Capítulo 77 - El distrito Rojo-3
Fénix corrió sin detenerse.
Saltó sobre escombros, atravesó callejones envueltos en humo y evitó las zonas donde las flechas incendiarias seguían cayendo. Cada paso lo alejaba del combate de Lucio y lo acercaba al punto donde se habían dividido.
El puente.
El Distrito Rojo no era una sola extensión continua. Estaba dividido en dos grandes sectores por un río ancho y profundo que cruzaba el territorio como una cicatriz oscura. La corriente era fuerte, con mareas cambiantes que golpeaban con violencia contra los pilares de piedra.
El único acceso entre ambas partes era un gran puente levadizo de madera reforzada y cadenas de hierro.
Allí se habían separado minutos antes.
Fénix llegó al borde del sector norte y se detuvo en seco.
El puente estaba levantado.
No parcialmente.
No dañado.
Levantado por completo.
Las enormes cadenas colgaban tensas hacia arriba, y la estructura que antes conectaba ambos lados ya no estaba. Solo quedaba el vacío sobre el río embravecido.
El agua rugía abajo, oscura y profunda. La caída no solo era alta, sino letal.
Fénix dio un paso más, incrédulo.
No había restos recientes de destrucción. No había madera astillada ni humo. El mecanismo no parecía haber sido activado con urgencia.
Estaba preparado.
Las bases del puente mostraban refuerzos nuevos. Las poleas estaban engrasadas. Las cadenas, reemplazadas.
No era algo improvisado.
Fénix apretó los puños.
—Nos separaron…
Miró hacia el otro lado del río. A la distancia, podía ver el resplandor de combates. Sombras moviéndose. Destellos de acero.
Habían dividido a los Tigres Blancos justo antes del ataque.
Y ahora, el único punto de conexión estaba inutilizado.
No era un plan de días.
Ni de semanas.
Era algo preparado con meses de anticipación.
Alguien sabía que vendrían.
Alguien sabía exactamente dónde dividirlos.
El sonido del agua golpeando las bases del puente retumbaba como un recordatorio constante.
Fénix retrocedió un paso, comprendiendo la magnitud de la trampa.
No solo los habían emboscado.
Los habían guiado.
Y ahora estaba aislado del resto.
El Imperio Milenario no improvisaba.
Planificaba.
Y esa noche, el Distrito Rojo era el tablero.
El rugido del río golpeaba contra las paredes de piedra mientras Fénix permanecía inmóvil frente al puente levantado.
Solo un pensamiento cruzó su mente.
Si Lucio derrotaba a Alex…
Si lograban acabar con él…
Tal vez podrían reagruparse.
Tal vez aún habría una forma de reunirse con Enid y Marius.
Tal vez esto no era el final de los Tigres Blancos.
Apretó la mandíbula.
No podía quedarse paralizado.
Entonces lo escuchó.
Un estruendo seco.
Luego otro.
Algo pesado impactando contra estructuras de madera.
El suelo vibró bajo sus pies.
Fénix giró de inmediato.
A varias calles de distancia, los tejados comenzaron a quebrarse como si fueran papel. Una torre lateral colapsó en medio de una nube de polvo y astillas.
Y entonces lo vio.
Una figura colosal emergiendo entre el humo.
Un troll gigante.
Su piel era gris verdosa, gruesa como piedra húmeda. Cada paso hacía temblar el distrito. Con un brazo descomunal arrancó el techo de una casa y lo arrojó a un lado como si fuera una simple tabla.
Los faroles se extinguían a su paso.
El monstruo avanzaba sin dirección aparente, destruyendo todo.
Fénix comprendió de inmediato.
No era casualidad.
Era parte del ataque.
Una distracción.
O un ejecutor.
El troll lanzó un rugido que retumbó en todo el sector norte, haciendo vibrar las ventanas y levantando polvo del suelo.
Fénix desenfundó la God Killer.
El acero brilló bajo la luz del incendio lejano.
Adoptó posición de combate, firme, decidido.
—Entonces así será —murmuró.
El troll giró la cabeza lentamente, como si hubiera detectado su presencia.
Sus ojos pequeños y brutales se fijaron en él.
El suelo volvió a temblar cuando dio el primer paso en su dirección.
Fénix no retrocedió.
Si quería reunirse con los demás… primero tendría que sobrevivir a eso.
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Editado: 07.03.2026