Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 69 - El nuevo invitado

Capítulo 69 - El nuevo invitado

Una semana después, el patio interior de Vandrel lucía en todo su esplendor. El jardín real estaba lleno de vida: fuentes de piedra con agua cristalina, senderos de grava blanca y árboles cuidadosamente podados que ofrecían sombra y silencio. Fénix caminaba despacio, aún recuperándose, disfrutando por primera vez en días de una relativa calma.

Mientras avanzaba, notó a un sujeto sentado en una esquina del jardín, apoyado contra un muro bajo. Comía con total tranquilidad, como si aquel lugar le perteneciera. Fénix apenas le dedicó una mirada y siguió su camino sin darle importancia.

Unos minutos después, tras rodear una fuente, volvió a cruzárselo. El mismo sujeto, en otro punto del jardín, comiendo de nuevo, con la misma calma inquietante. Fénix frunció el ceño, pero decidió ignorarlo otra vez.

Siguió caminando.

Más adelante, al girar por un sendero bordeado de rosas, el sujeto apareció por tercera vez, ahora sentado bajo un árbol, mirándolo directamente mientras daba otro bocado.

Fénix se detuvo en seco.

—Está bien —dijo, girándose hacia él—. Ya es la tercera vez. ¿Quién eres y qué haces aquí?

El sujeto sonrió levemente. Tenía el aspecto de un hombre común: ropa sencilla, cabello oscuro algo descuidado y unos ojos extrañamente atentos.

—Fénix Roger —respondió con voz tranquila—. Capitán de los Tigres Blancos. Diecinueve años. Portador de la espada God Killer. Sobreviviente a un enfrentamiento directo con un guerrero del Imperio Milenario… y alguien que no debería seguir con vida, según muchos.

Fénix tensó la mandíbula.

—Eso lo sabe medio reino —replicó—. No responde a mi pregunta.

El hombre se levantó despacio y se limpió las manos.

—Mi nombre es Lucio.

Hubo algo en la forma en que lo dijo que hizo que el ambiente pareciera volverse más denso. Lucio alzó la mirada hacia el cielo despejado del patio y comenzó a hablar, como si Fénix no estuviera allí, como si recitara algo aprendido de memoria.

—Muy pronto, el mundo se verá cubierto por una oscuridad que nadie podrá detener. Reinos caerán, imperios se alzarán sobre cenizas y la sangre correrá como un río sin final. No habrá espadas suficientes ni ejércitos capaces de frenarlo.

Fénix soltó una breve risa incrédula.

—Genial. Un profeta del fin del mundo —dijo—. Justo lo que me faltaba.

Lucio lo miró de nuevo, serio.

—He tenido una visión —continuó—. En ella, solo una persona se interpone entre esa oscuridad y la destrucción total. Esa persona eres tú.

Fénix negó con la cabeza.

—No. Estás equivocado —respondió—. Si buscas a alguien, busca a otro. Yo no soy ningún elegido.

—No estás loco por dudar —dijo Lucio—. Pero tampoco lo estoy yo. He visto lo que portas, lo que has perdido y lo que aún eres capaz de sacrificar. He visto decisiones que todavía no has tomado.

Fénix guardó silencio unos segundos, observándolo con atención.

—Supongamos que te creo por un instante —dijo al fin—. ¿Qué es lo que quieres?

Lucio sonrió de nuevo, esta vez con calma.

—Una prueba —respondió—. Algo simple. Necesito comprobar si de verdad eres el elegido… o solo otro guerrero más.

—¿Qué prueba? —preguntó Fénix, sin ocultar la desconfianza.

—Esta noche —dijo Lucio—. Ve a la Montaña del Colmillo Roto. Allí te explicaré todo lo demás.

Sin añadir una sola palabra más, Lucio dio media vuelta y se alejó por uno de los senderos del jardín. En cuestión de segundos, desapareció entre los árboles, como si nunca hubiera estado allí.

Fénix permaneció quieto, con la mirada fija en el lugar por donde se había ido.

—Genial… —murmuró—. Definitivamente estoy rodeado de locos.

Aun así, una inquietud persistente se instaló en su pecho. Y, aunque no quería admitirlo, sabía que esa noche iría a la Montaña del Colmillo Roto.

Esa misma noche, bajo un cielo cubierto de nubes lentas y una luna apenas visible, Fénix avanzaba a caballo por un sendero de piedra y tierra. El viento frío descendía desde las montañas, agitando su capa y haciendo crujir la armadura simple que llevaba puesta, mucho más ligera que la de guerra. En su espalda, como siempre, descansaba la God Killer, firme, silenciosa, casi vigilante.

El sonido de los cascos contra el suelo era lo único que rompía la quietud nocturna.

A medida que ascendía, la silueta de la Montaña del Colmillo Roto se recortaba contra el cielo. Era una formación irregular, como un diente gigantesco quebrado por la mitad, con una abertura oscura en su base: la cueva.

Fénix detuvo el caballo a unos metros de la entrada. Bajó despacio y apoyó una mano sobre el cuello del animal para tranquilizarlo. El caballo estaba inquieto, respiraba agitado, negándose a avanzar un paso más.

Fénix alzó la vista hacia la cueva.

Entonces lo recordó.

Las historias.

Desde joven había oído hablar de aquel lugar. Susurros alrededor de fogatas, advertencias dichas en voz baja. Decían que en esa cueva habitó un strigoi, una criatura que no estaba ni viva ni muerta. Un ser que observaba desde la oscuridad, que se alimentaba del miedo, que imitaba voces humanas para atraer a los incautos.

Decían que quien entraba sin convicción no salía jamás… y que quienes lograban salir nunca volvían a ser los mismos.

Fénix apretó los labios.

—Solo leyendas —murmuró para sí, aunque su mano se deslizó instintivamente hacia la empuñadura de la espada.

El aire que salía de la cueva era frío, antinatural, como si el interior respirara lentamente. No había animales, ni insectos, ni siquiera el sonido del viento dentro de la abertura. Solo silencio.

Un silencio pesado.

Fénix dio un paso al frente.

No sabía si Lucio lo estaría esperando allí dentro, ni si todo aquello era una trampa o una prueba real. Pero algo en su interior le decía que dar la vuelta no era una opción.

Con una última mirada al camino por el que había llegado, Fénix avanzó hacia la oscuridad de la cueva del Colmillo Roto, mientras la God Killer parecía vibrar levemente en su espalda, como si también recordara aquella vieja leyenda.




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