Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 92 - El Crisol del Caos-2

Capítulo 92 - El Crisol del Caos-2

La herrería del castillo vibraba con el sonido del metal y el rugido del horno. Afuera, Vandrel seguía temblando bajo la ominosa luz de la luna roja, pero allí dentro solo existían el acero, el fuego y el trabajo.

Fénix ajustó la última correa de su armadura mientras el metal oscuro encajaba perfectamente sobre su cuerpo. Las placas, reforzadas tras la guerra, brillaban con reflejos rojizos a la luz de la forja.

A unos pasos, Tom sostenía una espada envuelta en una gruesa tela.

—Le hice algunos cambios —explicó con una sonrisa orgullosa—. Reforcé la guarda, cambié el núcleo de la empuñadura y equilibré mejor el peso. Antes parecía que estabas intentando blandir una puerta con filo.

Fénix soltó una breve risa mientras se colocaba los guanteletes.

—No estaba tan mal.

Tom lo miró fijamente.

—Fénix, la última vez que la revisé, una parte de la hoja estaba derretida, la otra doblada y había algo que todavía no quiero saber si era sangre o alquitrán.

—Era mejor no preguntar.

Enid, apoyada contra una pared, intervino con total naturalidad.

—Probablemente era ambas cosas.

Tom asintió.

—Eso explicaría el olor.

Fénix terminó de ajustar la hombrera derecha y extendió la mano.

—Veamos cómo quedó.

Tom retiró la tela con un gesto ceremonioso.

La espada apareció en todo su esplendor.

La enorme hoja de ciento cincuenta centímetros reflejó las llamas de la forja como un espejo de acero ennegrecido.

Las runas grabadas cerca de la base brillaban tenuemente.

Tom la sostuvo con ambas manos antes de entregársela.

—Tengo que admitirlo, reparar esta monstruosidad fue toda una hazaña.

Negó con la cabeza, todavía incrédulo.

—Ciento cincuenta centímetros de puro odio metálico.

—Pero lo logré.

Fénix tomó la espada.

El peso le resultó familiar.

Reconfortante.

La blandió una vez, y el aire silbó con violencia.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Perfecta.

Tom infló el pecho con orgullo.

—Lo sé.

Fénix apoyó la enorme espada sobre su hombro.

—Gracias, Tom.

El herrero sonrió con sinceridad.

—Para eso estamos.

Luego señaló la hoja con un dedo.

—Intenta no partirla otra vez.

Fénix comenzó a caminar hacia la salida.

—No prometo nada.

Tom soltó un suspiro resignado.

—Sabía que dirías eso.

Enid se apartó de la pared y siguió a Fénix.

—Si vuelve rota, esta vez la arreglas tú.

—Eso sería cruel —respondió Tom.

Las puertas de la herrería se abrieron.

La luz roja de la luna inundó la estancia.

Las puertas de la herrería se abrieron con un chirrido metálico.

La luz rojiza de la luna inundó el pasillo de piedra, tiñendo las paredes de un carmesí inquietante.

Apenas dieron unos pasos, una figura los esperaba al final del corredor.

Marius ya estaba completamente equipado para la batalla. Su armadura relucía bajo la luz espectral, y su capa ondeaba suavemente con la corriente de aire que recorría el castillo.

Apoyado sobre su espada, mantenía esa habitual expresión serena que siempre parecía preceder a una tormenta.

—Veo que por fin estás listo —comentó al ver acercarse a Fénix.

Fénix ajustó la empuñadura de su enorme espada sobre el hombro.

—Intenté retrasarlo, pero Tom insistió en hacer bien su trabajo.

Tom sonrió con orgullo.

—La profesionalidad ante todo.

Marius soltó una leve risa y comenzó a caminar.

Fénix se colocó a su lado, acompasando el paso.

Durante unos instantes, ambos avanzaron por el largo corredor mientras el castillo temblaba a su alrededor.

Entonces, Marius habló.

—¿El resto de los Tigres Blancos vendrá con nosotros?

Fénix negó con la cabeza.

—No.

Su tono se volvió más serio.

—Después de la batalla en el Distrito Rojo, solo quedan unos ciento cincuenta.

Marius guardó silencio.

La cifra pesaba más que cualquier armadura.

—Ahora mismo, su lugar está aquí.

Fénix miró hacia una de las ventanas, donde la barrera roja seguía elevándose sobre Vandrel.

—Deben proteger el castillo, al rey y a los civiles.

Luego una sonrisa confiada apareció en su rostro.

—Además, contigo y conmigo bastará para acabar con esos sujetos.

Marius arqueó una ceja.

—Esa modestia tuya sigue siendo conmovedora.

—Lo intento.

Fénix se detuvo un instante y giró sobre sus talones.

Fénix se detuvo un instante y giró sobre sus talones.

Tom permanecía junto a la entrada de la herrería, todavía limpiándose las manos con un paño.

—Tom.

Tom alzó la cabeza al instante.

—¿Sí?

—Explícales la situación a los demás.

—No tenemos tiempo para reuniones ni discursos.

Tom asintió con firmeza.

—Entendido.

Luego dudó un instante.

—¿La versión corta o la versión larga?

Fénix lo miró en silencio durante dos segundos.

—La versión en la que no te pierdes a mitad de explicación.

Tom frunció el ceño.

—Eso limita bastante mis recursos.

Marius soltó una carcajada.

Fénix negó con la cabeza, divertido.

—Harás lo que puedas.

Tom señaló su pecho con seguridad.

—Soy sorprendentemente competente bajo presión.

—Eso está por verse —respondió Fénix.

Sin añadir nada más, Fénix y Marius retomaron la marcha.

Sus pasos resonaron por el largo corredor de piedra mientras se dirigían hacia las escaleras del castillo.

Detrás de ellos, Tom ya comenzaba a reunir a los soldados y mensajeros.

Por delante…

Solo los esperaba la noche roja.




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