Capítulo 74 - Un mes de puro trabajo
Había pasado un mes desde que Lucio comenzó a entrenar a Fénix.
Treinta días sin tregua.
El bosque de Vandrel fue testigo de un cambio constante. Las primeras semanas estuvieron dedicadas por completo al cuerpo. Correr con la God Killer a la espalda durante kilómetros sin detenerse. Escalar pendientes con peso adicional. Mantener posturas de combate durante horas hasta que las piernas temblaran. Dormir poco. Levantarse antes del amanecer.
Fénix cayó más de una vez.
Se desgarró la piel de los nudillos golpeando troncos. Terminó con los hombros entumecidos y la espalda marcada por el peso continuo de la espada. Pero no se quejó. Cada caída era seguida por una repetición más.
Después llegaron los cambios.
Lucio comenzó a corregir detalles pequeños. La posición del pie delantero. La inclinación mínima del torso. La respiración antes de desenvainar. Fénix descubrió que había estado desperdiciando energía en cada movimiento. Aprendió a desplazarse con menos ruido, a medir mejor las distancias, a no sobreextender sus ataques.
También entrenaron bajo presión. Lucio lo atacaba sin previo aviso. En medio de una conversación. Mientras descansaba. Incluso cuando parecía distraído. Fénix empezó a anticipar patrones, a leer la intención antes del golpe.
Hubo días en los que el entrenamiento no consistió en pelear, sino en observar. Lucio lo obligó a quedarse quieto durante horas, escuchando el bosque. Identificar sonidos lejanos. Diferenciar el crujido natural de una rama del paso de una persona. Aprender a sentir el entorno.
En ese mes, Fénix dejó de depender únicamente de la fuerza bruta.
Sus movimientos se volvieron más limpios. Más precisos. Sus ataques ya no eran explosiones de ira contenida, sino decisiones calculadas. Incluso su mirada cambió: menos impulsiva, más enfocada.
Lucio notó algo más importante que el progreso físico.
Fénix ya no entrenaba para demostrar nada.
Entrenaba porque entendía que lo necesitaba.
Y aunque aún estaba lejos de dominar por completo la espada que llevaba en la espalda, el Fénix que ahora caminaba por el bosque no era el mismo que había entrado a la Cueva del Colmillo Roto.
Había ganado fuerza.
Pero, sobre todo, había ganado dirección.
Todo había transcurrido con una inquietante normalidad… hasta ese día.
La tarde cayó sobre Vandrel cubierta de nubes densas, pero sin lluvia. El aire estaba pesado, como si el cielo contuviera algo más que tormenta. En el castillo, la calma se rompió con el sonido urgente de botas contra piedra y órdenes dadas a voz firme.
Desde el Distrito Rojo había llegado una señal de auxilio.
Los Tigres Blancos no tardaron en reaccionar.
En los establos, la tropa se preparaba con rapidez y disciplina. Caballos ensillados, armaduras ajustadas, espadas revisadas una última vez. El metal chocaba con metal en un ritmo constante. Nadie hablaba más de lo necesario.
Fénix ajustaba los guantes de combate mientras observaba el movimiento con expresión seria. La God Killer ya estaba en su espalda.
A su lado, Lucio permanecía tranquilo, como si la prisa colectiva no lo afectara.
—Parece que el mundo no quiso esperar —comentó Lucio.
Fénix exhaló despacio.
—Es una señal de auxilio —dijo—. No podemos ignorarla.
Lucio lo miró con atención.
—Lo sé. Y por eso iré contigo.
Fénix giró la cabeza hacia él.
—No es necesario —respondió con firmeza—. Esto es asunto de los Tigres Blancos.
Lucio mantuvo la calma.
—Precisamente por eso es necesario.
—Puedo manejarlo —insistió Fénix—. Hemos entrenado para esto.
Lucio dio un paso más cerca.
—No dudo de tu capacidad —dijo—. Pero la experiencia no se aprende en un mes. Algo en esta señal no me gusta.
Fénix frunció el ceño.
—¿Crees que es una trampa?
Lucio no respondió de inmediato.
—Creo que el enemigo no es torpe —contestó al final—. Y cuando el enemigo parece desesperado… suele ser cuando está más preparado.
Fénix sostuvo su mirada unos segundos.
—Aun así, no tienes obligación de venir.
Lucio esbozó una leve sonrisa.
—No es obligación —corrigió—. Es decisión.
El ruido de los caballos listos para partir interrumpió el momento.
Fénix suspiró y asintió finalmente.
—Entonces ven —dijo—. Pero mantente cerca.
Lucio inclinó la cabeza.
—Bien.
En cuestión de minutos, los Tigres Blancos comenzaron a montar. La tarde nublada observó en silencio cómo la tropa salía de Vandrel, sin saber que el camino que tomaban no era hacia un rescate… sino hacia algo mucho más peligroso.
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Editado: 13.02.2026