Capítulo 90 - Destino inevitable
El baile real seguía en su auge.
Las risas, la música y el tintinear de las copas llenaban cada rincón del palacio, pero lejos del bullicio, en la terraza exterior, la calma reinaba.
La luna llena dominaba el cielo.
Y bajo su luz, Fénix permanecía sentado, apoyado contra la barandilla, observándola en silencio.
El aire nocturno era fresco.
Tranquilo.
Muy distinto al caos de la guerra.
—Sabía que te encontraría aquí.
Fénix no necesitó girarse para reconocer la voz.
Marius apareció a su lado, sosteniendo dos bebidas.
Le extendió una.
—Toma.
Fénix la aceptó sin decir nada.
—Gracias.
Marius se apoyó a su lado, mirando también hacia la luna.
—Vaya noche, ¿eh?
Fénix soltó una pequeña exhalación.
—Demasiado tranquila para mi gusto.
Marius dejó escapar una risa breve.
—Claro… el gran héroe ya echa de menos que intenten matarlo.
Fénix esbozó una leve sonrisa.
—No exactamente.
Hubo un pequeño silencio.
Luego Marius habló, esta vez con un tono más sincero.
—Oye…
Fénix lo miró de reojo.
—Gracias por lo del Distrito Rojo.
Fénix no respondió al instante.
—Hiciste lo que cualquiera habría hecho.
Marius negó con la cabeza.
—No.
—No cualquiera habría vuelto de la muerte para hacerlo.
Fénix frunció apenas el ceño.
—No lo pongas así.
Marius lo miró, serio por un momento… pero luego sonrió.
—Bueno… igual.
—Gracias.
Fénix suspiró suavemente.
—De nada.
Marius dio un trago a su bebida y luego miró hacia el interior del palacio.
—Se acabó, ¿no?
—La guerra… el imperio… todo.
Fénix siguió su mirada.
—Sí.
—Por fin.
Marius dejó escapar una sonrisa amplia.
—No sabes lo bien que se siente decir eso.
Fénix asintió levemente.
—Ahora que el reino está en paz…
Hizo una pequeña pausa.
—Vamos a tener un buen tiempo de descanso.
Marius alzó su copa.
—Entonces habrá que aprovecharlo.
Fénix levantó la suya.
—Supongo.
Ambos chocaron las copas.
Un brindis simple.
Pero significativo.
En ese mismo instante…
—Ahem…
El sonido de alguien aclarándose la garganta resonó desde el interior del salón.
Las conversaciones comenzaron a apagarse poco a poco.
Fénix y Marius intercambiaron una mirada.
—Eso suena importante —dijo Marius.
Ambos se acercaron a la ventana que daba al salón.
Desde allí podían ver al rey de Vandrel, de pie frente a todos.
Erguido.
Imponente.
El silencio se hizo total.
Y entonces habló:
—Hoy… celebramos algo que parecía imposible.
Su voz era firme, cargada de autoridad.
—La caída del Imperio Milenario.
Un murmullo de orgullo recorrió la sala.
—Pero esta victoria… no pertenece a un rey.
—Ni a una corona.
Hizo una pausa.
—Pertenece a aquellos que lucharon, sangraron… y se negaron a rendirse.
Su mirada se posó en los capitanes.
—Los Tigres Blancos de Vandrel.
El salón estalló en aplausos.
Vítores.
Orgullo puro.
—Por ello… en reconocimiento a su valentía…
El rey alzó ligeramente la mano.
—Los capitanes de los Tigres Blancos serán nombrados… nobles de Vandrel.
Por un instante…
Silencio.
Y luego—
El salón explotó.
Aplausos ensordecedores.
Gritos de celebración.
Desde entre la multitud, Enid llevó ambas manos a su boca, claramente emocionada.
Sus ojos brillaban.
Rápidamente giró la cabeza, buscando entre la gente.
Buscándolo.
Hasta que lo encontró.
En la ventana.
Fénix.
Durante un instante, todo el ruido desapareció para ambos.
Enid sonrió.
Una sonrisa sincera.
Llena de felicidad.
Y Fénix…
Le devolvió la sonrisa.
Pequeña.
Pero real.
El eco de los vítores aún resonaba en el salón cuando—
Un temblor.
Leve al principio.
Casi imperceptible.
Las copas vibraron.
Los candelabros tintinearon.
Y en cuestión de segundos…
El suelo comenzó a sacudirse con violencia.
Los nobles gritaron.
Algunos cayeron.
Otros corrieron sin rumbo.
El pánico se desató.
En la terraza, Fénix frunció el ceño de inmediato.
—…Esto no es normal.
Marius se sostuvo de la barandilla.
—¿Otro ataque…?
Fénix no respondió.
Su mirada se alzó lentamente hacia el cielo.
Y entonces…
Se congeló.
La luna.
Aquella luna blanca y serena…
Se había vuelto roja.
Un rojo profundo.
Antinatural.
Como si el cielo mismo sangrara.
—…No puede ser.
Marius siguió su mirada.
Y su expresión cambió al instante.
—¿Qué demonios es eso…?
A lo lejos…
Más allá de las murallas de Vandrel…
Columnas de energía comenzaron a elevarse.
Una.
Dos.
Tres.
Decenas.
Se alzaban como pilares gigantescos, formando un círculo perfecto alrededor del reino.
—Barreras… —murmuró Fénix.
Las estructuras brillaban con un tono oscuro, casi carmesí, conectándose entre sí hasta formar una cúpula colosal.
Sellando Vandrel.
Atrapándolo.
Dentro del salón, los gritos aumentaban.
—¡¿Qué está pasando?!
—¡¿Es un ataque?!
—¡Protejan al rey!
El caos era absoluto.
Desde entre la multitud, Enid miraba hacia las ventanas, con el rostro pálido.
—Fénix…
Sus manos temblaban.
El aire se volvió pesado.
Denso.
Como si algo invisible estuviera presionando todo.
Fénix apretó los dientes.
Algo dentro de él…
Respondía.
Como si reconociera aquello.
Como si…
Lo estuviera llamando.
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Editado: 02.05.2026