Capítulo 79 - El distrito Rojo-5
El choque del acero contra las garras resonaba entre las calles incendiadas.
Lucio y Alex seguían frente a frente.
La mirada de Alex estaba cargada de odio contenido. Sus pupilas se estrecharon y, sin previo aviso, extendió sus garras. Eran más largas que antes, más densas, reforzadas con una energía oscura que vibraba en el aire.
—Esta vez no te interpondrás —gruñó Alex—. Te arrancaré el corazón y luego iré por tu alumno.
No terminó la frase.
Lucio ya se había movido.
No dio advertencia.
No dio espacio.
Su espada describió un arco limpio, preciso, imposible de seguir a simple vista.
Un destello.
Y las garras de Alex cayeron al suelo.
Cortadas desde la base.
La sangre brotó al instante.
Alex retrocedió varios pasos, sorprendido, observando sus manos mutiladas con incredulidad.
Lucio no avanzó. Se mantuvo firme, la espada baja, postura relajada.
—Tus reflejos… —murmuró Alex con una sonrisa tensa—. No eres un simple escolta.
Con un salto ágil, Alex se impulsó hacia arriba y aterrizó sobre el tejado de una casa cercana. Las tejas crujieron bajo sus botas.
Desde lo alto, lo miró con una mezcla de cautela y curiosidad.
—¿Quién eres? —preguntó finalmente—. No perteneces a Vandrel. No eres un Tigre Blanco común.
El fuego de las calles iluminaba el rostro de Lucio desde abajo, proyectando sombras largas.
Lucio alzó la vista.
Hubo un breve silencio antes de responder.
—No soy de aquí —dijo con calma—. Y tampoco soy de ningún lugar.
Alex frunció el ceño.
Lucio continuó:
—Cuando era pequeño, mi aldea fue borrada del mapa. No por guerra abierta. No por hambre. Fue un experimento.
La expresión de Alex se tensó ligeramente.
—El Imperio Milenario buscaba “evolucionar” a los humanos. Probar límites. Fuerza. Resistencia. Mi pueblo fue el laboratorio.
El viento arrastró cenizas entre ambos.
—Yo tenía ocho años —prosiguió Lucio—. Recuerdo el olor. El humo. Los gritos. Recuerdo a mi madre intentando cubrirme mientras las criaturas del Imperio recorrían las calles.
Su voz no temblaba.
Era firme.
Fría.
—Sobreviví porque me oculté bajo los cuerpos. Escuché todo. Sentí todo. Y cuando se fueron… ya no quedaba nada.
Alex guardó silencio, pero sus ojos ya no eran burlones.
—Desde ese día —continuó Lucio— entendí algo. No importa cuán lejos viaje. No importa cuántos lugares conozca. Mientras el Imperio exista, lo que ocurrió allí seguirá repitiéndose.
Lucio dio un paso adelante.
—He viajado por el mundo. He aprendido. He peleado. No por gloria. No por honor.
Clavó la punta de su espada en el suelo con suavidad.
—Viajo para entender cómo destruirlos.
El viento agitó su abrigo.
—Y cuando termine… el Imperio Milenario no será más que un recuerdo.
Alex inclinó ligeramente la cabeza.
—Hablas con convicción —dijo—. Pero destruirnos… es imposible.
Una sonrisa afilada cruzó su rostro.
—Nosotros llevamos siglos preparando esta era.
Lucio levantó la espada nuevamente.
—Entonces comenzaré por ti.
El aire entre ambos volvió a tensarse.
El combate aún no había terminado.
El aire se tensó un instante más.
Alex flexionó las piernas sobre el tejado, dispuesto a lanzarse otra vez contra Lucio.
Pero no llegó a moverse.
Un silbido cortó el viento.
Un destello.
Y en un solo parpadeo, la cabeza de Alex se separó de su cuerpo.
El corte fue limpio.
Preciso.
La cabeza cayó rodando por las tejas, dejando un rastro oscuro a su paso antes de precipitarse al suelo con un golpe seco.
El cuerpo permaneció erguido un segundo más.
Lucio no apartó la mirada.
—Llegas tarde —murmuró sin girarse.
Detrás del cuerpo decapitado, Fénix apareció con la God Killer aún extendida, la hoja manchada de sangre.
—Terminé lo mío —respondió con respiración agitada—. Pensé que necesitarías ayuda.
Durante un segundo hubo silencio absoluto.
Luego ocurrió.
El cuerpo de Alex se movió.
Sus manos se alzaron lentamente, tanteando el aire hasta localizar la cabeza caída en el suelo. Con un salto antinatural, descendió del tejado, recogió su propia cabeza y la sostuvo frente a sí.
Los ojos de Alex seguían abiertos.
Conscientes.
Sonriendo.
Fénix frunció el ceño.
—No puede ser…
El cuerpo llevó la cabeza hasta el cuello cercenado.
Un chasquido húmedo resonó en la calle.
Carne uniéndose.
Hueso encajando.
La piel se cerró como si nunca hubiera sido cortada.
Alex giró el cuello de un lado a otro, probando la movilidad.
—Fue un buen ataque —dijo mientras acomodaba la cabeza con una ligera presión—. Rápido. Preciso.
Sus ojos se posaron en Fénix.
—Pero ineficiente para acabar conmigo.
Fénix apretó la empuñadura de la God Killer.
—Te atravesé el cuello.
—Sí —respondió Alex con una media sonrisa—. Y lo hiciste bien.
Lucio dio un paso al frente, colocándose al lado de Fénix.
—Regeneración avanzada —murmuró en voz baja.
Alex se sacudió la sangre restante de los hombros.
—El Imperio Milenario no comete el error de depender de cuerpos frágiles.
Miró primero a Lucio.
Luego a Fénix.
—Ahora sí —dijo con una sonrisa más amplia—. Esto se pone interesante.
La noche ardía a su alrededor.
Y esta vez, el combate sería mucho más difícil de lo que habían anticipado.
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Editado: 07.03.2026