Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 82 - El distrito Rojo-8

Capítulo 82 - El distrito Rojo-8

El choque volvió a encender la noche.

Alex atacaba con una ferocidad creciente, sus movimientos más agresivos, más veloces. Fénix retrocedía lo justo, bloqueando, desviando, respondiendo cuando encontraba una abertura.

Pero mientras el acero y las garras se cruzaban, su mente insistía.

Tres años.

Antes del monasterio.

Antes de abrir los ojos entre incienso y campanas.

Intentó forzar un recuerdo.

Un rostro.

Una voz llamándolo por otro nombre.

Una imagen difusa de infancia.

Nada.

Solo oscuridad.

Un vacío absoluto.

Como si su vida hubiera comenzado en ese instante.

Apretó los dientes.

¿Por qué no recordaba nada?

¿Por qué lo único que le resultaba familiar en este mundo eran Enid y Marius?

Cuando los conoció sintió algo extraño. No reconocimiento exacto… pero sí una cercanía que no podía explicar. Como si sus presencias encajaran en un espacio que ya existía dentro de él.

Alex irrumpió en su concentración con un tajo descendente brutal.

Fénix reaccionó por puro instinto, girando el cuerpo para esquivarlo. La garra pasó a centímetros de su hombro.

Vio la abertura.

Y no dudó.

Con un grito contenido, impulsó la God Killer hacia adelante y la hundió directamente en el pecho de Alex.

El filo atravesó carne y hueso.

Salió por la espalda.

La energía de purificación vibró dentro del cuerpo del vampiro.

Alex abrió los ojos con sorpresa… y luego sonrió.

Lentamente, bajó la mirada hacia la espada incrustada en su pecho.

—Buen movimiento… —murmuró.

Fénix intentó retirar la hoja.

No pudo.

Alex había atrapado la espada con ambas manos.

Sus dedos se cerraron sobre el acero.

Y comenzó a ejercer presión.

Fénix sintió la resistencia.

—No…

Un crujido agudo rompió el aire.

La hoja se agrietó.

La energía de la God Killer chisporroteó de forma inestable.

Otro crujido.

Y la espada se partió.

El fragmento superior cayó al suelo con un sonido seco.

Durante un segundo, el mundo pareció detenerse.

Alex arrancó el resto del acero de su pecho como si fuera una simple astilla y, en el mismo movimiento, lanzó un golpe devastador.

El impacto alcanzó a Fénix en el torso.

La fuerza fue brutal.

Su cuerpo salió despedido y se estrelló contra una pequeña casa cercana, atravesando la pared de madera y levantando una nube de polvo y escombros.

La estructura crujió peligrosamente.

Dentro, Fénix cayó entre tablas rotas, sin aire.

Afuera, Lucio dio un paso al frente.

—¡Fénix! —gritó con fuerza.

Alex permaneció de pie entre el humo, observando los restos de la espada rota en el suelo.

Luego levantó la mirada hacia la casa destruida.

Su sonrisa desapareció.

Ahora no parecía divertido.

Parecía decidido a terminarlo.

Entre polvo y madera astillada, Fénix intentó incorporarse.

El pecho le ardía por el impacto. Cada respiración era corta, forzada.

Sus ojos se desviaron hacia el fragmento de acero que aún sostenía en la mano.

Roto.

La God Killer.

Siempre creyó que era indestructible.

Que mientras la tuviera, nada podría superarlo.

Pero allí estaba la verdad, fría y evidente en el suelo del callejón: incluso las armas legendarias podían quebrarse.

Escupió sangre a un lado y apoyó una rodilla en el suelo para levantarse.

—Así que era eso… —pensó—. Me apoyé demasiado en ella.

Si la espada ya no estaba completa, entonces solo quedaba él.

Su cuerpo.

Su entrenamiento.

Su voluntad.

Se puso de pie, soltando el fragmento inútil de la hoja.

—Entonces pelearé con los puños.

Afuera, Alex soltó una carcajada al ver el estado de la espada.

—¿Eso era tu arma sagrada? —se burló mientras avanzaba—. Esperaba algo más impresionante.

Se acercó despacio, disfrutando el momento.

—Ahora sí estamos en igualdad de condiciones.

Lucio observaba la escena con el ceño fruncido.

No por la espada.

No por la herida.

Sino por algo más profundo.

En su mente, una idea comenzaba a tomar forma.

La God Killer no se rompía con facilidad. No era solo acero. Estaba ligada a algo mayor.

Y, sin embargo, Alex la había quebrado con fuerza bruta.

Eso significaba una sola cosa.

No estaban enfrentando a un simple vampiro.

Había algo alterado en él.

Algo reforzado.

Algo que superaba lo que el Imperio había mostrado antes.

Lucio apretó la empuñadura de su espada.

Si Fénix intentaba enfrentarlo cuerpo a cuerpo en ese estado, el resultado sería fatal.

Pero también conocía esa mirada.

Cuando Fénix decidía algo, no retrocedía.

Alex se detuvo a pocos metros de la casa destruida.

—Ven —provocó—. Muéstrame qué puedes hacer sin tu juguete.

Fénix dio un paso hacia adelante.

Y Lucio comprendió que, a partir de ese instante, el combate ya no era solo físico.

Era una prueba de quién era Fénix sin la espada que lo había definido durante tres años.




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