Capítulo 85 - El distrito Rojo-11
La noche en el Distrito Rojo estaba dominada por el fuego y el ruido distante de combates.
En una casa vieja de madera, con las ventanas cubiertas por muebles y tablones improvisados, Enid y Marius permanecían atrincherados junto a los pocos Tigres Blancos que habían logrado escapar de la emboscada.
Las respiraciones eran tensas.
Afuera se escuchaban pasos.
Muchos.
Demasiados.
Enid asomó apenas por una rendija entre las tablas.
Sombras moviéndose por la calle.
Soldados del Imperio Milenario patrullaban cada rincón.
No había salida fácil.
—Nos están cazando… —murmuró uno de los soldados.
Marius permanecía apoyado contra una pared, con la espada aún en la mano.
Su mirada estaba fija en la puerta.
Entonces una voz resonó.
Tranquila.
Segura.
—Sabía que terminarías escondido aquí.
Enid reconoció esa voz al instante.
En el piso superior, estaba Lucian.
La luz de los incendios iluminaba su silueta.
Soldados del Imperio rodeaban la casa por completo.
Lucian apoyó una mano sobre la barandilla y habló con serenidad.
—Han pasado siglos, Marius… y sigues tomando las mismas decisiones.
Dentro de la casa, Marius apretó la mandíbula.
—Siempre te gustó escuchar tu propia voz.
Lucian sonrió ligeramente.
—¿Recuerdas nuestra última conversación?
Hubo un breve silencio.
—Cuando escapaste.
—Cuando abandonaste todo lo que habíamos construido.
Su voz descendió apenas, cargada de un tono frío.
—Te dije algo muy claro.
Los soldados alrededor de la casa levantaron sus armas.
Lucian continuó:
—Te dije que, mientras no te interpusieras en mis planes… te dejaría vivir.
Una pausa.
El viento movió su capa.
—Podrías haber seguido existiendo en tu pequeña miseria. En tu rincón del mundo. Pretendiendo que eras libre.
Dentro de la casa, Enid miró a Marius.
—¿Hace siglos? —susurró.
Marius no respondió.
Lucian inclinó levemente la cabeza.
—Pero ahora…
Sus ojos se volvieron fríos.
—Ahora te has metido directamente en el camino del Imperio Milenario.
Una sonrisa leve apareció en su rostro.
—Y eso, Marius… rompe nuestro antiguo acuerdo.
Los soldados tensaron las cuerdas de sus arcos.
Lucian levantó la mano.
—Así que esta noche, terminaré lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Un sonido cortó el aire.
Un silbido seco.
Y, de repente, una espada atravesó su pecho desde la espalda.
La punta emergió por el frente de su torso.
Lucian abrió los ojos con sorpresa.
La fuerza del impacto lo empujó hacia adelante.
Cayó al suelo a pocos metros de Marius.
Las tablas crujieron por el golpe.
Un segundo después, otra figura atravesó el techo.
Fénix cayó dentro de la sala, aterrizando con dificultad sobre una rodilla.
El polvo llenó el aire.
Enid fue la primera en reaccionar.
—¡Fénix!
Marius lo miró con sorpresa.
—Pensé que estabas muerto.
Fénix apenas levantó la mirada.
Su respiración era pesada.
Tenía el rostro manchado de sangre y ceniza.
Lucian seguía en el suelo.
La espada aún atravesaba su pecho.
Durante un momento pareció inmóvil.
Luego su mano se movió.
Sujetó la empuñadura de la espada.
Y la arrancó de su propio cuerpo con un tirón seco.
La hoja cayó al suelo.
La herida comenzó a cerrarse inmediatamente.
La carne se regeneró ante los ojos de todos en cuestión de segundos.
Lucian se levantó lentamente.
Sacudió el polvo de su capa como si nada hubiera ocurrido.
Luego sus ojos se posaron en Fénix.
Lo observó con detenimiento.
—Así que tú eres…
Una ligera sonrisa apareció en su rostro.
—El capitán de los Tigres Blancos.
Fénix no respondió de inmediato.
Solo se puso de pie frente a él.
Lucian inclinó la cabeza, evaluándolo.
—Debo admitir que estoy impresionado. Alex no era un rival débil.
Miró brevemente la espada que Fénix había usado para atacarlo.
—Y sin embargo, aquí estás.
Enid frunció el ceño.
—¿Alex…?
Lucian volvió a mirar a Fénix.
—¿Lo mataste?
Fénix sostuvo su mirada.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Lucian sonrió con interés genuino.
—Entonces eres más peligroso de lo que pensé.
Marius dio un paso adelante, colocándose al lado de Fénix.
—No estás luchando contra uno solo.
Lucian observó a ambos.
Luego miró alrededor de la casa, donde los Tigres Blancos restantes se preparaban para pelear.
—Perfecto —dijo con tranquilidad.
Sus ojos volvieron a fijarse en Fénix.
—Tenía curiosidad por conocerte.
La energía en el aire cambió.
—Ahora veremos si el capitán de los Tigres Blancos está a la altura de su reputación.
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Editado: 11.04.2026