Capítulo 91 - El Crisol del Caos
Sobre uno de los tejados más altos de Vandrel, lejos del caos que comenzaba a apoderarse de la ciudad, dos figuras observaban en completo silencio.
La luna carmesí bañaba las calles con una luz antinatural.
Grunbak permanecía sentado en el borde del tejado, con la tranquilidad de quien contempla una obra largamente esperada.
A su lado, Darem mantenía los brazos cruzados mientras observaba las enormes barreras que encerraban Vandrel.
—Hay algo que todavía no entiendo —dijo Darem sin apartar la vista del horizonte.
Grunbak esbozó una sonrisa.
—Eso sería una novedad.
Darem ignoró el comentario.
—¿Cuál es el verdadero propósito del Crisol del Caos?
Grunbak soltó una breve carcajada.
—Una pregunta excelente.
Se incorporó lentamente y extendió su mano derecha hacia la luz roja de la luna.
Darem entrecerró los ojos.
La piel de aquella mano no era normal.
Oscuras vetas recorrían la carne como raíces vivientes. Bajo la superficie, una energía negra pulsaba con un ritmo inquietante.
Como un corazón ajeno.
—¿Lo ves? —preguntó Grunbak.
Darem no respondió, pero su mirada se afiló.
—Ya me he fusionado con la Partícula Antivida.
Cerró la mano con suavidad.
Un leve crujido resonó entre sus dedos.
—Es un poder extraordinario. Evolución pura. La negación de toda limitación biológica.
Darem arqueó una ceja.
—Suena bastante desagradable.
—Oh, lo es —respondió Grunbak con una sonrisa divertida—. Pero los grandes avances rara vez son cómodos.
Volvió a contemplar la ciudad.
—El Crisol del Caos tiene un único objetivo.
Su tono perdió toda ligereza.
—Crear al ser perfecto.
El viento agitó su abrigo.
La barrera roja brilló con intensidad detrás de él.
—La vida y la muerte. La materia y la energía. La creación y la destrucción.
Giró el rostro hacia Darem.
Sus ojos brillaban con una devoción casi religiosa.
—Todo unido en una sola existencia.
Darem guardó silencio durante unos segundos.
—Y supongo que Fénix forma parte del plan.
Grunbak sonrió aún más.
—No.
—Fénix es el plan.
Se llevó la mano al pecho.
—Solo falta fusionarme con quien verdaderamente importa.
—Con nuestro querido comandante.
Darem observó la mano corrompida de Grunbak.
—¿Y entonces?
Grunbak abrió ambos brazos, como si estuviera presentando el universo entero.
—Entonces nacerá algo completamente nuevo.
—Un ser que poseerá mis recuerdos, los de la Partícula Antivida… y los de Fénix.
Sus labios se curvaron en una expresión de puro éxtasis.
—No seré yo.
—No será él.
—No será la Partícula.
—Será una nueva existencia.
—Superior.
—Perfecta.
Darem soltó una risa seca.
—Eso suena como una forma elegante de decir "voy a morir".
—Todos morimos, Darem.
Grunbak volvió a sentarse en el borde del tejado.
—La diferencia es que algunos elegimos en qué nos convertimos después.
Abajo, Vandrel temblaba.
Las campanas repicaban desesperadas.
Los gritos se mezclaban con el rugido de la barrera.
Darem observó la ciudad durante unos instantes antes de hablar.
—Debo admitirlo.
Miró a Grunbak de reojo.
—Tu locura tiene estilo.
Grunbak inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
—He trabajado mucho en ella.
El gran salón de Vandrel se había convertido en un hervidero de caos.
Los nobles corrían de un lado a otro, tropezando entre ellos, derramando copas y volcándose sobre las mesas en su desesperación. Los guardias intentaban imponer orden, pero sus voces quedaban sepultadas bajo los gritos de pánico.
—¡Cierren las puertas!
—¡Protejan al rey!
—¡Es un ataque!
Las enormes lámparas de cristal se balanceaban peligrosamente con cada temblor, proyectando sombras inquietantes sobre las paredes.
La música había cesado.
La celebración había muerto.
Y en su lugar solo quedaba el miedo.
En una esquina relativamente apartada del salón, Enid observaba la escena con los brazos cruzados, claramente irritada.
A su lado, Fénix mantenía la vista fija en las ventanas, desde donde la luz roja de la luna bañaba el interior del castillo.
Tras unos segundos, soltó un suspiro.
—Es como lo del Distrito Rojo…
Hizo una pausa mientras veía a un noble chocar contra una estatua.
—Pero a lo grande.
Enid lo miró de reojo.
—Tu capacidad para subestimar catástrofes es casi admirable.
Fénix se encogió de hombros.
—Intento mantener una actitud positiva.
—Nos están encerrando dentro de una ciudad bajo una luna roja.
—Eso no es positivo.
Fénix se cruzó de brazos.
—Bueno, podría estar lloviendo fuego.
Enid lo fulminó con la mirada.
—No le des ideas al universo.
Un nuevo temblor sacudió la sala.
Parte del techo dejó caer polvo y pequeños fragmentos de piedra.
Fénix se puso serio al instante.
—De acuerdo, bromas fuera.
Enid asintió.
—Eso me parece mucho mejor.
Fénix observó las barreras a través de la ventana.
—Esto no es un ataque convencional.
—Es un ritual.
—Uno enorme.
Enid frunció el ceño.
—¿El Imperio Milenario?
Fénix negó lentamente.
—Lucian está muerto.
—Y esto tiene una energía distinta.
Enid apretó los labios.
—Entonces alguien aún peor acaba de presentarse.
Fénix no respondió, lo cual era una respuesta en sí misma.
Durante unos segundos, ambos guardaron silencio.
Analizando.
Calculando.
—Necesitamos información —dijo Enid finalmente—. Saber quién está detrás de esto y cómo romper esas barreras.
Fénix asintió.
—Y también mantener vivo al rey.
—Si muere, el reino se desmorona antes de que empiece la verdadera pelea.
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Editado: 02.05.2026