Capítulo 95 - Dios de la muerte-2
La memoria volvía a fragmentos.
Inestable.
Rota.
Difusa.
Pero esa imagen…
Esa imagen jamás la olvidó.
Fénix se arrastraba por un estrecho callejón de Vandrel.
Lentamente.
Con una mano.
La otra apenas respondía.
Su respiración era un desastre.
Irregular.
Dolorosa.
Cada inhalación quemaba.
Su enorme espada raspaba el suelo de piedra detrás de él, dejando un sonido metálico constante mientras la arrastraba como podía.
Su armadura…
Prácticamente había dejado de existir.
Las placas del pecho estaban hundidas hacia dentro.
La hombrera izquierda había desaparecido por completo.
Fragmentos de metal colgaban de las correas rotas.
Su capa estaba hecha jirones.
Y sangre…
Había sangre por todas partes.
Cubriendo su rostro.
Sus brazos.
La espada.
El suelo.
No recordaba de quién era.
Tal vez suya.
Tal vez ajena.
Tal vez ambas.
No podía saberlo.
Su ojo derecho estaba inflamado hasta casi cerrarse por completo.
Una profunda herida le recorría la ceja, dejando que la sangre bajara lentamente hacia su mejilla.
Tenía varias costillas fracturadas.
Lo sabía porque cada pequeño movimiento le enviaba una descarga brutal de dolor atravesándole el torso.
El brazo izquierdo apenas colgaba.
Dislocado.
Quizás roto.
Ya ni siquiera estaba seguro.
Su pierna derecha arrastraba mal.
La rodilla había recibido un impacto tan fuerte que apenas podía apoyarse sobre ella.
Su respiración sonaba húmeda.
Incorrecta.
Había sangre dentro de sus pulmones.
Lo sentía.
Cada vez que tosía, pequeñas gotas oscuras caían sobre la piedra del callejón.
Aun así…
Seguía avanzando.
Centímetro a centímetro.
Arrastrando la espada.
Arrastrándose a sí mismo.
La luna roja iluminaba el callejón desde arriba.
El callejón finalmente terminó.
Y frente a Fénix…
Apareció el centro de Vandrel.
O lo que quedaba de él.
Sus pasos se frenaron en seco.
El aire mismo parecía muerto.
La plaza central… era un cementerio.
Cadáveres.
Por todas partes.
Habitantes.
Guardias.
Soldados.
Capas blancas manchadas de rojo.
Tigres Blancos.
Cuerpos desperdigados entre los adoquines rotos, puestos destruidos y charcos oscuros de sangre.
El olor a hierro inundaba el lugar.
La fuente central había colapsado parcialmente.
Una estatua yacía partida sobre varios cuerpos.
Y allí…
Parado exactamente en medio de todo aquello…
Había una figura.
Marius.
Inmóvil.
De espaldas.
Algo en él… estaba mal.
Muy mal.
Su postura era distinta.
Demasiado recta.
Demasiado… dominante.
Casi regia.
Egémonica.
Como si la plaza le perteneciera.
Como si todo aquel desastre hubiera sido construido alrededor suyo.
Pero Fénix apenas lo procesó.
Porque lo único que sintió al verlo fue alivio.
Puro alivio.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro cubierto de sangre.
—…Marius…
Comenzó a caminar hacia él.
Arrastrando la espada.
Dolido.
Destrozado.
Pero avanzando.
—Marius…
Entonces…
Algo llamó su atención.
Movimiento.
Sobre un tejado.
Luego otro.
Y otro.
Fénix levantó lentamente la vista.
Y se congeló.
Lycans.
En los techos.
Uno.
Cinco.
Diez.
Decenas.
Sus ojos brillaban bajo la luna roja.
Sus siluetas se recortaban contra el cielo sangriento.
Más movimiento.
Calles laterales.
Balcones.
Ventanas rotas.
Lycans por todas partes.
Observando.
Esperando.
El cuerpo de Fénix se tensó.
—¡MARIUS!
Su voz rasgó el silencio de la plaza.
—¡CÚBRETE!
Marius comenzó a mover la cabeza lentamente.
Muy lentamente.
Hasta girarse hacia él.
Y entonces…
Algo heló la sangre de Fénix.
La mirada.
No había reconocimiento.
No había alivio.
No había amistad.
Marius lo observaba…
Como si estuviera mirando a un extraño.
Como si jamás lo hubiera visto en su vida.
Fénix dio un paso inseguro.
—…¿Marius?
El viento sopló entre los cadáveres.
Y Marius habló.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Míralos.
Su brazo se extendió ligeramente hacia los tejados.
—Hermosos, ¿no?
Fénix parpadeó.
Confundido.
Marius sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Fría.
—Años de guerra.
—Años de cadenas.
—Años de fingir que el hombre sigue teniendo el control.
Miró hacia la luna roja.
—Y aun así…
—La naturaleza siempre termina reclamando lo suyo.
Fénix apretó la espada.
—No entiendo de qué estás hablando.
Marius volvió a mirarlo.
—Lo sé.
—Nunca entendiste realmente lo que estaba ocurriendo.
El corazón de Fénix comenzó a latir con fuerza.
Algo iba terriblemente mal.
Pero aun así…
Intentó acercarse.
—Escucha…
Respiró con dificultad.
—No importa qué demonios haya pasado aquí.
Miró los tejados llenos de Lycans.
—Todavía podemos ganar.
—Juntos.
Una pequeña pausa.
—Como siempre.
Silencio.
Y entonces—
Movimiento.
Demasiado rápido.
Fénix apenas llegó a verlo.
Una mano se cerró violentamente sobre su garganta.
El mundo se sacudió.
Sus pies abandonaron el suelo.
Marius.
Lo había levantado con una sola mano.
Los ojos de Fénix se abrieron de golpe.
Intentó respirar.
No pudo.
La fuerza del agarre era monstruosa.
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Editado: 13.06.2026