Capítulo 81 - El distrito Rojo-7
Las calles ardían a lo lejos, pero en aquella zona solo quedaban sombras y escombros.
Fénix y Lucio avanzaban coordinados, manteniendo un ritmo firme frente a Alex. Cada ataque estaba calculado, cada paso medido. No hablaban, pero se entendían.
Alex, en cambio, sonreía.
No parecía presionado.
Parecía… entretenido.
—Eso es —dijo mientras bloqueaba un corte de Lucio con el antebrazo y retrocedía con agilidad felina—. Muévanse así. No me decepcionen.
Fénix giró sobre su eje y lanzó un tajo horizontal con la God Killer. Alex se inclinó hacia atrás apenas lo necesario para que la hoja pasara a centímetros de su rostro.
—Más rápido —provocó.
Lucio atacó por el flanco izquierdo, obligándolo a saltar hacia un muro. Alex apoyó un pie en la pared y se impulsó hacia adelante con una velocidad brutal.
Sus garras brillaron bajo la luz del fuego distante.
Fénix levantó la espada para interceptarlo, pero Alex cambió la trayectoria en el último instante.
Un destello.
Un roce.
Un dolor agudo.
Fénix retrocedió medio paso.
Un hilo de sangre descendía por su mejilla.
El rasguño comenzaba justo debajo del pómulo y se extendía peligrosamente cerca del ojo.
Demasiado cerca.
Lucio se tensó.
—¿Fénix?
Fénix no apartó la mirada de Alex. Solo se limpió la sangre con el dorso de la mano.
—Estoy bien.
Alex aterrizó frente a ellos, girando ligeramente el cuello como si evaluara su obra.
—Casi —dijo con una sonrisa ladeada—. Un centímetro más y ahora estarías viendo el mundo a medias.
Fénix apretó la empuñadura de la God Killer.
—Tendrás que hacerlo mejor que eso.
Alex rió suavemente.
—Oh, lo haré.
El aire volvió a vibrar cuando se lanzó otra vez al ataque, más rápido que antes.
Esta vez ya no parecía solo diversión.
Parecía que estaba empezando a tomárselo en serio.
El mundo volvió a moverse a cámara lenta.
El sonido de las garras cortando el aire.
El crujir de las botas sobre la piedra.
La sangre aún tibia descendiendo por su mejilla.
Fénix respiró.
Y por un instante, en medio del combate, su mente se alejó.
Hace tres años.
Oscuridad.
Silencio.
El olor a incienso.
Recordó el momento en que abrió los ojos por primera vez en aquel monasterio perdido entre montañas. El techo de madera antigua. Las campanas resonando a lo lejos. Monjes observándolo como si fuera un presagio.
No recordaba nada antes de eso.
Ni un rostro.
Ni una voz.
Ni una infancia.
Solo su nombre.
Fénix.
Se lo dijeron cuando despertó, como si siempre lo hubiera sabido.
Desde ese día, su vida no fue tranquila. No fue simple. Cada paso lo arrastró hacia conflictos mayores, entrenamientos imposibles, decisiones que lo empujaron a convertirse en algo más que un simple guerrero.
Conoció a Lucio.
A Enid.
A Marius.
Se convirtió en capitán de los Tigres Blancos.
Sin pasado.
Sin raíces.
Solo propósito.
Y ahora, en esta calle consumida por el caos, comprendía algo.
Tal vez no recordaba de dónde venía.
Pero sí sabía hacia dónde iba.
Toda su trayectoria.
Todo el dolor.
Todo el entrenamiento.
Todas las batallas.
Se comprimían en este instante.
En este combate.
Alex volvió a lanzarse contra él.
El tiempo recuperó su velocidad.
Fénix levantó la mirada.
Sus ojos ya no mostraban duda.
No importaba quién había sido antes de aquel monasterio.
Lo único que importaba era quién era ahora.
Y ahora era el capitán de los Tigres Blancos.
Este combate no definía su pasado.
Definía su destino.
Y lo iba a ganar.
Nota del autor
Siempre es un placer escribir sobre Fénix. Incluso cuando no está luchando, sus reflexiones tienen un peso especial. Es un personaje que carga con preguntas que todavía no tienen respuesta, y explorar su mente permite comprender mejor cada decisión que toma en el campo de batalla.
Nunca se me dio especialmente bien construir peleas demasiado largas. Con el tiempo he sentido que, cuando se extienden en exceso, los movimientos comienzan a repetirse, la intensidad se diluye y el ritmo puede volverse pesado para quien lee. La acción pierde filo si no avanza hacia algo concreto.
Por eso prefiero combates más concentrados. Tres capítulos como máximo. Lo suficiente para desarrollar tensión, mostrar estrategia, dejar espacio para la emoción y cerrar con impacto sin desgastar la escena.
Al final, una buena pelea no se mide por su duración, sino por lo que cambia después de que termina.
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Editado: 07.03.2026