Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 80 - El distrito Rojo-6

Capítulo 80 - El distrito Rojo-6

En el otro extremo del Distrito Rojo, las llamas comenzaban a apagarse en algunas calles, dejando solo humo y un silencio inquietante.

El escuadrón de Enid avanzó con cautela hasta una plaza amplia donde los edificios tenían clara influencia oriental: techos curvos, faroles de papel rotos, balcones de madera tallada.

Allí, el grupo de Marius apareció desde una calle lateral.

Ambos equipos se reunieron.

Enid desmontó de su caballo de inmediato.

—¿Viste a Fénix? —preguntó sin rodeos.

Marius negó con la cabeza.

—No. Nos separamos y no volvió a aparecer. Tampoco encontramos a ningún habitante.

Enid frunció el ceño.

—¿Nadie?

—Nadie —repitió Marius—. Ni vivos ni muertos. Es como si hubieran vaciado el distrito antes del ataque.

El viento movió las cenizas en espiral entre ellos.

Demasiado silencio.

Entonces lo oyeron.

Un crujido.

Luego otro.

Pasos.

Desde los tejados.

Todos alzaron la vista al mismo tiempo.

Sombras comenzaron a ocupar los bordes de las azoteas. Figuras alineadas, una tras otra, hasta cubrir casi todo el perímetro de la plaza.

Soldados.

Docenas.

No.

Cientos.

Vestían armaduras oscuras con el emblema del Imperio Milenario grabado en el pecho.

Y en el punto más alto, de pie sobre el tejado central, una figura avanzó lentamente hacia el borde.

Cabello largo, oscuro, movido por el viento.

Capa amplia.

Mirada fría.

Era Lucian.

El líder del Imperio Milenario.

Marius dio un paso al frente sin darse cuenta.

—Así que eras tú… —murmuró.

Lucian inclinó levemente la cabeza al reconocerlo.

—Ha pasado tiempo, Marius.

Enid giró la mirada hacia él.

—¿Lo conoces?

Marius no apartó los ojos del tejado.

—Me encerro hace años. Fui su esclavo.

Lucian sonrió con elegancia calculada.

—No lo llames así. Yo simplemente vi el futuro antes que tú.

Uno de los soldados tensó su arco. Luego otro.

La plaza quedó completamente rodeada.

Enid desenfundó su arma, pero no bajó la guardia.

—¿Qué quieres? —preguntó con firmeza.

Lucian extendió los brazos ligeramente.

—Orden. Evolución. Un mundo que no esté gobernado por la debilidad.

Sus ojos volvieron a Marius.

—Te ofrecí un lugar a mi lado. Recuerdas eso.

Marius apretó la mandíbula.

—Recuerdo que querías sacrificar ciudades enteras para “acelerar el proceso”.

—Sacrificio —corrigió Lucian con serenidad—. Todo cambio real exige uno.

Enid avanzó un paso, colocándose junto a Marius.

—No toques a mis hombres —dijo con voz firme.

Lucian la observó con interés.

—Tigres Blancos… siempre tan nobles.

Se escuchó el sonido simultáneo de decenas de cuerdas tensándose.

El número de soldados era abrumador.

Demasiados.

Cubriendo cada ángulo.

Cada salida.

Lucian dio un último paso hacia el borde del tejado.

—Ríndanse —ofreció con tranquilidad—. Y les permitiré vivir lo suficiente para ver el nuevo mundo que construiremos.

Marius levantó su espada.

—Si ese es tu mundo… prefiero morir aquí.

Lucian suspiró levemente.

—Supongo que mientras nosotros conversamos… Alex debe de estar divirtiéndose mucho con Fénix.

Algunos soldados esbozaron sonrisas contenidas.

Enid no reaccionó.

Pero Marius sí.

Primero soltó una pequeña exhalación.

Luego otra.

Y de pronto comenzó a reír.

No una risa nerviosa.

No una risa tensa.

Era una carcajada abierta, casi incrédula, como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo.

Los soldados intercambiaron miradas confusas.

Lucian entrecerró los ojos.

—¿Te parece gracioso? —preguntó con tono frío.

Marius intentó contener la risa, pero volvió a escapársele.

—¿Alex… divirtiéndose con Fénix? —repitió, negando con la cabeza—. Eso sí que no lo esperaba.

Lucian guardó silencio.

Marius alzó la vista hacia él, todavía sonriendo.

—Es imposible.

El líder del Imperio no respondió de inmediato.

—¿Y por qué lo dices con tanta seguridad? —preguntó finalmente.

La sonrisa de Marius se transformó en algo más firme. Más orgulloso.

—Porque seguramente el que se está divirtiendo es Fénix.

Enid lo miró de reojo, comprendiendo lo que iba a decir.

Marius levantó su espada y la apoyó sobre su hombro.

—Por algo Fénix es el capitán de los Tigres Blancos.

Un murmullo recorrió los tejados.

Lucian observó a Marius con mayor atención, como si evaluara esa afirmación.

—Capitán… —repitió con suavidad—. Entonces le han dado más responsabilidad de la que imaginaba.

Marius sostuvo su mirada sin titubear.

—No le dimos nada. Se lo ganó.

El viento agitó las capas y banderas rotas del distrito.

Lucian esbozó una leve sonrisa.

—Veremos si ese título le dura hasta el amanecer.

Y con un gesto apenas perceptible de su mano, las flechas descendieron apuntando con mayor firmeza.




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