Capítulo 73 - El entrenamiento
En el bosque de Vandrel, bajo un cielo cubierto por nubes lentas y pesadas, Fénix entrenaba sin detenerse. La God Killer descansaba en su espalda como una cruz de acero, añadiendo un peso constante que castigaba cada uno de sus movimientos. El sudor recorría su cuerpo, mezclándose con la tierra y el polvo del suelo.
Con los puños cerrados, golpeaba los troncos de los árboles una y otra vez. La corteza se resquebrajaba, la madera crujía, pero él no se detenía. Cada impacto era preciso, controlado, aunque brutal. Luego se giraba hacia una enorme roca de cuarenta y cinco kilos. La levantaba con esfuerzo, los músculos tensándose al límite, y comenzaba el ascenso por la ladera de la montaña.
Paso a paso, respiración pesada, el peso de la espada y la roca combinándose en una tortura constante. Al llegar a la cima, soltaba la roca y la veía caer, rodando y rompiéndose contra el suelo. Sin descansar, descendía para repetir el proceso desde el inicio. Una y otra vez. Sin quejarse. Sin rendirse.
Desde la distancia, apoyado en un árbol, Lucio observaba en silencio. Sus ojos no mostraban sorpresa, sino una calma reflexiva. Finalmente, habló, más para sí mismo que para el viento.
—Avanza… —murmuró—. Mucho más rápido de lo que esperaba.
Cruzó los brazos mientras seguía observando a Fénix cargar de nuevo la roca.
—No solo ha ganado fuerza —continuó en su monólogo—. Su resistencia ha aumentado, su postura es más firme y su mente ya no duda. Cada repetición no es solo un ejercicio físico, es una decisión. La decisión de seguir adelante, incluso cuando el cuerpo pide detenerse.
Fénix pasó cerca de él sin decir una palabra, concentrado únicamente en el entrenamiento.
—Aún está lejos de llamarse espadachín completo —concluyó Lucio—, pero si mantiene este ritmo… pronto dejará de ser solo alguien con poder. Empezará a entender lo que significa ser un verdadero guerrero.
El sonido de la roca cayendo volvió a resonar en el bosque de Vandrel, marcando el avance silencioso de Fénix.
Lucio levantó una mano cuando Fénix se disponía a cargar la roca una vez más.
—Ya es suficiente por hoy —dijo con voz firme—. Llevas dos días entrenando a esta intensidad. El cuerpo necesita descansar si quiere fortalecerse. Forzarlo más solo traerá lesiones.
Fénix se quedó quieto unos segundos. Su respiración era pesada, pero controlada. Finalmente, asintió en silencio y dejó la roca en el suelo. La God Killer seguía en su espalda, aunque ahora su peso parecía más llevadero.
Lucio recogió sus cosas con calma, ajustándose la capa y tomando su espada. Sin añadir nada más, ambos comenzaron a caminar, alejándose poco a poco del corazón del bosque de Vandrel. El sonido de los árboles quedó atrás, sustituido por el crujir de las hojas bajo sus pasos.
Durante un rato, ninguno habló. Fue Lucio quien rompió el silencio.
—Fénix… —dijo sin mirarlo—. Dime una cosa. ¿Qué es exactamente lo que hay entre Enid y tú?
Fénix parpadeó, sorprendido por la pregunta. Luego carraspeó.
—¿Entre Enid y yo? —respondió, fingiendo confusión—. No sé a qué te refieres. Somos aliados. Nada más.
Lucio ladeó levemente la cabeza, sin detenerse.
—Claro —contestó con tono neutro—. Aliados.
Fénix asintió con demasiada rapidez.
—Sí, eso. Aliados que confían el uno en el otro, que se preocupan si el otro resulta herido y que… bueno… se quedan despiertos hablando hasta tarde cuando pueden.
Se detuvo de golpe.
Lucio también se detuvo y lo miró por primera vez.
—Ajá —dijo, alzando una ceja.
Fénix suspiró, rascándose la nuca.
—Vale, quizá eso ha sonado menos neutral de lo que pretendía.
Lucio dejó escapar una breve risa.
—Te acabas de delatar tú solo —afirmó—. No hacía falta insistir.
Fénix bajó la mirada por un instante.
—No es algo que esté planeado —admitió—. Simplemente… pasó.
Lucio retomó la marcha.
—Entonces asegúrate de protegerla —dijo con seriedad—. Un guerrero no solo se mide por la fuerza que demuestra, sino por aquello que decide cuidar.
Fénix asintió en silencio mientras ambos continuaban su camino, dejando atrás el bosque de Vandrel.
Mientras avanzaban por el sendero, Lucio habló con un tono más tranquilo, casi nostálgico.
—Desde que era joven he viajado por el mundo —comenzó—. Nunca me quedé demasiado tiempo en un solo lugar. Aprendí pronto que el mundo no enseña nada a quien se queda quieto.
Fénix lo miró de reojo, atento, sin interrumpir.
—En el norte estuve en Aeskar, una tierra de montañas eternamente cubiertas de nieve —continuó Lucio—. Allí aprendí la paciencia. Los guerreros de Aeskar no atacan primero; esperan. Cada golpe es medido, cada movimiento tiene un propósito. Peleé contra uno de sus campeones y perdí. Pero entendí que no siempre gana el más fuerte, sino el que sabe cuándo actuar.
Siguieron caminando.
—Luego viajé al desierto de Sahur —dijo—. Un lugar cruel, donde el sol mata más que la espada. Allí aprendí resistencia. Peleé contra mercenarios que luchaban solo por agua y oro. No tenían honor, pero sí una voluntad inquebrantable. Me enseñaron que sobrevivir también es una forma de fuerza.
Lucio respiró hondo.
—En las islas de Khar-Nem, rodeadas de niebla y mar embravecido, aprendí velocidad. Los espadachines de allí se mueven como el agua. Me enfrenté a uno en un muelle, con el suelo resbaladizo y el viento en contra. Gané, pero por poco. Entendí que adaptarse al entorno es tan importante como dominar la técnica.
Fénix escuchaba en silencio, cada palabra quedándose grabada.
—En el este, en Valenrok, una ciudad de piedra y acero, aprendí disciplina —prosiguió—. Allí todo era orden, reglas y jerarquía. Luché en una arena legal, ante cientos de personas. Aprendí a controlar mis emociones, porque dejarse llevar por la ira es abrirle la puerta a la derrota.
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Editado: 13.02.2026