Capítulo 75 - El distrito Rojo
El sol se estaba ocultando cuando los Tigres Blancos llegaron a las afueras del Distrito Rojo. El cielo ardía en tonos anaranjados y púrpuras, y las sombras comenzaban a alargarse sobre las calles empedradas.
El distrito era distinto al resto de territorios cercanos a Vandrel.
Las construcciones tenían techos curvados, algunos elevados en varios niveles, con madera oscura y detalles tallados con precisión. Faroles de papel colgaban en las entradas de ciertos edificios, ya encendidos pese a que aún no era completamente de noche. Incluso los letreros mostraban caracteres que no pertenecían a la lengua común.
Fénix observó el lugar con atención mientras avanzaban a paso lento.
—Siempre me ha parecido extraño este sitio —murmuró.
A su lado, Marius asintió.
—Tiene sentido si conoces la historia.
Fénix lo miró de reojo.
—¿Qué historia?
Marius acomodó la ballesta sobre su hombro mientras hablaba.
—Hace seis o siete años, el Distrito Rojo no era como lo ves ahora. Era un punto comercial menor. Pero llegó un grupo grande de inmigrantes desde las islas del este. Traían consigo su cultura, su arquitectura, su idioma… y su forma de ver el mundo.
Señaló uno de los edificios con techo inclinado.
—Influencia japonesa —explicó—. No solo cambiaron la estética. También trajeron técnicas de forja, disciplina militar distinta y comercio organizado. El distrito prosperó rápido.
Fénix observó a algunas personas pasar. Notó que un par de comerciantes hablaban entre ellos en un idioma diferente, fluido y rápido.
—Por eso algunos aquí hablan japonés —dijo Marius—. Se volvió común escucharlo en las calles. Incluso algunos nacidos aquí lo aprendieron.
—¿Y Vandrel lo permitió sin más? —preguntó Fénix.
—Mientras el comercio creciera y los impuestos llegaran, nadie puso objeciones —respondió Marius—. Además, aportaron estabilidad durante un tiempo. El distrito dejó de ser conflictivo… al menos en apariencia.
Fénix frunció el ceño.
—¿Y ahora?
Marius recorrió las calles con la mirada.
—Ahora es difícil saber quién pertenece realmente a qué bando —contestó—. Mucha prosperidad atrae sombras.
Un farol se encendió a pocos metros, iluminando brevemente el rostro de ambos.
—Solo digo que tengamos cuidado —añadió Marius en voz baja—. Este lugar cambió mucho en pocos años. Y cuando algo cambia tan rápido… siempre hay algo detrás.
Fénix asintió lentamente mientras los Tigres Blancos avanzaban hacia el corazón del Distrito Rojo, con la noche cayendo sobre ellos.
Los Tigres Blancos avanzaron por el corazón del Distrito Rojo con paso lento.
Demasiado lento.
Las calles estaban vacías. No había comerciantes recogiendo puestos, ni niños corriendo entre callejones, ni conversaciones apagándose con la llegada de la noche. Solo faroles encendidos que se balanceaban levemente con el viento.
Ni una sola voz.
Ni un solo movimiento.
El eco de los cascos de los caballos retumbaba entre las construcciones de madera oscura, amplificando la sensación de abandono.
Fénix tensó la mandíbula.
Algo no estaba bien.
Desvió su caballo hacia la derecha hasta colocarse junto a Enid. Ella mantenía la mirada firme al frente, pero sus ojos recorrían cada techo, cada esquina.
—Enid —murmuró Fénix.
Ella giró apenas el rostro.
—Lo sé —respondió antes de que él terminara de hablar.
Fénix frunció el ceño.
—Tengo un mal presentimiento.
Enid asintió levemente.
—Yo también.
Se hizo un breve silencio mientras avanzaban unos metros más.
—Esto no es una evacuación normal —añadió Fénix—. Ni siquiera hay señales de lucha.
—Ni puertas forzadas —completó ella—. Ni humo. Ni cuerpos.
—Es como si alguien hubiera vaciado el distrito por completo.
Enid bajó la voz.
—O como si nos estuvieran esperando.
Fénix apretó las riendas.
—Entonces no deberíamos avanzar tan expuestos.
Enid lo observó unos segundos. En sus ojos no había miedo, pero sí una alerta intensa.
—No podemos retroceder sin confirmar —dijo—. Si esto es una trampa, ya estamos dentro.
Fénix exhaló despacio.
—¿Qué propones?
Enid levantó ligeramente la mano, haciendo que la columna se detuviera.
Los Tigres Blancos guardaron silencio inmediato.
—Nos dividiremos en tres grupos —ordenó con voz firme—. Necesitamos abarcar más territorio y detectar cualquier anomalía.
Algunos soldados intercambiaron miradas, pero nadie cuestionó.
Enid continuó:
—Primer grupo, conmigo. Revisaremos la zona central y los edificios administrativos.
Señaló hacia el este.
—Segundo grupo, con Marius. Tomen las calles laterales y los callejones. Revisen techos y balcones.
Luego miró a Fénix.
—Tercer grupo, contigo. Avancen hacia el sector norte. Las antiguas casas comerciales.
Fénix sostuvo su mirada un instante.
—Entendido.
Enid bajó la voz solo para él.
—Si ves algo fuera de lo normal, no actúes solo.
Fénix arqueó una ceja.
—Eso iba a decirte.
Por un segundo, una leve tensión se suavizó entre ambos.
Enid levantó la mano con determinación.
—Divídanse. Mantengan comunicación visual cuando sea posible. No se separen de sus escuadras.
Los grupos comenzaron a moverse en distintas direcciones.
El silencio del Distrito Rojo parecía volverse más pesado a cada paso.
Y en lo alto de uno de los techos, algo se movió.
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Editado: 07.03.2026