Capítulo 70 - La prueba de Lucio
Fénix avanzó unos metros más dentro de la cueva. La oscuridad era densa, pero no total; una luz tenue, casi imposible, iluminaba el interior. El suelo era de piedra húmeda y las paredes estaban cubiertas de grietas antiguas, como cicatrices.
Entonces lo vio.
Lucio estaba sentado sobre una roca plana, como si fuera una mesa improvisada. En una mano sostenía una vieja taza de cerámica, astillada en el borde, de la que salía un hilo de vapor. Bebía con absoluta calma, como si no estuviera en uno de los lugares más temidos del reino.
Fénix frunció el ceño.
—¿En serio? —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Té?
Lucio sonrió sin mirarlo y dio un último sorbo antes de dejar la taza a un lado.
—Ayuda a pensar —respondió con tranquilidad—. Y esta cueva invita mucho a hacerlo.
Fénix dio un paso más, manteniendo cierta distancia.
—Dijiste que habría una prueba —continuó—. Así que habla. ¿En qué va a consistir?
Lucio se levantó despacio y caminó hacia una de las paredes de la cueva. Pasó la mano por la roca, como si reconociera su textura.
—Este lugar no fue elegido al azar —comenzó—. La Cueva del Colmillo Roto es más antigua que Vandrel, más antigua incluso que el Imperio Milenario. Aquí habitó un strigoi, una criatura nacida del miedo, la culpa y la sangre derramada.
Lucio giró la cabeza y miró a Fénix.
—No cazaba cuerpos —prosiguió—. Cazaba recuerdos. Se alimentaba de los errores, de los remordimientos, de las decisiones que una persona no pudo cambiar.
Fénix apretó los puños, pero no apartó la mirada.
—Dicen que el strigoi murió —añadió Lucio—, pero la cueva conservó su esencia. Aquí, el pasado no se queda quieto.
Lucio dio unos pasos más y se detuvo frente a Fénix.
—La prueba es simple de explicar y difícil de superar —dijo—. La cueva te mostrará una pequeña parte de tu futuro. No será una ilusión cualquiera. Será real para ti. Deberás enfrentarlo… o aceptarlo.
—¿Y si no lo hago? —preguntó Fénix, serio.
—Entonces la cueva te expulsará —respondió Lucio—. O te romperá. Depende de cuán firme sea tu voluntad.
Fénix respiró hondo.
—¿Y todo esto para qué? —preguntó.
Lucio asintió.
—Si pasas la prueba, sabré que no solo tienes fuerza, sino carácter —dijo—. Te entrenaré y te convertiré en uno de los mejores espadachines del continente. No solo para ganar batallas, sino para sobrevivir a lo que viene.
Fénix entrecerró los ojos.
—¿Y si digo que no quiero que me entrenes? —preguntó—. ¿Qué pasa si simplemente me doy la vuelta y me voy?
Lucio sonrió de nuevo, pero esta vez su expresión fue distinta, más seria.
—Nada —respondió—. Te irás por donde viniste. Vivirás tu vida, lucharás tus guerras… y cuando llegue la oscuridad que se aproxima, la enfrentarás con las herramientas que ya tienes.
Lucio hizo una breve pausa.
—Solo hay un detalle —añadió—. Si te marchas ahora, esta cueva no volverá a abrirse para ti. Y yo tampoco volveré a ofrecerte esta oportunidad.
El silencio volvió a caer entre ambos.
La cueva parecía observarlos.
Lucio tomó de nuevo su taza de té y habló con total calma:
—La decisión es tuya, Fénix Roger. Elegido… o simplemente otro guerrero más.
Fénix guardó silencio unos segundos más. El eco de las palabras de Lucio aún flotaba en el aire de la cueva. Finalmente, exhaló despacio y asintió.
—Está bien —dijo con firmeza—. Haré la prueba.
Lucio levantó la vista, sin sorpresa, como si hubiera sabido la respuesta desde el principio.
—Entonces adelante —respondió—. La cueva ya te ha escuchado.
Fénix se dio la vuelta y avanzó hacia la parte más profunda. A cada paso, la luz desaparecía por completo. Pronto, la oscuridad lo envolvió todo. No veía absolutamente nada. Solo podía sentir la piedra fría bajo sus dedos y el suelo irregular bajo sus botas.
El silencio era opresivo.
Avanzó rozando las paredes, guiándose por el tacto, conteniendo la respiración. El aire parecía espeso, pesado, como si la cueva misma lo observara. Dio varios pasos más y, de pronto, el suelo dejó de ser roca.
Fénix dio un paso al frente… y la oscuridad se rompió.
La luz lo golpeó de lleno.
Parpadeó varias veces, desorientado. Cuando sus ojos se adaptaron, se encontró en un amplio campo bañado por el sol. La hierba verde se mecía suavemente con el viento y el cielo era de un azul limpio, casi perfecto.
No había rastro de la cueva.
Fénix giró sobre sí mismo, alerta, con la mano cerca del arma.
—Así que… esto es —murmuró.
No necesitó más para entenderlo.
La prueba había comenzado.
Fénix avanzó con cautela por el campo iluminado. Cada paso le resultaba extraño, como si el suelo no terminara de pertenecerle. A unos metros, el crepitar de una fogata llamó su atención.
Se detuvo.
Frente al fuego había dos figuras sentadas sobre la hierba. Una era una chica joven, no más de dieciséis años. Tenía el cabello oscuro recogido de forma descuidada y una mirada viva, inquieta. Reía suavemente mientras calentaba las manos. Su nombre, aunque él aún no lo sabía, era Elira.
A su lado estaba un joven de piel pálida, casi marmórea, con el cabello rubio largo cayéndole por los hombros. Su belleza era inquietante, antinatural, como si no perteneciera del todo a ese mundo. Sus ojos claros reflejaban el fuego con una calma peligrosa. Cain.
Fénix frunció el ceño. No los conocía. Y, aun así, algo en su pecho se tensó.
Entonces lo vio.
Desde el fondo del campo apareció una tercera figura. Alta. Envuelta por completo en una armadura negra, opaca, marcada por golpes y cicatrices. No llevaba emblemas visibles. Sobre la espalda, una espada enorme, inconfundible.
La God Killer.
La figura dejó caer un haz de leña junto a la fogata sin decir palabra. El sonido seco de la madera al chocar rompió el silencio.
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Editado: 13.02.2026