Marius apretó la mandíbula.

—Va a ser un infierno.

—Sí —confirmó Fénix—. Pero si el Imperio Milenario cree que Vandrel va a caer fácil, se equivoca.

Marius lo miró de reojo.

—Entonces más nos vale estar preparados.

—Como siempre —cerró Fénix—. Porque esta vez, nadie va a salir limpio.

El campamento de los Tigres Blancos estaba en pleno movimiento. Soldados desmontaban tiendas, ajustaban correas, cargaban provisiones y ordenaban las filas. El murmullo constante del ejército preparándose para partir llenaba el aire. Era hora de regresar a Vandrel.

Fénix supervisaba todo apoyado en una lanza, intentando aparentar más firmeza de la que realmente tenía. Cada movimiento le tiraba del pecho, pero se negaba a mostrarlo.

—Vamos, más rápido con esas monturas —ordenó—. No quiero que olviden nada.

En ese preciso momento, una voz conocida se alzó detrás de él.

—¿Y tú qué crees que estás haciendo?

Fénix se quedó rígido.

—Eh… dando órdenes —respondió despacio.

Enid apareció frente a él con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno.

—¿Dando órdenes? —repitió—. Apenas puedes moverte sin hacer una mueca y aquí estás, jugando a ser invencible.

—No es para tanto —intentó justificarse—. Solo fue una pequeña cirugía cerca del corazón.

—¿Pequeña? —Enid alzó una ceja—. Te abrieron el pecho, Fénix. La anciana dijo claramente que debías descansar.

—Estoy descansando —replicó él—. De pie… apoyado… estratégicamente.

Enid lo miró de arriba abajo.

—Si das un paso más, te juro que te devuelvo a la cama aunque tenga que arrastrarte delante de todo el ejército.

Algunos soldados cercanos fingieron no escuchar, aunque las sonrisas traicioneras los delataban.

—No quedaría bien para la imagen del capitán —murmuró Fénix.

—Exacto —respondió Enid—. Un capitán inconsciente en el suelo sí que quedaría fatal.

Fénix suspiró, derrotado.

—Está bien, está bien… solo iba a asegurarme de que todo estuviera listo.

Enid se acercó y lo tomó con cuidado del brazo.

—Para eso ya tienes soldados sanos —dijo, suavizando el tono—. Tú ahora mismo solo tienes una misión: no morirte.

Fénix esbozó una leve sonrisa.

—Siempre tan motivadora.

—Y tú siempre tan terco —replicó ella mientras lo guiaba lejos del ajetreo—. Vamos, héroe. Vandrel puede esperar cinco minutos más. Tu corazón no.

Fénix dejó que lo llevara, resignado, mientras a su espalda el ejército de los Tigres Blancos seguía empacando… y conteniendo la risa.

Enid y Fénix tomaron asiento en uno de los carruajes situados al fondo del campamento. El interior era sencillo, con bancos de madera y mantas dobladas en un rincón.

Fénix se acomodó con cuidado, apoyando la espalda y soltando un suspiro.

—Definitivamente, esto es mejor que ir a caballo —dijo—. Enid tenías razón…

Enid esbozó una leve sonrisa, pero apenas duró un segundo. De pronto, una sensación desagradable le subió desde el estómago. Frunció el ceño y se llevó una mano a la boca.




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