Capítulo 71 - los principios de un guerrero
El campo se extendía tranquilo a las afueras de Vandrel. Un pequeño río avanzaba con suavidad, reflejando la luz del amanecer. El canto lejano de las aves contrastaba con el silencio entre ambos.
Lucio estaba de pie, con las manos a la espalda, mirando el agua fluir. Fénix permanecía sentado sobre una roca plana, la espada apoyada a su lado, escuchando con atención.
—Un espadachín —comenzó Lucio, sin girarse— no se define por la fuerza de su brazo, sino por la claridad de su mente.
Fénix alzó la vista.
—He luchado casi toda mi vida —dijo—. Siempre pensé que eso era suficiente.
Lucio negó despacio.
—Luchar no es lo mismo que blandir una espada. Muchos saben atacar. Pocos saben cuándo hacerlo.
Se giró hacia él.
—El primer principio de un guerrero es el control. Control de la ira, del miedo, de la duda. Si tu emoción domina el filo, la espada deja de obedecerte.
Fénix apretó los dedos sobre la empuñadura.
—En el campo de batalla no hay tiempo para pensar tanto.
—Ese es el error más común —replicó Lucio—. El verdadero espadachín piensa incluso cuando el mundo se derrumba a su alrededor. No reacciona, decide.
Lucio caminó hasta la orilla del río y señaló el agua.
—Mira el río. No se apresura, pero siempre avanza. No lucha contra las piedras; las rodea. Aun así, con el tiempo, las desgasta.
Fénix observó la corriente unos segundos.
—¿Quieres que sea paciente? —preguntó.
—Quiero que seas preciso —respondió Lucio—. El segundo principio es la intención. Cada movimiento debe tener un propósito. Una estocada sin intención es solo ruido.
Lucio volvió a mirarlo con seriedad.
—Tu espada es especial, Fénix. Pero si confías solo en su poder, te convertirás en su esclavo.
Fénix frunció el ceño.
—¿Entonces qué debo hacer?
Lucio esbozó una leve sonrisa.
—Aprender a escuchar. A tu enemigo, a tu entorno… y a ti mismo. Un espadachín completo sabe cuándo avanzar y cuándo bajar la hoja.
El viento movió la hierba alrededor.
—Y el último principio —añadió Lucio— es aceptar el peso del camino. Cada victoria deja marcas. Cada derrota enseña. Si huyes de ese peso, acabarás roto.
Lucio lo miró fijamente.
—No se trata de perder el corazón —dijo—, sino de protegerlo. Porque llegará un día en que tu espada no luchará solo por un reino… sino por aquello que amas.
El murmullo del río llenó el silencio.
Fénix asintió lentamente.
—Entonces… enséñame.
Lucio dio un paso atrás y señaló el campo abierto.
—Levántate. El entrenamiento de un verdadero espadachín comienza cuando deja de pelear solo por ganar.
Lucio se giró por completo hacia Fénix, con una expresión serena pero firme. El murmullo del río quedó atrás cuando dio unos pasos sobre la hierba.
—Tu entrenamiento no empieza con la espada —dijo—. Antes de eso, debes demostrar que tu cuerpo y tu voluntad están preparados.
Fénix se puso de pie, atento.
—Habrá tres pruebas —continuó Lucio—. Son sencillas en apariencia, pero todas son físicas. No pondrán a prueba tu fuerza bruta, sino tu resistencia, tu control y tu capacidad para seguir avanzando cuando el cuerpo te pida detenerte.
Lucio señaló hacia el bosque de Vandrel, que se alzaba a lo lejos, denso y antiguo.
—Las tres se realizarán allí. Ese bosque conoce a los guerreros. A algunos los fortalece. A otros los devora.
Fénix no apartó la mirada del bosque.
—Cuando superes las tres —añadió Lucio—, recién entonces comenzaremos a entrenar de verdad. Técnica, disciplina y espada. Antes de eso, no hay atajos.
Fénix inspiró hondo y asintió con determinación.
—Entendido —dijo.
Lucio observó su reacción durante unos segundos y luego mostró una leve sonrisa, casi imperceptible.
—Bien —concluyó—. Entonces prepárate. El bosque no tiene paciencia.
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Editado: 13.02.2026