Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 72 - El distrito rojo

Capítulo 72 - El distrito rojo

El Distrito Rojo ardía de actividad.

En el gran castillo del distrito, los salones estaban abarrotados. Cientos, quizá miles de vampiros ocupaban cada rincón: algunos de pie sobre balcones de piedra, otros sentados en escalones, columnas o apoyados contra las paredes. El aire estaba cargado de murmullos, risas bajas y el sonido metálico de armas chocando entre sí.

En una esquina, ligeramente apartados del centro, se encontraban Alex, Darem y Grunbak.

Alex observaba la sala con una sonrisa inquieta, los ojos rojos brillando con expectación. Darem permanecía serio, con los brazos cruzados, mientras Grunbak parecía una sombra inmóvil, su presencia imponiendo silencio incluso entre vampiros.

De pronto, una figura avanzó hasta el centro del salón.

Lucian.

El anciano vampiro alzó una sola mano.

No gritó.
No fue necesario.

El murmullo se extinguió como si alguien hubiera apagado una llama. Miles de ojos se clavaron en él.

—Hijos de la noche —comenzó Lucian, con una voz grave que resonó en las paredes—. Hoy no os he reunido para discursos vacíos ni para celebraciones inútiles.

Caminó despacio, apoyando su bastón contra el suelo de piedra.

—Os he reunido porque ha llegado el momento de poner fin a esta guerra.

Un murmullo expectante recorrió la sala.

—Vandrel ha resistido demasiado —continuó—. Sus ejércitos se creen intocables. Sus Tigres Blancos se han convertido en una leyenda… pero incluso las leyendas sangran.

Lucian alzó la mirada, dura y decidida.

—Deshaceos de los Tigres Blancos… y Vandrel caerá por su propio peso.

Unos cuantos vampiros sonrieron. Otros apretaron los puños con emoción.

—El plan es simple —prosiguió—. Enviaremos una señal de auxilio. Una súplica desesperada, lo bastante creíble como para atraer a sus fuerzas de élite.

Hizo una breve pausa.

—Cuando acudan… los rodearemos. Los aplastaremos. No habrá retirada. No habrá supervivientes.

El silencio duró apenas un segundo.

Entonces el salón estalló.

Vítores, gritos de guerra, risas sedientas de sangre. Algunos vampiros golpearon el suelo con las armas; otros alzaron los puños al aire.

En la esquina, Alex sonrió de oreja a oreja.

—Esto se pone interesante —murmuró, casi con diversión infantil.

Darem no apartó la vista de Lucian.

—Si esto funciona… —dijo en voz baja— Vandrel no volverá a levantarse.

Grunbak, en cambio, permaneció en silencio, observando el fervor colectivo con una calma inquietante.

En el centro del salón, Lucian dejó que los vítores continuaran unos instantes más antes de alzar la mano de nuevo.

—Preparad vuestras armas —sentenció—. Esta vez… la noche no fallará.

Y en algún lugar, muy lejos del Distrito Rojo, el destino de Vandrel comenzó a inclinarse peligrosamente hacia la oscuridad.

En Vandrel, la sala médica estaba envuelta en un silencio tranquilo, roto solo por el leve crepitar de una lámpara de aceite. El lugar olía a hierbas secas y ungüentos, un aroma familiar para quienes habían pasado por allí tras una batalla.

Enid estaba sentada frente al médico del reino, con la espalda recta pero las manos entrelazadas con cierta tensión. Había decidido venir sola.

—Desde hace unos días —comenzó a decir— he tenido náuseas constantes, mareos por la mañana y un cansancio que no se me quita ni durmiendo. Ayer incluso vomité durante el viaje en carruaje.

El médico, un hombre mayor de mirada serena, asintió mientras revisaba unas notas y observaba atentamente su rostro.

—¿Ha notado cambios en el apetito? ¿Sensibilidad a ciertos olores?

Enid dudó un segundo, luego asintió.

—Sí. Cosas que antes no me molestaban ahora… —se interrumpió—. Y hay algo más. Un retraso.

El médico dejó la pluma sobre la mesa y la miró con calma, como si ya conociera la respuesta.

—Comandante Drakewood —dijo con voz suave—, por lo que describe, hay una posibilidad muy clara.

Se levantó despacio y tomó una pequeña bolsa de hierbas, mezclándolas con cuidado en un cuenco con agua.

—Todo indica que está embarazada.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Enid abrió ligeramente los ojos, conteniendo la respiración.

—¿Está… seguro? —preguntó, casi en un susurro.

El médico asintió con una leve sonrisa profesional.

—Tan seguro como se puede estar sin lugar a dudas. Los síntomas coinciden, y su pulso también lo confirma. Aún debe de estar en una etapa muy temprana, pero no hay error.

Enid bajó la mirada hacia sus manos. Durante un instante no dijo nada. No había miedo en su expresión, sino una mezcla de sorpresa, vértigo y una emoción que no terminaba de ordenar.

—Debe descansar más —continuó el médico—. Evitar esfuerzos innecesarios y, si me permite el consejo… cuidar tanto de usted como de la vida que lleva dentro.

Enid respiró hondo y levantó la vista.

—Gracias, doctor —dijo con firmeza contenida—. Nadie más debe saberlo. Aún no.

El médico inclinó la cabeza.

—Como ordene, comandante.

Enid se puso de pie y salió de la sala médica con paso lento.
Mientras avanzaba por los pasillos de Vandrel, una mano fue, casi sin darse cuenta, a apoyarse sobre su vientre.

Ahora ya no era una sospecha.
Era una certeza.

Enid caminó unos pasos más antes de detenerse junto a una ventana del pasillo. La luz de la tarde entraba suave, tibia, y por primera vez desde hacía días sintió que el nudo en su pecho se aflojaba.

Una sonrisa pequeña, sincera, apareció en su rostro.

Apoyó la mano sobre su vientre con más cuidado que antes, como si temiera romper algo frágil e invisible.

—¿Serás niño… o niña? —murmuró en voz baja.

La pregunta no llevaba ansiedad, solo una curiosidad cargada de ilusión. Su mente empezó a divagar sin permiso: un hijo corriendo por los patios de Vandrel, una risa parecida a la de Fénix, unos ojos atentos, una voluntad fuerte.




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