Capítulo 94 - Dios de la muerte
Las calles vacías de Vandrel parecían interminables.
La luna roja seguía colgada sobre el reino como una herida abierta en el cielo.
Darem caminaba delante de ellos con absoluta tranquilidad.
Ni una sola vez había mirado hacia atrás.
Como si supiera perfectamente que lo seguirían.
Detrás de él, Marius y Fénix avanzaban atentos.
Silenciosos.
Tensos.
Tras varios minutos atravesando calles abandonadas, Darem se detuvo frente a una pequeña cabaña de madera situada en una zona apartada de Vandrel.
Una luz cálida escapaba por las rendijas de las ventanas.
La estufa estaba encendida.
El contraste con el exterior era absurdo.
Casi insultante.
Darem abrió la puerta.
—Adelante.
Fénix apoyó la mano sobre la empuñadura de su espada.
—Si esto es una emboscada, te atravieso primero.
—Qué amable —respondió Darem.
Entraron.
El interior era sencillo.
Una mesa.
Unas pocas sillas.
Leña apilada en una esquina.
Y frente a la estufa…
Había un hombre sentado tranquilamente.
Alzó la vista apenas los vio entrar.
Una profunda cicatriz cruzaba su frente de lado a lado.
Como una línea imperfecta marcada sobre piedra.
Grunbak.
Sonrió.
Sereno.
Educado.
Como si estuviera recibiendo invitados para cenar.
Se puso de pie con calma.
—Ah.
—Por fin llegaron.
Hizo una ligera reverencia.
—Capitán Fénix.
—Marius.
—Un verdadero placer.
La respuesta fue inmediata.
Metal abandonando vainas.
Fénix desenfundó su espada.
Marius hizo lo mismo.
Ambos adoptaron postura de combate en el mismo instante.
Grunbak observó la escena… y soltó una leve risa.
No burlona.
Casi cordial.
—No va a ser necesario.
Fénix entrecerró los ojos.
—Eso lo decidiré yo.
Grunbak negó lentamente.
—Aunque intentaran algo…
Levantó apenas una mano.
Una energía oscura recorrió brevemente sus dedos.
—Sería en vano.
El aire dentro de la cabaña pareció volverse más pesado.
Más denso.
Marius lo notó al instante.
Fénix también.
Grunbak caminó lentamente hacia la mesa.
Sin miedo.
Sin urgencia.
—Comprendo su hostilidad.
—Realmente la comprendo.
Tomó una taza aún caliente y dio un pequeño sorbo.
Como si estuvieran teniendo una conversación completamente normal.
—Después de todo… para ustedes esto parece el ataque de un lunático.
Fénix mantuvo la espada firme.
—Porque lo es.
Grunbak sonrió.
—No.
—Esto…
Miró hacia la ventana, hacia la barrera roja envolviendo Vandrel.
—Es evolución.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Marius frunció el ceño.
—Habla claro.
Grunbak dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Y entonces…
Comenzó.
—Toda existencia posee límites.
—El cuerpo.
—La mente.
—La muerte.
Comenzó a caminar lentamente por la habitación.
Su voz era tranquila.
Casi académica.
—Civilizaciones enteras han pasado siglos adorando sus propias cadenas.
—Llamándolas naturaleza.
—Destino.
—Humanidad.
Se detuvo.
Miró directamente a Fénix.
—Pero yo siempre me hice una pregunta.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—¿Y si pudiéramos escapar de todo eso?
Silencio.
El fuego de la estufa crepitó detrás de él.
—¿Y si existiera algo más allá del hombre?
—Más allá del monstruo.
—Más allá incluso de la vida y la muerte.
Marius apretó ligeramente su espada.
—Suena a delirio.
—No.
Grunbak negó suavemente.
—Suena a perfección.
Extendió lentamente su mano.
Las venas oscuras bajo su piel comenzaron a hacerse visibles.
Palpitando.
Vivas.
—Mi plan es simple.
—Crear un ser perfecto.
Su voz perdió toda calidez.
Quedando fría.
Convencida.
Fanática.
—Un ser que escape de toda concepción.
—De toda definición.
—De todo límite imaginable.
Dio otro paso hacia ellos.
La sombra proyectada por la luna roja cubría media habitación.
—Un ser que no pueda ser clasificado como humano.
—Ni dios.
—Ni bestia.
—Algo completamente nuevo.
Fénix sostuvo su mirada.
—Y supongo que nosotros formamos parte de tu experimento.
Grunbak sonrió.
—No, capitán.
Su mirada se clavó directamente en él.
—Tú eres el centro del experimento.
El silencio se volvió absoluto.
La última frase de Grunbak apenas terminó de salir de su boca cuando Fénix se movió.
Sin advertencia.
Sin diálogo.
Su espada cortó el aire con violencia directa hacia el cuello de Grunbak.
—¡FÉNIX! —alcanzó a decir Marius.
Pero…
No llegó.
En el instante previo al impacto—
BOOOOOOM
Una onda expansiva explotó desde el cuerpo de Grunbak.
Brutal.
Invisible.
Abrumadora.
El suelo se resquebrajó.
La mesa saltó hecha pedazos.
La estufa explotó en fragmentos ardientes.
Fénix y Marius recibieron el golpe de lleno.
Sus cuerpos salieron despedidos.
Atravesaron la pared de madera de la cabaña.
Luego otra.
Y otra estructura cercana.
Madera, piedra y polvo estallaron alrededor de ellos.
Finalmente ambos rodaron violentamente por las calles vacías de Vandrel hasta detenerse entre escombros.
Silencio.
Polvo flotando.
La luna roja observándolo todo.
Marius escupió sangre mientras intentaba incorporarse.
—¿Qué… demonios…?
Fénix clavó su espada en el suelo para levantarse.
Su brazo temblaba.
Solo una liberación de energía…
Y casi los había matado.
La pequeña cabaña seguía en pie a lo lejos.
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Editado: 23.05.2026