Capítulo 83 - El distrito Rojo-9
Alex observó a Fénix avanzar sin espada… y sonrió.
Luego, de pronto, se dio la vuelta y salió corriendo.
—¡Eh! —gruñó Fénix.
Sin pensarlo, salió tras él.
Lucio lo siguió inmediatamente.
Alex corría con una agilidad casi animal, saltando sobre escombros y cruzando calles oscuras. No parecía huir desesperado. Parecía guiarlos.
Giró en una esquina y atravesó la puerta de una casa grande de madera reforzada.
Fénix llegó segundos después y entró.
Lucio cerró la puerta tras ellos con cuidado.
El interior estaba oscuro, iluminado solo por reflejos rojizos.
Avanzaron despacio.
—Cuidado… —susurró Lucio.
El aire estaba caliente.
Demasiado caliente.
Caminaron por un pasillo amplio hasta llegar a una sala enorme.
Entonces lo vieron.
Era la casa de un herrero.
Había yunques, herramientas colgadas, mesas cubiertas de piezas metálicas. El suelo estaba marcado por años de trabajo pesado.
En varios hornos aún ardían brasas intensas.
Cadenas, moldes y barras de hierro estaban apiladas por todos lados.
Y en el centro de la sala, una gran fuente circular contenía metal derretido que hervía lentamente, iluminando todo con un brillo anaranjado.
El calor era sofocante.
Fénix entrecerró los ojos.
—Nos trajo aquí…
Lucio observó el lugar con cautela.
—Una trampa.
Entonces lo escucharon.
Un crujido.
Arriba.
Ambos levantaron la mirada.
Alex estaba en el techo, apoyado entre vigas de madera oscura.
Sonreía.
—Bienvenidos.
Antes de que pudieran reaccionar, empujó dos grandes barriles que tenía preparados.
Cayeron girando por el aire.
Se estrellaron contra el suelo.
Los barriles explotaron al impactar.
Metal hirviendo salió disparado en todas direcciones como una lluvia mortal.
Lucio reaccionó primero.
—¡FÉNIX!
Se lanzó hacia él y lo empujó con toda su fuerza.
rodo por el suelo mientras el metal incandescente caía donde habían estado un segundo antes.
El líquido brillante salpicó el suelo de piedra, produciendo un sonido violento al enfriarse parcialmente.
Algunas gotas chisporrotearon peligrosamente cerca de ellos.
Fénix se detuvo contra una mesa de trabajo.
Arriba, Alex seguía observando desde las vigas.
Divertido.
—Veamos cuánto duran en el infierno de un herrero.
El metal hirviendo seguía chisporroteando sobre el suelo de piedra.
El calor llenaba la sala como una ola sofocante.
Fénix se incorporó rápidamente, todavía aturdido por el empujón de Lucio. Sus ojos recorrieron el lugar buscando a su compañero.
—Lucio…
Entonces lo vio.
En el centro de la sala.
Lucio estaba en el suelo.
Y su estado era terrible.
El metal fundido había alcanzado la mitad de su cuerpo. Su capa estaba completamente destruida y la armadura parcialmente derretida. La piel de su costado derecho estaba quemada de forma brutal, carbonizada en algunos puntos.
El olor a metal y carne quemada llenaba el aire.
Lucio intentaba apoyarse en un brazo, pero su cuerpo temblaba por el daño.
Fénix sintió que el estómago se le encogía.
—¡Lucio!
Instintivamente comenzó a correr hacia él.
—¡NO!
El grito de Lucio resonó con una fuerza inesperada.
Fénix se detuvo en seco.
—¡No te acerques! —gruñó Lucio, respirando con dificultad.
Fénix miró el suelo.
El metal aún se movía lentamente por la piedra, formando charcos incandescentes que irradiaban calor extremo.
Un paso más… y también se quemaría.
Lucio apretó los dientes, soportando el dolor.
—Si te acercas… te quemarás también.
Fénix apretó los puños con fuerza.
—No puedo dejarte ahí.
Lucio levantó la mirada hacia él.
A pesar del estado de su cuerpo, sus ojos seguían firmes.
—Tu pelea… no es conmigo.
Arriba, entre las vigas del techo, Alex observaba la escena con una sonrisa lenta.
—Qué sacrificio tan noble —comentó con tono burlón.
Lucio ni siquiera lo miró.
—Fénix… —murmuró con voz tensa—. No desperdicies esto.
El calor de la sala parecía aumentar a cada segundo.
El combate aún no había terminado.
Pero ahora el precio ya había empezado a pagarse.
El metal aún hervía en el suelo.
El aire estaba cargado de calor y humo.
Fénix permanecía inmóvil a unos metros, atrapado entre la impotencia y la rabia. Cada paso hacia adelante significaba quemarse también.
Lucio apenas podía mantenerse consciente.
Su respiración era irregular.
Pero sus ojos seguían claros.
Arriba, Alex descendió de las vigas con un salto ligero y aterrizó cerca del cuerpo herido.
El sonido de sus botas resonó en la sala del herrero.
—Qué escena tan trágica —dijo con una sonrisa torcida—. El maestro cayendo antes que el alumno.
Extendió lentamente sus uñas, que brillaron bajo la luz rojiza del metal fundido.
Fénix lo vio.
—¡NO!
Intentó avanzar un paso.
El calor lo obligó a detenerse.
Alex levantó la mano, preparándose para atravesar el pecho de Lucio.
Lucio giró apenas la cabeza.
—Fénix…
Su voz era débil, pero firme.
Fénix lo miró con desesperación.
—No hables. Aguanta.
Lucio negó lentamente.
—Escucha…
Respiró con dificultad.
—No importa… quién eras antes de despertar en ese monasterio.
Los ojos de Fénix temblaron.
—Lo único que importa… es lo que elegiste ser después.
Lucio tosió, escupiendo sangre.
—Eres fuerte… pero no por tu espada.
—Eres fuerte… porque sigues avanzando incluso cuando todo se rompe.
Alex observaba, esperando con paciencia cruel.
Lucio volvió a mirar a Fénix.
—No pelees por venganza…
Una pausa.
—Pelea por proteger.
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Editado: 07.03.2026